img_8653
Foto Maria Alzamora

Son las cuatro y cuarto de la madrugada. Después de cinco días de gripe, con puntas de fiebre bastante altas los tres primeros, ahora lo que no me deja dormir es una tos convulsa e irritante. Incorporado estoy más o menos bien, pero en la cama, aunque me recline sobre almohadas y cuadrantes para huir de la horizontalidad, no. Los ataques de tos me han devuelto al salón derrotado, con un libro bajo el brazo y unos cuantos caramelos de eucalipto al alcance de la mano. He vivido en este sillón todos estos días. La inactividad al principio me puso nervioso y susceptible y, poco a poco, este sentimiento ha dado paso a una combinación letal de sumisión y melancolía. Según pasaban las horas esta última se teñía de una tristeza existencial profunda, como de fin de ciclo.

Recién llegado al salón he avivado el fuego de la chimenea, he puesto la televisión y me he enganchado a una película bélica de los años setenta protagonizada por Lee Marvin, un actor que me gusta mucho.

El sargento Marvin manda un pelotón en el que destacan cuatro hombres, el núcleo duro del grupo, el que sobrevivirá a todas las campañas: África, Sicilia, el desembarco de Normandía y, por fin, la Europa Central. En un momento de su azarosa historia tienen que tomar un monasterio en Bélgica que está en manos de los alemanes. No pueden bombardearlo porque se trata de un hospital psiquiátrico, una Casa de Locos, y como bien dice el sargento matar pacientes de un loquero tiene muy mala prensa. Como son los buenos acaban poco a poco con todos los centinelas, mientras una atractiva joven de la Resistencia hace lo propio con una frialdad y eficacia sorprendentes; después de verla actuar en estas escenas no me gustaría encontrármela en la cocina, en tiempo de paz, con un cuchillo en la mano, aunque estuviera preparando una macedonia de frutas. La escena final de la conquista del monasterio es magnífica. En el refectorio se encuentran comiendo en un lado los alemanes y, en el del frente, los pacientes. En medio creo recordar que hay tres o cuatro frailes, presidiendo el ágape. Se entabla fuego cruzado, los buenos hemos perdido el efecto sorpresa y los alemanes se defienden con ardor, les va la vida en ello; con sus metralletas unos y otros barren de paso toda la loza y el cristal del atrezzo, pero respetan milagrosamente la vida de los locos, que siguen comiendo ajenos a lo que les rodea, lo que da fe de la gravedad de su diagnóstico. De pronto uno de ellos se pone a reír histérico, contagiado por la acción, el dinamismo, la tragedia y el ruido, cae ante él un alemán abatido, coge su arma, se pone en pie y empieza a disparar a diestro y siniestro mientras exclama “¡Ya estoy curado!” “¡Soy como los demás!”

Esta impresionante escena me ha recordado un libro de Yasmina Reza: Hammerklavier. Hay un capítulo en el que una invitada de una fiesta le comenta a otro invitado que le fascinan las escenas de guerra en televisión; explica muy animada que los prefiere a los documentales de animales y naturaleza, que tiene ya muy vistos. Sus gustos van desde Afganistán a Chechenia, con especial predilección por el conflicto iraquí-kurdo. Explica, sin que nadie le pregunte, que se limita a contemplar la naturaleza, obviando a los seres humanos que aparecen en ella, y disfruta del encanto de los paisajes desérticos y de lo que es el mundo sin humanos: maravilloso.

Las 5:37, voy a intentar dormir un poco …

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s