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Foto Eduardo Llasat (fragmento)

/»Stedelijk Museum», de Dosmildiez/

Marcel es el excéntrico propietario de un bed and breakfast, sin breakfast, en el centro de Amsterdam, que responde al estupendo nombre de Marcel´s creative room. Es artista, claro. Nos habla con entusiasmo de una de sus pasiones de Amsterdam: el Stedelijk Museum, el museo de arte contemporáneo de la ciudad. Con expresión apesadumbrada nos informa que lo están remodelando desde hace mucho tiempo (¡demasiado!) y su extraordinaria colección permanece por lo tanto oculta a los ojos del público. Pero nosotros somos afortunados: acaban de abrir unas pocas salas para un reducido número de visitantes diarios. Doscientas personas, añade con excitación. Doscientos privilegiados pueden asomarse a este mundo fascinante de la creación contemporánea.

Poco antes nos ha enseñado rápidamente algunas de sus obras, con el mismo ordenador con el que prepara el recibo del importe del hospedaje. Ambas cosas son impactantes, sin duda.

Llegados al hall del Stedelijk, un educado joven nos explica que lo único que podremos ver es una exposición de arte conceptual y unas cuantas salas vacías del edificio, en fase de remodelación. Sospecho que lo hacen por una cuestión legal, no sea que después la gente les demande o exija la devolución del precio de la entrada. La verdad es que pagar diez euros por ver un vídeo en el que tres campesinas ucranianas gesticulan al unísono siguiendo las órdenes de un operador invisible es excesivo. Una vez más constato el increíble desequilibrio entre el continente y el contenido, entre el coste de las obras y lo que exponen en esta escenografía tan cuidada. Hay un abismo entre lo uno y lo otro.

Lo que sucede a continuación es curioso: las salas vacías son mucho más ricas conceptualmente que las otras. Después de ver aquellas frivolidades el vacío es de lo más sugerente. El espacio tiene calidad, las salas están bien proporcionadas, la madera del suelo respira mientras la luz de la mañana entra limpiamente y se refleja sobre el entarimado. Los escasos visitantes navegan por el improvisado damero diseñando jugadas espaciales; ahí un alfil, alto, delgado, que atraviesa el espacio en diagonal; un poco más allá una figura solitaria mira de soslayo a Teresa, que está, inmóvil, a la distancia exacta del salto del caballo, considerando si vale la pena comérsela o ir hacia otro lado. Afortunadamente opta por darle la espalda y mirar por la ventana; lo que no advierte es que dos peones disfrazados de niños rubios se acercan amenazadores hacia él, lenta pero inexorablemente…

¿Será ésta la exposición? ¿Hay una mano invisible orquestando esta pantomima genial? ¿Tiene razón Marcel?

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