balas de cereal 5

Algunas de las obras de arte contemporáneo que más me gustan no tienen autor, o son de un autor desconocido. A menudo veo piezas sensacionales en los paneles publicitarios de las grandes ciudades, o junto a las carreteras más importantes. Obras maestras del decollage de gran formato.

Hace unas horas he visto una de estas pinturas en Figueras, junto a la estación de autobuses, mientras esperaba a mis hijos que volvían de las Fires de Girona, a altas horas de la madrugada. Era una composición extraordinaria donde dominaban los blancos. Sucios, limpios, rotos, salpicados de multitud de otros colores: negros, rojos, azules, amarillos, incluso había un violeta que se repetía en una zona muy concreta que era muy atractivo. Pedazos de papel tipografiados de diversos tamaños, fragmentos minúsculos de imágenes femeninas, que recuerdan a Mimmo Rotella, y un asomo de paisaje urbano tratado a la manera de Robert Rauschenberg, roto en mil pequeños pedazos. Toda la superficie, apaisada, estaba dividida en varias franjas verticales, del ancho del papel encolado que se utiliza en este tipo de vallas. Tenía un ritmo impresionante, una textura soberbia y una calidad cromática sobresaliente; adjetivos muy potentes para una obra creada por el azar. La he imaginado en una gran sala de un prestigioso museo de arte contemporáneo, el MoMA por ejemplo, convenientemente aislada del entorno urbano que ha hecho las veces del estudio del artista. Compartiría protagonismo con el Number 1, de Pollock, en saludable competencia desde la sala vecina.

He visto Tàpies magníficos en planchas de hierro en el suelo, en una zona en obras de una vía urbana, texturadas en función de su proceso de oxidación y personalizadas con manchas de distinta procedencia. Algunas nítidas, como las que trabaja Richard Serra, esperando unas y otras ser sacadas de su lugar y colocadas en un espacio neutro y un punto aséptico, donde el contraste realce poderosamente sus cualidades marginales e industriales.

Unos cuantos visitantes interesados, sofisticados y multiétnicos harán el resto.

Si en una hipotética encuesta tuviese que elegir una sola escultura del siglo XX probablemente escogería el monolito negro de 2001 Una odisea en el espacio, de Kubrick, de la que desconozco el autor, si es que lo hay. Para mí es una referencia y una notable influencia. Si la hubiese firmado Donald Judd no cabe duda de que sería su obra cumbre.

Es una manera de hablar.

En mi profesión soñar despierto forma parte del proceso creativo.

Algunas veces he imaginado que una importante universidad americana me encargaba dar un curso/seminario sobre arte contemporáneo. Tras dudar un poco y hacerme el interesante durante un tiempo prudencial, aceptaría a cambio de poder presentar un proyecto muy concreto, titulado The New Collection.

El primer día de clase, tras las oportunas presentaciones y auxiliado por un estudiante bilingüe encantador, encargado de sacarme de todos los jardines idiomáticos en los que seguro que caería con frecuencia, explicaría mi proyecto.

Nuestro proyecto.

La presentación empezaría con la proyección de una serie de diapositivas en las que intercalaría imágenes de obras de artistas conocidos, habituales en todos los grandes museos del mundo, con otras producidas por el azar, como las planchas de hierro oxidadas o la valla publicitaria de la estación de autobuses de Figueras.

El trabajo de campo consiste en salir a la calle y buscar obras de arte, o que sean susceptibles de ser entendidas como tales, del tipo de las mostradas en la proyección. Me refiero naturalmente a las que carecen de autor. Elaboradas por el azar, pero señaladas y catalogadas por el criterio de un autor, lo que las convertirá automáticamente en obras de arte, según el axioma de Duchamp. Una vez seleccionada, el estudiante deberá fotografiarla y someterla al juicio del resto de sus compañeros, entre los que me encuentro.

Las clases discurrirán entre discusiones sobre la calidad de lo presentado y la posibilidad de que las propuestas sean seleccionables para el trabajo final: el catálogo razonado de la New Collection. Bien diseñado, de calidad, buen papel y tapa dura o de doble solapa, prologado y esponsorizado, exactamente el tipo de catálogo que uno encuentra en las más prestigiosas instituciones museísticas de las ciudades más importantes del mundo.

En algún lugar de esta publicación me gustaría colocar esta cita de Heráclito: “Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorprendente cuando la encuentras”.

Dependiendo de la cantidad de alumnos y de la calidad de sus trabajos de campo, se seleccionarán un número determinado de imágenes, en dos y tres dimensiones, para los que convendrá elaborar su correspondiente ficha técnica: nombre del autor, año de realización, técnica, medidas y procedencia. Incluido un breve comentario en el que se filtrarían algunos datos de la biografía del autor de la obra (que en ningún caso es el estudiante que ha realizado la selección). Todo fruto de la imaginación, pero debe de resultar creíble. No creo que sea difícil. Incluso el año de realización es susceptible de ser valorado independientemente del momento del encuentro. Quiero decir que una plancha de hierro, o de aglomerado, abandonada en el suelo de las obras del metro de Chicago, puede referenciarnos a una manera de entender la abstracción matérica de la década de los 60. O el esqueleto de una estructura metálica de una bomba de agua, convenientemente fotografiada, bien explicada, puede remitirnos a 1954, año en el que David Smith realizó su Portrait of a Young Girl.

De lo que estoy seguro es de que el catálogo en cuestión sería muy interesante.

 

 

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