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Foto Maria Alzamora

/”Grisha”, de Dosmildiez/

Amanece en Akerreta, un pueblo minúsculo encaramado a una pequeña colina en medio de un valle pirenaico navarro, cerca de Pamplona y de la Fundación Oteiza. Por lo que a mí respecta esta última se ha convertido ya en un referente geográfico. Llegamos ayer por Roncesvalles, después de pernoctar en Pau. El hotel rural está en un ramal muy concurrido del Camino de Santiago, tiene diez habitaciones y un amplio salón, en el que ahora mismo estoy escribiendo estas líneas. Es muy acogedor, muy apropiado para una excursión de cuatro días que tiene como único objetivo estar en otro lugar.

La noche anterior, en el Hôtel Roncevaux, de Pau, leí un artículo en El País sobre Grigori Perelman, firmado por Rodrigo Fernández. Desde que el matemático ruso renunció al millón de dólares del Instituto Clay de Matemáticas por haber resuelto la conjetura de Poincaré leo todo lo que cae en mis manos sobre él. También intento comprender en qué consiste la conjetura en cuestión, sin éxito.

La última frase del artículo es de Rukshín, maestro y “descubridor” de Perelman: Para Grisha fue como un secuestro cuando trataron de apropiarse del resultado de su trabajo. No pudo aceptar que un teorema pudiera ser comprado, vendido o robado.

Me impresiona la contundente reacción de Perelman ante las amenazas externas promovidas por colegas envidiosos y codiciosos, instituciones académicas interesadas y manipuladores de todo tipo, incluidos unos cuantos directores de agencias bancarias. El hombre pensaba ingenuamente que el mundo científico era “puro”, un lugar del planeta apenas contaminado. Este sentimiento me resulta familiar, recuerdo cuando creía que el mundo del arte estaba un poco al margen del mundo.

Grisha es, pues, un artista. Y ya que estamos lanzados por la resbaladiza pendiente de enlazar situaciones imposibles, también es un “hombre puro”, en el sentido que le daban los cátaros al término. Antes de ayer atravesamos la ruta de los castillos cátaros, camino de Roncesvalles desde la Catalunya Nord. Es un monumento al genocidio perpetrado por la ortodoxia católica contra algunos de sus mejores hijos…

Me interrumpe José Mari, nuestro anfitrión, para preguntarme si quiero desayunar, le contesto que es temprano y hablamos un poco del lugar.

El Hotel Akerreta está en la Casa Sastrerana (la dirección postal es Transfiguración 11, una calle minúscula con un nombre sorprendente), construida a principios del siglo XVI sobre un pajar preexistente. José Mari Iruretagoyena y su mujer la compraron en el año 2000 y el hotel empezó a funcionar en 2004, después de una laboriosa restauración. José Mari me aclara que, en realidad, no la compraron, “se la vendieron”.

Ellos estaban negociando otra propiedad, en el vecino pueblo de Larrasoaña, cuando la anciana propietaria de la Casa Sastrerana, que los conocía y simpatizaba con ellos, les ofreció venderles la suya. El precio era muy superior a lo que podían permitirse, por lo que la joven pareja agradeció el gesto pero renunció a cualquier tipo de negociación y se olvidó del tema, no sin antes mirar de soslayo en dirección a la maravillosa casona situada en un enclave tan apropiado para sus intereses. Tres días más tarde recibieron la llamada de la propietaria, aceptando las condiciones que ellos pusieran. Le gustaba el destino que querían darle a la casa, le gustaban ellos, apreciaba el respeto con el que sin duda la restaurarían y le atraía gozar de su compañía como vecinos.

No sé qué tiene que ver esta historia con la de Perelman, seguramente que mientras escribía sobre éste último José Mari me interrumpió y me explicó la suya.

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