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/ “Ir en moto es un placer”, de Dosmildiez/

Hacía semanas que no cogía la moto. Ha hecho mucho viento y frío y las carreteras en febrero están húmedas y deslizantes. A las cuatro de la tarde, después de dar unas pinceladas a nueve papeles de cien por setenta centímetros extendidos en el suelo del estudio, he bajado al almacén y la he sacado a la calle. Encima de la ropa de trabajo me he puesto el pantalón de un traje de agua que abriga bastante, las botas, un anorak, el casco integral y los guantes. Como buena Honda, la Transalp ha respondido al botón de arranque al instante y el suave ronroneo del bicilíndrico me ha reconfortado, hoy tengo el ánimo encogido y un persistente dolor de cabeza que me acompaña desde ayer por la mañana. No suelo tener dolor de cabeza.

Está nublado pero no hace frío y la visibilidad es buena, aunque el característico perfil del Pirineo hoy no se ve con la claridad acostumbrada. Enfilo hacia Taravaus, lo cruzo por fuera y cojo la carretera de Cistella y Terrades, rumbo a las montañas. Hay obras, es una carretera secundaria muy bonita, aunque el piso está muy bacheado; cuando acaben las reformas y suavicen un poco el trazado será sin duda uno de los más agradables de la zona. Después del pavoroso incendio del verano pasado el paisaje es triste, pero no tanto como me esperaba; al negro carbonizado le sale verde alrededor. Hay unas pocas máquinas trabajando, talando y limpiando, y las casas aisladas muestran algo del espanto pasado, pero parecen estar intactas. Ir en moto es un placer.

Pasado Terrades hay un cruce que indica “Pantá de Boadella”, mi destino, el lugar al que solía ir cuando murió mi padre, el año pasado. El trazado es de nuevo muy sinuoso y los árboles quemados me recuerdan el “Bosc Cremat”, una serie de pinturas de Assumpció Mateu. Aparco la moto junto a la barrera que impide el tráfico por el perfil de la presa, me quito el casco y los guantes, los meto en el baúl y me calzo la gorra con el logotipo descolorido de Triumph. No hay ni un alma. Recorro muy despacio el característico paseo, con un lado bello y apacible -un lago entre montañas es un lugar idílico y relajante-, y el opuesto, que es vertiginoso: un precipicio de hormigón con una cascada artificial y, allá al fondo, un río que vuelve a fluir como si nada hubiera pasado.

El caudal del pantano es escaso, creo que nunca lo he visto tan bajo. Las orillas muestran un amplio margen de color pardo claro, la medida de sus carencias. Mientras me acerco al final del recorrido veo a Dios. ¡Lo que me faltaba! El cielo se abre por un punto muy concreto y sale un haz de luz que se refleja en las nubes circundantes y en el agua del embalse: eso es Dios. Me inclino sobre la barandilla, la divinidad está del lado bueno, el apacible.

Este paseo, de apenas media hora, siempre me relaja. Cuando cojo la moto de nuevo me siento mejor. Hago la misma carretera hasta el pueblo de Boadella, allí tomo un desvío hacia Pont de Molins. Es una carretera preciosa y, aunque sigue mandando el paisaje lunar de después del incendio, consuela ver el contraste entre los robles, pinos y encinas carbonizados y los olivos y los almendros que, milagrosamente, resistieron el acoso de las llamas. Además estos últimos están en flor, exultantes entre la devastación.

Circulo en todo momento junto a la Muga, un río humilde e importante. Paso junto a edificaciones antiguas, sólidas, románticas, con puentes bucólicos, muros oscuros, contrafuertes con abundante musgo y fachadas de casas con muchas historias que contar. Poco antes de llegar a Pont de Molins veo algo que me horroriza, bajo la velocidad, me olvido de la moto, sabía que lo vería y debería haber estado preparado, pero el impacto, perdida la concentración, casi me descabalga.

Encima del pueblo hay un altísimo viaducto por el que circula el tren de alta velocidad. Casualmente veo pasar a uno, una flecha moderna y estilizada desafiando a Dios y a los hombres que viven debajo. Literalmente. ¿Cómo puede alguien construir un puente encima de un pueblo? El diablo, sin duda, que tiene un gusto horroroso.

Me paro y saco unas fotos con el móvil, porque quiero mostrar a alguien lo inexplicable. Luego continuo mi camino y enseguida enlazo con la NII, bordeando Figueras por el cinturón de ronda. Como siempre, miro al pasar una encina solitaria, grande y muy bien dibujada, que queda a mi izquierda, bañada por el sol del atardecer.

He estado fuera un par de horas, como máximo, pero me ha dado tiempo de ver el bien y el mal de cara, me he aireado y me he sacudido algo de la melancolía de estos últimos días.

Ir en moto es un placer.

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