2-img_9318
Foto Maria Alzamora

/»¡Ánimo, valor y miedo!», de  Mosaic Isaac Albéniz/

Instalado en París en 1893, donde ya era conocido en el mundo musical, Albéniz llegó precedido de una gran fama como pianista y frecuentó los salones más célebres de la ciudad, como los de Hasselmans, Polignac, Blanche Selva y el de su amigo Ernest Chausson. Pero su intención era darse a conocer como compositor más que como intérprete, tarea para la que estaba dotado de una intuición verdaderamente superior. (…) La casa de Albéniz en París era punto de reunión de artistas y músicos españoles, y a ella acudían Zuloaga, Casas, Sert, Utrillo, Mestres, Ganivet y Rusiñol. La gran amistad con Fauré, con d’Indy y con Dukas, su espíritu crítico, su generosidad e impulso, pronto le llevan a ser “un familier de toute la société musical parisienne de son epoque” (en palabras de Jacqueline Kalfa).

Este párrafo y el siguiente son de “En torno a lo español en la música del siglo XX”, de Jorge de Persia.

París era para los músicos y artistas españoles la fascinación por el centro del mundo cultural, la carta de identidad universal. Y en esta ciudad moderna, algo despreocupada, de principios de siglo, se desarrollará una experiencia artística fundamental, producto de la coincidencia de tres aportaciones culturales: la española, la rusa y la francesa, inspirada por las experiencias de Debussy frente a la tradición germana.

Albéniz, Granados, Falla y Turina; Debussy, Ravel, Dukas y Satie; Mussorgsky, Glinka y Rimsky-Korsakov. Pasaban cosas extraordinarias en el París de finales del siglo XIX y principios del XX. La música de Álbeniz (“música española con acento universal”), en la capital francesa encontró el contrapunto perfecto para no caer de lleno en el folclorismo. Albéniz, en París, se sofisticó.

En 1897 dio clases en la prestigiosa Schola Cantorum de Vincent d’Indy, recomendado por su común amigo Déodat de Séverac, que había estudiado allí. Parece ser que no fue un buen profesor, aunque para todo hay opiniones. Su mala salud condicionaba con frecuencia la disciplina horaria propia de estas instituciones pedagógicas, y su heterodoxia hacía el resto.

En una ocasión, uno de sus alumnos interpretaba con timidez la sonata Appassionata, de Beethoven, y Albéniz le interrogó sobre su vida amorosa. El joven le respondió que no tenía novia ni había tenido nunca relaciones sexuales. Albéniz, entonces, le aconsejó que lo dejase correr, pues ciertas obras no se pueden tocar si se tiene “sangre de horchata”. Al padre del muchacho no le hizo ninguna gracia el sabio consejo del maestro y protestó airadamente ante la dirección de la escuela.

Era difícil concentrarse en la pedagogía cuando lo que verdaderamente le importaba, en estos momentos, era su ópera Merlín, como atestiguan estas palabras suyas de 1897:

…La íntima satisfacción que produce el cumplimiento del deber es un lenitivo a todo dolor moral y físico. En este momento y a pesar del mal estado de mi salud, he terminado la instrumentalización de la mitad del primer acto de Merlín. ¡Ánimo, valor y miedo!

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s