10-albeniz-1880
Isaac Albéniz en 1880

A los veinte años un hombre acaba de salir de la adolescencia. Este no. A pesar de la tersura de su piel, de ser casi imberbe y de la salud de su cabello, este chico tiene la mirada atrevida y el gesto osado. Parece muy seguro de sí mismo. Su actitud denota bien a las claras que ha vivido lo suyo. No parece extraño que viaje solo por el Danubio, a pesar de su juventud.

Si bajase la guardia le buscaríamos un mentor. Quizás esté abajo, en el salón principal del barco, leyendo el Newfrei Pres de Viena, mientras su pupilo pasea por cubierta. Pero no, Isaac Albéniz habla ya perfectamente francés, inglés e italiano y se defiende con el alemán, además de sus dos lenguas maternas: el catalán y el castellano. Viene de Bruselas, en cuyo conservatorio estudia (con algunos contratiempos disciplinarios) y acaba de pasar por Mandelbourg, Dresden, Praga (donde se ha vendido el reloj, para poder continuar el viaje) y Viena, donde ha conocido a Listz.

Tiene inquietudes profesionales y grandes esperanzas. Además de interpretar, quiere crear. Quiere ser Liszt, y Wagner, quiere ser alguien.

A unos cuatro kilómetros de Viena se cambia de barco, se toma uno que está parado en medio del río; el mío se llama Fiume.

El Danubio aquí es magnífico; con terrenos que hay inundados se diría lo menos de una legua de anchura. He tomado un billete de segunda, pero, con la poquísima vergüenza que me caracteriza, me he metido sin vacilar en primera; veremos como saldré de este trance. El barco que llevamos ahora es precioso, muy grande y muy bonito. La diferencia entre la primera y la segunda clase es muy grande, esto es, pues, una excusa a mi pequeña estafa. Después de todo si me dicen algo, pagando el exceso estamos al cabo del camino.

En mi vida he visto cosa más bonita que el Danubio. Los terrenos inundados le dan una anchura prodigiosa y a mano izquierda no se ve tierra, y, de vez en cuando, hay un grupo de árboles del más pintoresco efecto. A mano derecha un bosque cuyos árboles están en el agua. Divino, poético, encantador.

Pero lo que más le llama la atención del paisaje es una joven turca que viaja con su padre, un tratante de telas de Esmirna. Lo prueba todo para impresionarla, incluso traba conversación con el padre, pero ella le ignora. A los dieciséis años busca un compañero mayor, más experimentado, porque Ayla, fiel a una ancestral tradición, dejó la adolescencia a los doce años. Lo que no sabe es que su joven pretendiente no le va a la zaga. Cuentan que cuando hizo su primer concierto, a los cuatro años, en el Teatro Romea de Barcelona, alguien del público sospechó un engaño y lanzó una pelota al escenario, y el niño corrió tras ella, cesando la música al instante.

De como hay una turca en el barco que me hace muchísima gracia, voy a hacer por manera de entrar en conversación con ella.

A pesar de estar embelesado con el paisaje, a su paso por Fheben y Presbourg, las feromonas siguen un camino paralelo al del Danubio, inasequibles al desaliento.

De Kortvélys, a lo lejos, solamente se ve una torre. El camino continua siendo muy bonito, pero ha cambiado de aspecto. Ahora es llano. Hay olas, como si estuviéramos en el mar.

Pues Señor, bien, muy bien, requetebien; debo confesar que de todos los viajes que en mi vida he hecho (y no son pocos) este es uno de los que más me han gustado. Debo confesar, además, que estoy en el quinto cielo y que desearía que esto durase eternamente; lo único que me atrista es que mi turca sigue siendo refractaria a entrar en conversación conmigo; no sé cuántas monadas le he hecho ya inútilmente.

Me han partido por la mismísima mitad; he tenido que pagar la diferencia; total, el viaje de Viena a Pest me cuesta quince florines.

País, a derecha e izquierda, completamente llano; por una turca así me haría yo Zoulou, Piel Roja, todo. ¡Dios de Dios qué turca!

