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Un dúplex muy lujoso de la parte alta de Barcelona, en 1982 (recuerdo que los socialistas hacía poco que gobernaban), con muchas plantas, luces indirectas y amplios espacios. Alfombras orientales por todos lados, incluidos los baños. Profusión de velas. Espectacular panorámica nocturna de la ciudad. Todos los asistentes eran ricos y sofisticados, incluido mi amigo Barro, hijo del legendario Barrito, que me invitó. Yo, con veinticinco años, melena, vaqueros gastados, una americana prestada, botas camperas prácticamente destrozadas pero que eran como una segunda piel y una fina pulsera de tela alrededor del tobillo, que tarde o temprano aparecería, me sentí enseguida como un pulpo en un garaje.

Barro no tardó en desaparecer con la anfitriona (casada, al marido no llegué a conocerlo, o, si lo vi, no supe que era él). Fui hacia una mesa enorme donde había canapés y todo tipo de bebidas. Me serví un whisky con agua y hielo. Nadie parecía muy interesado en mí. No tenía ni idea de lo que se suponía que debía hacer. Envidié la soltura de mi amigo, este punto de desfachatez que a veces me molestaba, pero que aquí parecía muy útil.

Di un paseo. En la cocina pasaban cosas que tenían poco que ver con la gastronomía, según se mire, en uno de los sofás de uno de los salones (había al menos dos) también se lo estaban pasando muy bien, pero yo era incapaz de mirar directamente estas excitantes escenas.

Volví a la mesa. Se me acercó una rubia bajita que andaba de puntillas, bien proporcionada, completamente desnuda, y me ofreció un cigarrillo medio consumido de aroma inconfundible. Quizás me estaba ofreciendo algo más. Su sonrisa creo que era incitante, pero no me gustaba. Me pareció más bien insolente y vulgar. Acepté el cigarrillo pero no entré en el juego. Ella se encogió de hombros y se fue por donde había venido. Era evidente que yo tampoco era su tipo. Más bien me estaba haciendo un favor, para ver si me integraba. Sospeché que me la había enviado Barro.

La situación empezaba a agobiarme. Aquello no iba conmigo. Afición tenía, pero aquella no era mi gente. Decidí acabar de fumar para retirarme luego lo más discretamente posible. En este momento algo captó mi atención. Cerca de la mesa, sobre una mullida alfombra de color pardo, había una mujer sola echada boca abajo, también desnuda (empezaba a encontrarme incómodo vestido), fumando lo mismo que yo. No es que no la hubiera visto antes, estaba a cinco metros escasos de mi sólida posición junto a la mesa, es que seguramente hacía poco que estaba sola. Llevaba el pelo muy largo, le cubría un tercio de la espalda y era de color oscuro con reflejos cobrizos. El trasero era rotundo y las piernas un poco más gruesas de lo que dicta el canon, pero más cerca del escultor que rápidamente se apoderó de mí. No estaba nada mal. Rodó sobre sí misma y, apoyándose en los codos, se incorporó ligeramente y nuestras miradas se encontraron.

Sonrió con un gesto burlón, contenta de que la estuvieran mirando. Y a mí me gustó lo que vi. Ojos verdes, pómulos sobresalientes y una boca muy apetecible. Pechos redondos y firmes, pezones grandes, oscuros; aparentaba unos treinta años, aunque nunca he sido muy bueno para calcular edades. Quizás fuera algo mayor.

Me acerqué con las manos en los bolsillos y una sonrisa insegura y, como ella mantuvo su expresión acogedora, me arrodillé a su lado. Nos miramos unos instantes, ella acodada, con la pierna izquierda coquetamente doblada e inclinada hacia su pubis, mientras yo permanecía aún con las manos en los bolsillos, sentado sobre los talones. Debió verme muy inexperto, o muy tímido, porque decidió tomar la iniciativa. Se sentó y empezó a desnudarme, muy despacio, casi a cámara lenta. Yo me dejaba hacer, satisfecho de formar parte por fin de algo y agradeciendo al mismo tiempo el efecto relajante y deshinibidor de la marihuana y el whisky combinados.

