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Foto Maria Alzamora

Salimos de La Iglesuela del Cid con el cielo encapotado, pero sin frío. Pasamos bajo las murallas de Morella chispeando, lo suficiente para empañar la visera del casco, pero no para mojarse. En Cincoespadas empezó a llover con un poco más de intensidad y el asfalto se tiñó de negro, pero no llegó a encharcarse. Los neumáticos traseros de las motos lanzaban una tímida estela de agua. Habíamos salido de Aragón, procedentes de Castilla, y, una hora más tarde, habíamos circulado por el Reino de Valencia y entrábamos de nuevo en el de Aragón, con Cataluña en el horizonte. La lluvia nos pisaba los talones.

Paramos a tomar un café en Pueblico. Jaime y yo consultamos el mapa, mientras Antonio movía en parado la moto de Jaime, considerando la posibilidad de traicionar sus sólidos principios y probarla. Le gusta. Un poco apartado del grupo, Enrique ganaba dinero con el móvil, incansable. Arrancamos. Antonio y Jaime finalmente intercambiaron sus motos. El chirimiri cesó, la carretera era secundaria y estaba desierta, rodeada de viñedos, terrazas con muros de piedra seca y pequeños bosques con árboles otoñales: verdes, amarillos y rojos. Los más altos indicaban que por ahí pasaba un río, a veces dibujando cañadas con un ritmo armónico.

En Villatorta de Caspe la carretera estaba seca, el asfalto era de un bonito color gris claro y no había nadie (eso ya lo he dicho). Después de dejar atrás un piso deslizante notar que los neumáticos agarran es una sensación muy reconfortante. Lideraba Jaime con la BMW de Antonio, una moto que conoce bien, le seguía Enrique con la Crosstourer, con maletas laterales y baúl central, enorme, y después iba yo, con la Transalp. Antonio circulaba algo rezagado, probando la nueva NCX750 de Jaime.

Subiendo hacia Scaladei, Jaime aceleró y nos lanzamos los tres a una trepidante subida en cuesta. El ritmo de la carretera era perfecto y el nuestro también. Las motos iban como un reloj y los neumáticos besaban el asfalto permitiéndonos inclinaciones notables, los motores respondían admirablemente y los cambios de peso nos permitían bailar como si supiéramos hacerlo. Ágiles; rápidos; concentrados. Excitados, pero controlando cada metro, cada centímetro de asfalto. Jaime entraba en una curva de izquierdas, Enrique se abría mucho, antes de entrar, de manera que por un instante yo sólo tenía a Jaime de referencia y, en el momento de entrar en el ápice de la curva, aparecía la pesada Crosstourer cruzándose antes mis ojos, ágil como una bailarina. Íbamos muy juntos, perfectamente sincronizados.

En cámara lenta visualizas la curva que tienes delante, la analizas, frenas, echas el hombro en su dirección, imperceptiblemente, de manera que el cuerpo entre antes que la moto; las piernas ligeramente abiertas, la rodilla de la curva un poco más, las puntas de las botas en las puntas de las estriberas; la cabeza mirando lejos, siempre en la fase siguiente. Inclinas, notas el agarre, pero ya estás mirando la siguiente curva y el peso del cuerpo está cambiando, antes incluso de finalizar la que estás trazando. Y así, como si se tratara de un ballet perfectamente ensayado, vas enlazando curva tras curva.

Coronamos el puerto exultantes y paramos para esperar a Antonio, que iba de pruebas.

Sublime.

El día anterior habíamos salido de Soria, en dirección Calatayud (y el anterior de Leyre, la escapada fue de cuatro días). ¡Ancha es Castilla! Carreteras con largas rectas, campos de tierra roja, horizontes sin fin y cielos espectaculares. Te dan ganas de preguntar a un labriego por dónde ir a Membrillo, por poner un ejemplo, y que te diga: “Vas bien, sigue por ahí y, al anochecer, cuando llegues al árbol, toma a la izquierda”.

Cruzamos Lahorra, un pueblo desierto, a excepción de un viejo que, sentado en un banco adosado a lo que parecía un granero, con las dos manos apoyadas en la empuñadura de un bastón de corte clásico y madera clara, sólidamente apuntalado, nos miró con curiosidad. “¡Juventud! ¡Todavía no han aprendido que por más que corran no llegarán antes!”. Lo que no sabe Serafín Bermejo Daroca es que no somos tan jóvenes como piensa, no tenemos ninguna prisa y no queremos llegar a ningún lado. Si se nos hubiera ocurrido preguntarle a él cualquier cosa, probablemente se hubiera sorprendido al comprobar que hace décadas que hemos dejado la juventud atrás y se hubiera muerto al cabo de poco tiempo, víctima de la confusión.

Pero no lo sabe, felizmente para él. Los domingos cambia el banco de piedra que hay en la Plaza del Duque de Cienpozuelos, frente a su casa, por el del granero, junto a la carretera. De este modo visita la otra parte del pueblo, a cincuenta metros de su casa, y si tiene suerte ve pasar algunos vehículos, como los nuestros.

