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Prácticamente no hay libro mío que no haya tenido por título provisional, en algún momento, The Pigeon Tunnel (literalmente, “el túnel de las palomas”). Su origen es fácil de explicar. Era yo un adolescente cuando mi padre decidió llevarme en una de sus escapadas de jugador a Montecarlo. Cerca del antiguo casino estaba el club deportivo y, a sus pies, una extensión de césped y un polígono de tiro que daba al mar. Bajo la yerba discurrían pequeñas galerías paralelas que iban en fila hasta la orilla. Por estos túneles introducían palomas vivas, nacidas y atrapadas bajo el tejado del casino, cuya función consistía en avanzar aleteando por las galerías oscuras hasta salir al cielo del Mediterráneo, para servir de diana a los deportivos caballeros bien alimentados que las esperaban, de pie o tumbados, con sus escopetas. Las palomas que se salvaban o solamente resultaban heridas hacían lo que suelen hacer las palomas: volvían a su lugar de nacimiento bajo el tejado del casino, donde las esperaban las mismas trampas.

El hecho de que esa imagen me haya perseguido durante tanto tiempo es algo que quizás el lector sabrá juzgar mejor que yo.

John Le Carré / 2016 / Prefacio de Volar en círculos

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