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En el Ensanche barcelonés de los años sesenta había una intensa vida de barrio. Mis padres vivían en la calle Lauria (ahora Roger de Llúria), entre Valencia y Mallorca. El relojero de la esquina Valencia todavía existe y el hijo se ha ido transformando poco a poco en el padre, de manera que, cuando entras, tienes la sensación de que el tiempo se ha detenido en 1960. Enfrente había un colmado y, en la esquina de arriba, la de Mallorca, otro. El zapatero se apellidaba Ponsa, el quiosco lo regentaba Isabel y la librería y papelería el Sr. Cugat. A dos manzanas estaba el Mercado de la Concepción, al que mi madre iba todos los días, pasando por la mercería y la Farmacia Ferrer. Todos nos conocíamos y a todos nos fiaban. En la esquina de arriba, en el tercer piso de una finca de los años cuarenta, vivían las hermanitas Sabadell, como las llamaba todo el mundo, a pesar de ser de edad avanzada. Mon y Carmelita Sabadell provenían de una familia distinguida venida a menos, como se decía entonces. De vez en cuando se vendían alguna pieza de su mobiliario y hablaban con mi padre para que intentara colocársela a alguno de sus clientes o amigos. Si no lo conseguía, con frecuencia se la acababa quedando él mismo.

Otra manera de ayudarlas económicamente fue contratar a Carmelita para que nos diera clases particulares de francés a algunos de mis primos y a mí. Era una anciana inefable, cariñosa y pulida hasta la exageración. Su francés parecía antiguo, quizás lo fuera; seguramente en la corte del Zar de todas las Rusias se hablaba algo parecido. Era la pequeña y Mon parecía tener una ascendencia sobre ella incuestionable. La casa estaba atestada de muebles y brillaba como una patena. Se notaba que todo aquello no había sido adquirido o construido para aquel apartamento; había ido a parar a él, arrastrado por una riada social imparable. En todos los sillones, silloncitos y repisas había reposabrazos y mantelitos de hilo, primorosamente bordados.

Vivieron juntas toda su vida, excepto un corto período de tiempo, en el que Mon se casó. ¿O fue Carmelita? Nadie parecía recordarlo con exactitud y el tiempo que duró su ausencia fue tan corto, y su discreción al respecto tan absoluta, que el tema acabó convirtiéndose en una leyenda difusa.

En aquella época era costumbre comer pollo los domingos. Y pastel, de postre. Las pastelerías –La Inmaculada Concepción, Aries, Bonmatí– formaban parte también de nuestra escenografía cotidiana y los domingos, después de misa, apenas daban abasto, sirviendo brazos de gitano y saras a diestro y siniestro. Del pollo, a Mon le gustaba la pata y a Carmelita la pechuga. Así, domingo a domingo, semana tras semana y año tras año se servían su pedazo favorito, después de ofrecérselo gentilmente a la otra, siguiendo una estricta regla de urbanismo.

Un día, contaba mi madre, debido a no sé qué circunstancia, se dieron cuenta de que a Mon, en realidad, le gustaba más la pechuga. Parecía que la cuestión había aflorado en el seno de una discusión; la mayor acababa de cumplir noventa años y su carácter se agrió, o quizás perdió un poco la cabeza, la cuestión es que le echó en cara a la otra el que toda la vida se había sacrificado por ella, renunciando a su bocado favorito para que la pequeña pudiera disfrutarlo.

Carmelita dejó hablar a Mon hasta que ésta, agotada, guardó un ofendido silencio. Como se prolongase más de lo normal acabó preguntándole a su hermana si se encontraba bien. La pequeña, en trance, respondió quedamente: “¡¡Yo prefiero la pata!!”.

Se miraron como dos extrañas.

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