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Foto Maria Alzamora

Este texto se lo dedico a sus protagonistas: Jaume Casals, Rector Magnífic de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona (aquí me gustaría hacer un inciso: un pariente de mi madre fue Rector Magnífico de la Universidad Pontificia de Salamanca, cargo que lleva incorporado el Ilustrísimo Señor; pues bien, contaba mi madre que un día recibió una carta de un convento de monjas de la provincia de Cáceres en la que figuraba su nombre, pulcramente escrito, precedido por el nombramiento Estupendísimo Señor), Amador Vega y Pelegrí Viader, catedráticos, Antoni Vila Casas, propietario y presidente de la fundación que lleva su nombre, y Santi Vila, Conseller de Cultura de la Generalitat.

Y Molly, por supuesto.

Ordis, 02/04/16

El miércoles inauguramos L’escala de l’enteniment en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. La escultura está dedicada a Ramon Llull, con motivo del séptimo centenario de su muerte. Me emborraché de gente y parabienes; luego vino el silencio, los paseos con Molly, las dudas y la certeza de que lo real es la incertidumbre.

Jaume Casals, profesor de filosofía y rector de la UPF, dijo que esta escultura era, a partir de este momento, un punctum. El término está sacado de un libro de Roland Barthes, La chambre claire, en el que explica que en toda composición fotográfica hay un punto que llama la atención. Uno solo. Corot decía algo parecido referido a la pintura. Yo le hubiera guiñado el ojo a algún estudiante despistado que estuviera contemplando la obra y le hubiera dicho: “Un puntito, ¿no?”, pero el profesor dijo que era un punctum y yo le creí.

Santi Vila, Conseller de Cultura de la Generalitat, un político sensible y agradable, comentó en la relajada comida que tuvo lugar después del acto de presentación de la obra que un buen amigo suyo solía decir que los políticos son extraños personajes que, sin tener una formación adecuada, opinan con autoridad sobre temas para los que necesitarían una cualificación específica que no tienen. Bien, no lo dijo exactamente así, pero creo que esa era la idea.

Paseando mi melancolía por los alrededores de Ordis, mientras Molly, inteligente y ágil, se dedicaba a corretear y disfrutar de la primavera, me vinieron a la cabeza imágenes de lo que no pasó el miércoles. La prensa brilló por su ausencia, excepto una televisión local; había pocos artistas y algunos responsables institucionales del Any Llull, a los que visité hace unas cuantas semanas para explicarles el proyecto, que valoraron positivamente, tampoco acudieron a la convocatoria.

Mi posición en el mercado del arte (eso es lo que es, no como se llama) no es suficientemente sólida y mi oratoria no atrae a las masas, pero tenía tres padrinos de lujo: Ramon Llull, “el padre de les letras catalanas”, la UPF, una institución pública de gran prestigio, y la Fundació Vila Casas, una entidad privada de un nivel impresionante.

Recuerdo haber dicho, cuando me tocó hablar, que el mecenazgo es algo que este país no valora convenientemente porque no sabe lo que es. Cuando hablo de arte siempre pongo al lado de Albéniz, Picasso, Miró y Giacometti a Francis Money-Coutts, Daniel Kahnweiler, Aimé Maeght y Antoni Vila Casas.

Cataluña está convulsionada por una fiebre independentista inquietante y coherente, visto desde la perspectiva de la historia, y se esgrime la lengua y la cultura como los elementos diferenciadores por excelencia. “Somos una nación porque tenemos una lengua y una cultura propia”. Sin embargo, se presta muy poca atención a la cultura en general y al padre de la lengua en particular. Lo del centenario Albéniz en 2010 fue escandaloso y el legado de Pau Casals tiene serias dificultades administrativas (lo comentó el Conseller); y no sé si Enric Granados está mereciendo una atención mejor que la que tuvieron sus colegas y amigos, en este año en el que también se celebra su centenario.

Pero la cultura es, efectivamente, un gran elemento diferenciador nacional. ¿O no son Klimt y Mozart unos maravillosos embajadores de Austria?

Si Ramon Casas fuese francés estaría en todos los museos del mundo y en Estados Unidos es fácil asociar nombres como Pollock y Guggenheim, o Withney y de Kooning, y la Frick Collection de Nueva York es una institución cultural muy respetada (como la Phillips Collection, de Washington, que está estos días de visita en Barcelona).

También las instituciones públicas han ejercido alguna vez el mecenazgo de manera eficaz. El Guernica, una de mis pinturas favoritas del siglo XX, no existiría sin la intervención decisiva de la República Española.

La cultura no ocupa un lugar determinante en nuestras vidas. Las instituciones no responden, los medios de comunicación tampoco, unos y otros están demasiado pendientes del mercado, que ha acabado siendo el peor enemigo del arte, entronizando artistas de muy dudosa calidad cuya única virtud parece ser producir grandes cantidades de obra como quien emite moneda de curso legal.

En consecuencia, los artistas no acudimos regularmente a las exposiciones de nuestros colegas más destacados; por desconfianza; y el público sólo va a los grandes eventos, los mejor publicitados, ignorando los pequeños punctums culturales que son los que realmente educan a la gente, dotándola de criterio.

Algo está fallando.

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