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Foto Maria Alzamora

/Epílogo de Entre Creta y Sausalito/

He pasado por todas y cada una de las fases que se supone acompañan al aprendiz de artista. La escasez de recursos, la marginalidad, la bohemia, la incomprensión, el fracaso más absoluto y el éxito (moderado). Llevado todo ello con obstinación, esfuerzo, tesón y un entusiasmo obsesivo característico de este singular oficio. He procurado, al mismo tiempo, divertirme todo lo posible, de modo que finalmente una saludable forma de dignidad ha adornado este proceso difícil. Mi mejor aliado en los primeros años, que fueron muchos, fue la juventud y el aliento de mis amigos, a los que siempre estaré agradecido.

Lo de la juventud no es ninguna tontería, es imprescindible que el cuerpo te acompañe en estos casos. A partir de los cuarenta y, sobre todo, de los cincuenta (de los sesenta ni te cuento) con frecuencia tienes que parar y esperar a que el cuerpo se ponga a tu altura, aquejado de no sé cuántos males, y venza esta absurda tendencia que tiene a quedarse rezagado, recurriendo a la paciencia y a la experiencia. La paciencia también es fundamental.

Si finalmente consigues alguna satisfacción profesional tienes motivos para estar agradecido. Por el mismo precio no pasa nada y te tienes que callar. Nadie te pidió que te metieras en esto; nadie te alentó para que fabricaras cosas perfectamente inútiles; nadie te sugirió que perseguir una quimera inalcanzable (ser el que hace posible que algo hermoso suceda, como define Juan Antonio Marina al artista) era una buena idea. Una niña de ocho años me preguntó recientemente en una exposición: “¿Esto para qué sirve?”. “Para nada”, le respondí, “no se come, no te traslada de un lugar a otro, tampoco vas más rápido, ni más ligero; es como un libro, no sirve para nada pero aprendes”. La respuesta le satisfizo. Podría haber añadido algo más elaborado, incluso mágico, como “el arte cura”, pero se lo tendría que haber explicado. Me gustan los niños en las exposiciones, captan las cosas que les explicas con naturalidad, hacen las preguntas pertinentes, si vas de genio lo notan enseguida y si tu trabajo es honesto y bueno saben valorarlo mejor que la mayoría de los adultos.

Entre Creta y Sausalito ha sido una gran ayuda en este largo proceso, donde son muchos los que se apuntan, pocos los que perseveran y menos aún los que llegan a alguna parte. Hemos mantenido a lo largo de los años un intenso diálogo que creo que ha sido bastante fructífero, a pesar de las frecuentes interrupciones.

Al principio fue una especie de paisaje pintado del natural. Fueron los años de marginación, más o menos voluntaria, cuando intentaba encontrar un lugar en una sociedad que era hostil a mis principios. Luego, en los noventa, acuciado por la necesidad, me hice ambicioso y la vida se me complicó extraordinariamente. Resultaba un poco paradójico, porque siempre me habían vendido que la entrada en el mercado era la solución a todos mis problemas. Bien, es cierto que aliviaba algunos, pero a costa de aumentar la confusión. Probablemente por esta razón recurrí de nuevo a la escritura, buscando esta revelación que está oculta entre las palabras, según las vas colocando en un orden preciso.

 

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