Cuando estaba terminando (acababa de descubrir la pulsera étnica del tobillo, que desde luego no encajaba en absoluto en aquel ambiente) le cogí la cara con las dos manos, la acerqué a la mía y la besé. Fue un beso extraordinario. Es fácil decir eso, pero besos extraordinarios hay pocos. Nuestras bocas se encontraron y encajaron a la perfección. Exploré en el interior de la suya y lo encontré todo, mientras me sentía poseído por una lengua que llegaba donde nadie había llegado. Nuestras cabezas se movían con un ritmo preciso y armónico, nuestros labios se encontraban una y otra vez y siempre se acoplaban con increíble naturalidad. No sé como explicarlo, es como si calzáramos exactamente el mismo número.

Creí que esto se debía a su dilatada experiencia (para mí era casi una mujer madura), pero cuando nos miramos después de este primer beso múltiple algo en su expresión me hizo pensar que su sorpresa era parecida a la mía. Me sonrió, de otra manera, y ella me gustó más, de otra manera también. Dijo algo extraño:

– No me digas tu nombre.

Que yo recordara sólo una vez había besado así. Durante el servicio militar pasé cuatro meses en un pueblo de la provincia de Cáceres. Compartía apartamento con dos amigos, destinados en el mismo cuartel, al que íbamos sólo por las mañanas. El apartamento contiguo lo ocupaba un matrimonio muy amable y sus dos hijas, y yo tuve una pequeña aventura con la menor de las hijas. Ella debía tener diecisiete o dieciocho años y nuestros escarceos amorosos no pasaron de unos cuantos besos apasionados cuando conseguíamos burlar la vigilancia de su familia y la presencia de mis compañeros. Nunca los he olvidado. Eran perfectos, a pesar de nuestra juventud. Tengo un recuerdo vago de sus facciones; era morena, con el pelo largo y lacio y no muy alta. La veo en la piscina municipal, al lado de donde vivíamos, con un traje de baño marrón, echada boca arriba sobre una toalla roja, mientras yo llego del cuartel con uniforme de faena, que odio pero que me sienta bien. Ella se incorpora ligeramente al verme llegar, apoyándose en los codos, ladea la cabeza, me sonríe y dobla la pierna izquierda inclinándola pudorosamente sobre la otra mientras yo me arrodillo (a una distancia prudencial) sentándome sobre los talones.

El caso es que amé a esta mujer en este dúplex de la parte alta de Barcelona. El efecto combinado de lo que había bebido y fumado, más la calidad de nuestros besos, me hizo hablarle de amor. Intuía que aquello estaba fuera de lugar. Sabía que contravenía todas las reglas no escritas de este tipo de fiestas, pero yo era un novato y no pude evitarlo. Ignoré que habíamos captado la atención de toda la sala, apenas oía la música –blues melosos cantados por Shirley Bassey-, toda mi atención estaba concentrada en este momento único que el azar me brindaba. Creo que ella también me amó, se resistió un poco al principio pero luego me susurró cosas asombrosas (que no sé explicar fuera de contexto), como si nuestra intimidad no fuera accidental. Cerca del momento álgido repitió varias veces que no deseaba conocer mi nombre.

– No quiero saberlo. No quiero. No …

¿Por qué? Nunca lo he entendido.

Lo hicimos una sola vez. Era suficiente. Aquello era irrepetible. Luego permanecimos exhaustos unos minutos, todavía estrechamente abrazados, aunque mentalmente volvíamos lenta pero inexorablemente a nuestros planetas de origen, muy alejados entre sí. No sé si es mi imaginación pero diría que la música había dejado de sonar y que nadie se ocupó de reponerla durante este corto intervalo de tiempo. Incluso creo percibir el ruido monótono y sincopado de la aguja sobre el disco cuando éste se ha acabado y ha fallado el sistema automático de recogida. También es posible que mi recuerdo se deslice hacia estas poéticas evocaciones ambientales a las que tanto me cuesta resistirme cuando escribo.

El final de la historia es torpe y extraño. Después de aquella maravilla ella me rechazó. Se enroscó sobre sí misma, dándome la espalda, con la cabeza oculta entre sus rodillas abrazadas y me pareció que sollozaba quedamente sobre la mullida alfombra de color pardo mientras yo me vestía y abandonaba la casa alucinado y triste.

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