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Una tarde de sábado, invernal, de principios de la década de los sesenta. Ya es de noche, hace frío y las calles del Ensanche están débilmente iluminadas por farolas de gas. Voy con mis padres a misa de ocho en la Iglesia de la Concepción. Entramos por la puerta lateral, que da acceso al claustro, bordeamos el pequeño jardín central y entramos en la nave principal, gótica, severa, impresionante. Primero nos sentamos en la tercera fila, cerca del pasillo central, luego mi padre me propone subir al presbiterio.

Éste era un privilegio exclusivamente masculino. A derecha e izquierda del altar había dos o tres hileras de bancos a los que sólo podían acceder los hombres. Bueno, y los niños acompañados, como era mi caso. Para acceder a esta zona se subían varios peldaños, como a cualquier escenario.

No sé por qué mi padre me propone dejar a mi madre sola y cambiar de ubicación. Hay cosas que son inexplicables.

Me aburro, como siempre. Decido ser sacerdote. No, misionero. Por una sencilla regla de tres: enfrentado a la inmensidad inabarcable de la eternidad decido que ochenta años -una vida- es una minucia comparada con ella, por lo tanto sale a cuenta sacrificarla. Ser cura rural me parece poco atractivo, es mucho más romántico ser misionero en África o en India. De la misa naturalmente no recuerdo nada, la práctica reiterada y monótona me había hecho inmune a los misterios que se representaban para todos nosotros, creyentes más por hábito que por convicción.

Cuando salimos de misa y les expliqué a mis padres mi nueva vocación (no recuerdo las anteriores, ¿piloto?, a lo mejor no tuve ninguna) se mostraron interesados. Mi madre sin reservas, mi padre algo más cauto, sobre todo cuando empecé a desgranar mi discurso, notablemente práctico.

Años más tarde quise ser médico, mientras fingía interés por la arquitectura para contentar a mi padre, que siempre vio en mí un posible sucesor. Él era aparejador y ambos dibujábamos bien, así que, ¿por qué no? Si dudaba era porque no estaba seguro de mi capacidad, fui un pésimo estudiante de Bachillerato. Luego, en la Universidad, estudiando Ciencias Económicas (otro asunto difícil de explicar), demostré que no era tonto, después de todo, porque no suspendí nunca, a pesar del poco interés que tenía en las materias. Lo que me mataba en el colegio era la férrea disciplina y las jornadas inacabables: de nueve de la mañana a siete de la tarde, incluidos los sábados por la mañana, nueve meses al año. Era una tortura para un niño imaginativo y soñador, proclive a la distracción, como era yo.

Mi primo Miguel había empezado Medicina y le pedí que me consiguiera asistir como espectador a una operación quirúrgica. Con un razonamiento similar al que me llevó de una parroquia rural a una misión en Goa, pensé que ser cirujano era una opción más interesante que ser médico de familia. Es el tipo de argumentaciones que desenmascaran la verdadera naturaleza de las cosas: yo no era médico.

Miguel tiene un extraño sentido del humor, heredado de su padre, quien, por alguna extraña razón, me llamaba Pedrito. Me citó en el vestíbulo del Hospital Clínico de Barcelona a las diez de la mañana. Media hora más tarde había una operación y miraría de colarme en la cúpula acristalada desde la que se veía la escena, mientras el propio cirujano o uno de sus ayudantes daba las oportunas explicaciones a los espectadores.

El vestíbulo hervía de actividad, parecía una gran estación de tren, con gente caminando apresuradamente en todos los sentidos de la marcha posibles. Me entretuve ojeando tablones de anuncios. Había bastantes, repletos de información: convocatorias de exámenes, resultados (éstos estaban en vitrinas acristaladas), avisos de cambios de horarios, de grupos de estudio y ofertas para compartir piso.

Apareció Miguel con una sonrisa que no presagiaba nada bueno: “Pedrito, ¡has venido!”. Lo seguí por un pasillo muy ancho y largo hasta que nos detuvimos delante de una puerta en la que había varios estudiantes con libros y carpetas bajo el brazo, la mayoría fumando. Entramos en un pequeño anfiteatro, con un escenario y unas gradas que iban ganando altura a medida que se alejaban hacia la pared del fondo. Miguel me empujó escaleras arriba, entre la multitud. Encontramos un lugar que parecía satisfactorio y entonces miré abajo. Sobre una mesa alargada había un cuerpo inerte, desnudo. ¡Muerto! El animal de mi primo me había llevado a ver una autopsia, en mi primer contacto con la medicina.

El olor a formol era muy intenso, allí no había cúpulas ni cristaleras ni nada, solo la muerte mostrándose con toda su crudeza. Empecé a marearme y sin mirar a nadie ni dar explicaciones de ningún tipo, como un autómata, me abrí paso a codazos y salí de aquel extraño teatro donde estaba a punto de empezar una obra que por nada en el mundo quería ver. Imagino que más de uno me miró con una sonrisa irónica, comprensiva o con sana envidia.

Llegué a la calle aliviado, con la sensación de haber resuelto satisfactoriamente una situación crítica. Todavía hoy camino por el Ensanche de espaldas al Clínico, a buen paso, ignorando que la Tierra es redonda y que, tarde o temprano, aterrizaré en este mismo escenario, o en uno muy parecido. Y no precisamente como espectador.

Yo solo quería abrazar una profesión que me permitiera ser útil a los demás, porque no hay sentimiento que pueda compararse con el agradecimiento sincero de alguien a quien has hecho un gran favor, o un gran servicio. Eso te convierte en mejor persona.

Pero no era médico, como me demostró Miguel, quizás demasiado abruptamente, ni tenía vocación religiosa, como sospechó enseguida mi padre aquella tarde de invierno en la Parroquia de la Purísima Concepción. Tampoco llegué a ser economista, porque dejé la carrera cuando sólo me faltaba un año para acabarla, y me faltó talento y medios para convertirme en piloto de carreras.

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