gran-damero-dia-2-iii-copia

Cojo el carrito donde está la paleta con el rojo y el índigo y lo muevo hacia el centro del cuarto de jugar. Es un carrito silencioso, de hospital. Hay un pincel grueso, tipo paletina, con pintura roja que utilicé hace un par de días para trabajar un tríptico de la serie Rojo Rothko. Apoyo la tela grande contra la pared, vacío un par de tubos de color índigo sobre la montaña de pintura seca, agarro el pincel y me lanzo enérgicamente sobre la tela, respetando a duras penas la Menina que hay en el centro. Estoy trabajando sobre una tela de 2009, que un día consideré acabada. Incluso es posible que haya estado colgada en alguna exposición.

Suena el Concierto Fantástico, de Albéniz. Pinto, retrocedo, observo, vuelvo a pintar, cierro los ojos y doy algunas pinceladas a ciegas, hay un crescendo trepidante y cierro de nuevo los ojos con fuerza mientras mi mano derecha sigue el ritmo como si ondeara una batuta. Cuando los abro y me alejo no puedo evitar un gesto de disgusto, pero ahí están las pinceladas, la mayoría invisibles en el gran fondo oscuro y unas cuantas han invadido la figura, cruzándola en varias direcciones. El ritmo es bueno pero el azar no ha pintado bien.

A continuación cojo un carboncillo grueso y comienzo a escribir sobre este fondo oscuro y húmedo, recién pintado:

Suena el Concierto Fantástico, de Isaac Albéniz. Pienso en mi padre, en la última vez que lo escuchamos juntos mientras dibujábamos desnudo en su estudio, con la modelo mejicana. Le echo de menos. Su fe en mí talento era excesiva, pero me dio confianza cuando más la necesitaba. Se lo agradezco con estas líneas que nadie leerá, pero unos cuantos (quizás muchos, quién sabe si tenía razón) verán. También quiero reflexionar ahora sobre el fracaso, porque es un tema que me interesa. Pienso que un título como “Elogio del fracaso” venderá, no en el sentido comercial del término, sino en el espiritual. Siento una irresistible atracción por él, me gusta. Soy como el jugador al que le gusta perder. Lo siento más veraz. Soy un perdedor, pienso que todos lo somos, admitirlo me parece un gesto de lucidez. Algunas veces he tocado el éxito con la punta de los dedos y he retirado la mano como si me quemara. Sin embargo lo busco, quiero traicionarme, o no, quizás el problema es que necesito hacerlo. Se me acaba la tela, invierno, atardecer. Ordis 2016.

Me lavo las manos, me lleva un buen rato, cuando caligrafío estos fondos el índigo se me mete debajo de la piel, aunque no me mancho tanto como cuando pinto rojos rothko, entonces el color me llega al alma. Después observo el resultado de esta sesión un poco catártica. No me gusta. ¿Me gustará? Quién sabe. Está mejor ahora que antes, pero es una de estas pinturas que me costará terminar …

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