v-de-vendetta
Foto Maria Alzamora

El próximo Presidente de los Estados Unidos será Donald Trump.

Pienso a menudo en la que está cayendo, porque está en el menú diario, mientras intento zafarme de las teorías conspirativas que acechan por doquier: la autoría real del 11S neoyorquino; la familia Bin Laden volando alegremente por el espacio aéreo cerrado de los EEUU, con permiso presidencial; el oleoducto de Afganistán, o la doble página de La Vanguardia de hace tres o cuatro meses, en la que había un interesante reportaje sobre la estrella de la guerra de Siria: un helicóptero ruso. A doble página y bajo este estremecedor título: LA ESTRELLA DE LA GUERRA DE SIRIA (lo repito por si no ha quedado claro), había una gran fotografía del fenómeno y, rodeándolo, ilustraciones con el número de bombas, misiles, ametralladoras y tripulación que puede llevar este ángel de la muerte. En algún lugar del reportaje había una cifra destacada: el valor del ingenio. Pongamos que mil millones. Y, en otro recuadro, el valor de los pedidos que tenía su fabricante; pongamos que doscientos cincuenta mil millones.

Eso lo he visto yo. Como a un comandante de Iberia, pocos días después del atentado del 11S, explicando a la audiencia televisiva que es imposible que un tipo con un cursillo de avionetas en Miami sea capaz de pilotar un avión comercial y acertar en medio de una de las Torres Gemelas.

Estos días, y cambio momentáneamente de tema, pero sólo es un momento, he estado revisando textos de mis tres libros, todos ellos inéditos, para publicarlos en este blog. (A nadie se le escapa que mi intención última es seducir a un editor convencional). En el último capítulo de Entre Creta y Sausalito, titulado “La carpeta amarilla”, he encontrado una transcripción de la devastadora descripción que hace George Orwell en 1984 (novela publicada en 1949) del militante de partido, un elemento esencial del sistema democrático:

… un fanático ignorante y crédulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la adulación y una continua sensación orgiástica de triunfo. En otras palabras, es necesario que ese hombre posea la mentalidad típica de la guerra. No importa que haya o no haya guerra y, ya que no es posible una victoria decisiva, tampoco importa si la guerra va bien o mal. Lo único preciso es que exista un estado de guerra. La desintegración de la inteligencia que el partido necesita de sus miembros y que se logra mucho mejor en una atmósfera de guerra, es ya casi universal, pero se nota con más relieve a medida que subimos en la escalera jerárquica.

Pero, a lo que iba: no parece que a George le fuera mucho mejor que a nosotros…

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