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Foto Maria Alzamora

/”El artista y Rosa Montero”, de Dosmildiez/

Me he despertado pensando en una palabra que detesto y que, sin embargo, me define profesionalmente: artista. Siempre la he considerado un adjetivo calificativo; se lo expliqué a Maria Lluïsa Borrás en una entrevista y le hizo mucha gracia; le dije: “Es como si me preguntaras a qué me dedico y te respondiera: Soy estupendo”.

Pensaba en que lo bueno de esta profesión es que no lo es: una profesión y, por lo tanto, todos sus oficiantes somos diferentes. Lo que tenemos en común es precisamente eso: la diferencia. No es que me las de de inteligente y sofisticado, con este discurso tan críptico, es que esta mañana me he levantado un poco borde y lo que quiero decir, en realidad, es que en la medida en que nos parecemos somos artesanos y en la medida en que no nos parecemos somos artistas.
La mayoría de los artistas son artesanos, trabajan con las manos y con el cerebro, sobre todo con el cerebro, llevan ropas ajadas y manchadas, tienen sus propios horarios, viven normalmente con apuros económicos, hablan mucho de sí mismos y, en el mejor de los casos, son innovadores, como cualquier pequeño empresario.
Los artistas son raros. Los mejores no escriben, ni pintan, ni componen música, son imperceptibles. Siempre he creído que se crea por defecto, no por virtud.
¡Vaya despertar! No sé por qué me ha venido esta reflexión hoy, ahora, esta mañana, a las seis y media de la madrugada. Ayer terminé La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero. Decir que me ha gustado es quedarse corto, me ha impactado, me ha hecho mejor persona, soy un poco más rico después de leerlo. Seguramente influye el hecho de que yo haya acabado de escribir también un libro sobre el duelo: Dosmildiez, el año en que murieron mis padres -con tres meses de diferencia entre uno y otro- y todo cambió.

También es significativa una coincidencia: en mi libro anterior (entre Creta y Sausalito) y en éste último hablo en más de una ocasión del gran reto del artista: cómo transformar el dolor en belleza. RM lo articula de manera muy parecida y, encima, lo hace.

En la literatura sobre el duelo había destacado antes dos libros: La invención de la soledad, de Paul Auster, y el más reciente de Marcos Giralt, Tiempo de vida, que menciona también RM. He comprado y empezado otros; uno de Richard Ford, Mi madre, me pareció adecuado al momento en el que estaba yo, pero no pude con él. Hace años que empiezo muchos libros y acabo muy pocos. No basta tener una buena historia entre las manos, hay que saber narrarla, y pocos lo consiguen.

Lo de Rosa Montero en La ridícula idea de no volver a verte es milagroso. El paralelismo con la experiencia vital de Marie Curie nos alcanza a todos, mortales e inmortales, seres humanos desesperados buscando un significado improbable, una explicación inalcanzable, pero felices de poder intentarlo. ¡Vaya paradoja!

Hace unos días, también muy temprano, escribí estas enigmáticas palabras: “Creo que escogí nacer, hay que ser consecuente. Sabía a lo que me arriesgaba …” Las tengo aquí, al lado del teclado, la frase inconclusa, como si algún día fuera capaz de terminarla, garabateadas en una página cuadriculada arrancada de un cuaderno de mi mujer que tenía a mano en aquel momento.

Quise escribirlas para no olvidarlas, como tantas otras veces.


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