Este ha sido un buen domingo.

El cielo de Castilla da para estas poéticas evocaciones.

Pasado Calatayud nos metimos por carreteras secundarias, muy secundarias, con el piso en muy mal estado. Más tierra roja y campos sembrados, sienas y marrones, carreteras desiertas, cañadas, suaves ondulaciones y pocos pueblos, todos con iglesias con dos campanarios de ladrillo rojo, uno a cada lado de la puerta principal. Nos cruzamos sólo con tres o cuatro coches; uno de ellos un BMW X5, otro: un Porsche Panamera. Qué hacían ahí es un misterio. Cuando paramos en uno de estos pueblos para estirar las piernas y consultar el mapa, la gente que salía de misa nos miró con curiosidad. A pesar de los baches circulamos a buen ritmo, disfrutando del paisaje. En un cruce especialmente solitario, en un escenario que me recordó París Texas, la película de Wim Wenders, hay un edificio blanco, grande, cuadrado, con un rótulo en la pared que reza: “Frontón Municipal”.

Es un lugar extraño.

En este mismo punto arranca una carretera con el piso impecable, oscuro, recién pintado en el paisaje. Lo tomamos con agradecimiento y ganas de subir el ritmo, pero duró apenas un kilómetro. Luego, el mismo aspecto bacheado de siempre, incómodo, hasta que, de repente, sin ningún sentido aparente, hay otro tramo de trescientos metros de asfalto nuevo. Muy extraño.

Coronamos una pequeña elevación y nos desviamos de nuevo, esta vez por una carretera que, ya de entrada, nos avisa que sólo tiene tres metros de ancho. Es bellísima. Pura poesía. Rojo, marrón y ocre. Donde hay un árbol hay una sombra. Donde son altos hay un río, de aguas cristalinas. Me gustaría detenerme en uno de estos rincones e imaginar de lo que habrá sido testigo, porque seguro que la gente del lugar los aprecia. Los campos labrados son mucho más pequeños que en las largas rectas de Calatayud, porque aquí no hay llano, aunque tampoco hay montañas. A lo sumo, lomas.

Ir en moto es un placer. Disfruto circulando con los muchachos por estos recónditos lugares.

Un cartel anuncia Los Órganos de Montoro. Tan sugestivo enunciado merece una visita. Sin dudarlo enfilamos hacía allí y Montoro nos regala una carretera excepcional, con buen asfalto, ritmo, paisaje, subidas y bajadas, curvas enlazadas, peraltes y contraperaltes y… ¡ni un alma! Voy líder, me coloco en posición de ataque, las puntas de las botas por encima de las palancas de freno y cambio, el cuerpo adelantado, los brazos flexionados; la cabeza erguida, mirando el próximo tramo; me escuecen los ojos de no parpadear, tanta es la atención que me exige el trazado. Es un largo orgasmo. Sales de una curva, enderezas la moto y caes literalmente en la siguiente, tumbas y sientes deslizar la moto con el asfalto muy cerca. Si vas un poco pasado acaricias el freno trasero con el pie derecho y éste actúa como un timón de cola, sujetando la trazada. Mi moto tiene pocos caballos, por lo que voy abriendo gas poco a poco en plena tumbada, para salir de la curva con tracción. En las rectas, pocas y cortas, acelero sin piedad y el bicilíndrico en uve pasa del sonido ronco característico a un aullido uniforme y excitante, hasta la próxima curva. Corto el gas de golpe, freno, la suspensión delantera se hunde, el cuerpo entra, la moto también, mientras la mirada ya está en la siguiente; y vuelta a empezar, esperando que esto no se acabe nunca.

Llegamos a Urraca de Aragón felices y cansados. Deliberamos. Llamamos a Cantavieja para reservar en un hotel donde nos hemos alojado otras veces, pero está cerrado. Enrique encuentra en su móvil una hospedería magnífica en La Iglesuela del Cid, llama y reserva. Empieza a llover. Retomamos la marcha. La carretera es, de nuevo, mala. Debe de ser bonita, como la anterior a los Órganos de Montoro, pero no la veo porque se me empaña la visera. De pronto me encuentro rodando sobre tierra, están haciendo obras. Hay mucha gravilla. Afortunadamente hace poco que llueve y no se ha formado barro. Levanto la visera, prefiero la incomodidad de la lluvia sobre el rostro que no ver. Enrique me pasa como una exhalación, de pie, a veces se olvida de los doscientos ochenta quilos que pesa su moto. Llegamos a Cantavieja, cogemos el desvío de La Iglesuela del Cid y nos envuelve la niebla. Ahora sí que no vemos nada. Nos cedemos cortésmente el paso, pero nadie acepta la invitación.

Poco después dejamos nuestras monturas en un establo digno de un rey y entramos en palacio.

 

 

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