la ultima cena

Ayer estaba sentado a la derecha del Padre (José Luis Pascual) y tenía, a mi derecha, a Assumpció Mateu. Mientras hablábamos de chinos sensibles (tiene un curador chino que selecciona su obra por criterios ¡sensibles!), mi mirada la traspasaba, una y otra vez, hasta posarse en una pintura de Víctor Pérez-Porro que estaba colgada en el ala Oeste de la Galería Km7, a unos veinte metros de donde me hallaba. Es una pintura como todas las de Víctor (“constructivismo geométrico”, dice él, para abreviar), pero no es como las demás. Tiene mucha profundidad. Luego me explicó que hay muchas pinturas en esta pintura, por lo que los planos se superponen y crean una perspectiva muy sugerente. Tuve que explicarle a Assumpció que no tenía un mal día, estaba monísima, lo que captaba mi atención más allá de su melena rubia ensortijada valía la pena. Se giró y observó el Víctor Pérez-Porro y escuchó lo que yo le decía. Con su natural entusiasmo hacia cualquier forma de creación artística asintió vigorosamente, incluso cuando le comenté que veía en el centro del cuadro, apenas perceptible por la distancia, la Santa Cena de Leonardo. Era cierto: la perspectiva era renacentista y las manchas de color parecidas a la paleta del maestro de Vinci. (Víctor me preguntó, poco después, si me había tomado algo fuerte).

Le dije a Assumpció que aquél cuadro tenía un “lejos bueno”, una cualidad que aprecio mucho.

Hace diez o veinte años leí una entrevista a Charo López, una actriz imponente, de rasgos fuertes y melena oscura. El periodista le dijo que era muy guapa (ante una mujer así debes hacerlo) y Charo le respondió serenamente que no, que tenía un lejos bueno. Desde entonces este concepto lleva su nombre.

Aprovechando un receso en la conversación me levanté y fui a observar el cuadro de cerca. Por el camino me encontré con Víctor, que hablaba animadamente con Hiroshi Kitamura. Me mantuve a una distancia respetuosa para no interrumpir una conversación que parecía interesante. Lo era. Hiroshi estaba estableciendo un puente entre el mundo geométrico de Víctor y el Paleolítico, nada menos. Pero ahí estaba: las formas se entrelazaban formalmente y cromáticamente y se superponían de una manera natural, nada impostada, como algunas pinturas rupestres en las que la geometría sustituye a los cazadores y los venados. Debe de ser porque unas y otras son honestas, otra cualidad que valoro mucho (es rara).

Deseoso de intervenir (y tratando desesperadamente de estar a la altura de la conversación), apunté que el arte contemporáneo me interesa poco o nada (una aportación zen que no sé si fue debidamente valorada), mientras que lo que busco en la obra artística es la intemporalidad, que es un concepto que está bastante lejos de la contemporaneidad. Víctor aplaudió e Hiroshi sonrió (¡estaba con ellos!). Hablamos de las similitudes entre los ex-votos iberos y la obra de Picasso y Manolo Hugué, y también de la modernidad de las esculturas de las islas Cícladas, de hace 3 o 4.000 años, que arrasarían en Basel Art Fair 2016.

Al fondo de la sala había una tela alargada con unas líneas verticales trazadas a pulso, combinadas con otras horizontales, más cortas, que me parece que en un rincón improvisan un damero. Me pareció étnica. Víctor comentó que algunas veces le dicen que sus composiciones tienen algo de diseño textil, pero él responde simplemente que no tiene un estampado en la cabeza cuando pinta. Es una pintura muy interesante; aunque ya la había visto la descubrí ayer. Tampoco este cuadro es como los demás. Ninguno lo es, en realidad.

Hiroshi hizo una bonita aportación sobre el “lejos bueno”. Comentó que en Japón suelen decir que una mujer tiene una belleza de veinte metros, por ejemplo, mientras que otra la tiene de diez, o de cinco.

De un cuadro pasamos a otro y a mi me pareció que había muchos, quizás demasiados. Lo dijo Víctor, adivinando lo que estaba pensando yo, que suelo colgar mis cuadros muy lejos unos de otros. Pero su obra es tan coherente que, en el fondo, había uno solo. Además, toda la obra expuesta forma parte de un mismo período de tiempo, que él llama “estudio nuevo”.

Estábamos inspirados. En el estudio nuevo Víctor pintó un cuadro muy grande y, después, lo troceó. También troceó el precio, dividiendo el del grande por la cantidad de fragmentos. La hipótesis de trabajo es que hay muchos cuadros en uno, y cada uno de ellos tiene una personalidad propia, diferenciada. Los vende, pues, baratos, teniendo en cuenta las leyes del mercado, pero al precio que les corresponde, según la ética de un artista honesto.

Estuvimos de acuerdo los tres en que siempre que vendemos una obra lo que estamos haciendo, en realidad, es vender un pedazo de nuestro discurso plástico, por lo que la perfomance de Víctor es una buena metáfora de nuestro trabajo.

Antes de acabar la improvisada sesión Hiroshi se refirió a otra tela, al lado de la Santa Cena, y dijo que era “sonora”. Recordé un documental sobre Albéniz titulado “El color de la música”, de José Luis López-Linares, e iba a explicárselo a Hiroshi cuando sonó la campana de las nueve y José Luis se levantó.

 

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