Pues sí, este joven un poco impertinente ha viajado mucho, desde que naciera en Camprodón, en 1860. De niño hizo las Españas como niño prodigio, espoleado por la ambición de un padre autoritario y egocéntrico, Don Ángel, funcionario, a veces alto funcionario, y francmasón. A los catorce años ha recorrido media península ofreciendo recitales de piano con gran éxito de público y crítica. A los quince viaja a Cuba y Puerto Rico, donde su padre ocupa un alto cargo. A los dieciséis estudia en Leipzig, Alemania, y, poco después, el Conde de Morphy le abre las puertas de la Corte, en Madrid. De ahí a Bruselas, con una escapada mal documentada a Nueva York, enrolado en una compañía lírica belga.

He ligado conversación con el padre de la turca, que resulta ser judía, lo cual me es perfectamente igual. Dicho padre es una especie de mamífero que tiene bastante parecido con el buey; habla español y se llama Marin Habif; parece ser que todos los judíos en Turquía hablan español. Dicho señor es de Smirna, capital creo que de Asiria.

Debo hacer un inciso. Tampoco está probado que Albéniz conociera personalmente a Liszt. Él dice que sí, sus biógrafos que no (las fechas no coinciden).

La versión aceptada por los modernos historiadores es que no sólo exageraba, sino que directamente mentía. Lo ha escrito Walter Aaron Clark y se lo he oído decir a algunos musicólogos de prestigio, por lo demás albenicianos convencidos. Joseph de Marliave, en cambio, afirma en 1917 que Albéniz siguió a Liszt a Weimar, Budapest y Roma.

Albéniz era un hombre intenso y expansivo, acostumbrado a ganarse la vida desde que era un niño. Entonces llevaba un álbum de recortes y recomendaciones, a modo de book, con el que se presentaba profesionalmente.

¡Es dura la vida del artista! Hablo con un cierto conocimiento de causa. Nos pasamos la mitad de nuestra vida profesional “engordando” el currículum para que empresarios, público y responsables institucionales nos tomen un poco en serio. Y la otra mitad hacemos más o menos lo contrario, eliminamos aquello que consideramos de poca importancia para que resalte lo verdaderamente interesante.

Se trata de algo tan serio como ganarse el pan y, ya puestos, alcanzar el éxito artístico. Eso es: comunicar; “mostrar lo sentido”, en palabras de David Miró, nieto del pintor. Con los años algunas de estas líneas del currículum se resisten a caer, sea porque son singularmente bellas o porque encajan perfectamente en una historia que sin ellas no sería la misma.

Albéniz, cuando se dirige a su hermana Clementina, en referencia a la educación de su sobrino Víctor, le dice cosas como que él, antes de los quince años, ya se ganaba la vida hacía bastante tiempo. No por sabido deja de ser importante constatar que realmente tuvo una vida profesional de una precocidad e intensidad poco usuales. También es cierto que antes de casarse y “sentar la cabeza” llevó una vida aventurera en bastantes períodos muy poco conocida. El hecho de que adornara su propia leyenda exagerando e incluso inventando algunas cosas (mentir es una palabra gruesa) puede tener que ver con aquello de que “la realidad supera a la ficción”. Es posible que viviera situaciones incluso más espectaculares que algunas de las que menciona en su historia “oficial” y no han sido probadas. Los escritores saben bien que la verdad suele estar entre la ficción y la realidad, más cerca de la poesía que de la prosa.

“Los artistas mienten para decir la verdad, mientras que los políticos mienten para ocultarla.” La frase es de V de Vendetta, la película de los hermanos Wachowski, adaptación al cine de la novela gráfica del mismo nombre escrita por Alan Moore e ilustrada por David Lloyd.

A nadie de la familia Albéniz (y entiendo por familia no sólo la consanguínea) le sorprenden estas exageraciones, porque sabemos que, sean o no rigurosamente ciertas, podrían haberse dado perfectamente. Aunque comprendo que un historiador metódico, académico, con una mentalidad un poco funcionarial y, por lo tanto, poco conocedor de la inseguridad constante en la que se desarrolla la carrera de un artista, tenga tendencia a malinterpretar estos lapsus intencionados de la memoria.

El 14 de septiembre de 1880, a punto de cerrar su diario de viaje, escribe estas líneas:

Lo que he pasado en París no he querido contarlo por no acordarme de lo mucho que he sufrido; basta decir que he estado a punto de acabar con la vida.

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s