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/”La Marquesa de Sade”, de Dosmildiez/

Han pasado apenas doce horas de la representación y aun no he tenido tiempo de asimilar tanta información; La Marquesa de Sade, de Mishima, es de una densidad considerable. Sergi Mateu, sentado a mi izquierda, me dijo al acabar la función, con las manos aún calientes de aplaudir, “Qué obra tan difícil de dirigir!”. Entendí “digerir” y asentí convencido, luego añadió que eran estilos interpretativos muy diferentes y que era un milagro que todos trabajaran en la misma dirección, entonces comprendí lo que había querido decir y también estuve de acuerdo.

Me hubiera gustado que el cuadro del fondo del escenario fuera la Menina Rojo Rothko del cartel, en lugar de un mural un poco confuso que luego supe que era un paisaje. Creo que hubiera actuado como un espejo en el que la Marquesa de Sade podría contemplar su alma desnuda, liberada de otros atributos. O, mejor aún, un lienzo de las mismas proporciones del mural, con un Rojo Rothko, sin más anécdota que el propio color; su calidad y textura estarían sin duda a la altura de la calidad y textura de la interpretación, arropándola y protegiéndose mutuamente.

A Teresa y a mí nos emocionó el diálogo que mantuvieron recién acabada la función, en el exterior del teatro, Mercè Managuerra – actriz, directora del Teatre Akadèmia y profesora de buena parte del elenco de la obra – y la Marquesa de Sade (aún no nos habían presentado a Agnès Romeu). Analizaron su interpretación, todavía caliente, declamando algunas partes del texto, en un afortunado bis que tuvieron la gentileza de regalarnos. Hacía un minuto que Madame de Saint-Fond nos había brindado también un extra: pasamos a su lado y la felicitamos (ser el autor del cartel te da un lugar), yo alargué la mano y rocé la suya en un gesto de agradecimiento, pero ella estaba hablando con alguien. Ya nos alejábamos cuando se dio cuenta y desde una distancia de tres o cuatro metros nos dijo “gracias” sin articular palabra, con la mirada y con el cuerpo, como una prolongación de lo que acabábamos de ver en la sala. Fue tan expresiva que me pareció ver detrás suyo a Charlotte, de pie con las manos enlazadas reposando en el regazo, sobre la falda negra, aportando algo significativo con su presencia silenciosa y solemne. Sin duda, ella fue lo mejor de la escenografía.

El ultimo monólogo de la marquesa es conmovedor. Negándose a recibir a su marido, recién salido de la cárcel, le cierra las puertas al cambio que propone la Revolución Francesa. Se sentía más cómoda en el papel de transgresora en el ancien régime que de protagonista destacada del nuevo, mientras su madre se adapta a la nueva situación con este talento descomunal que tienen todas las madres para asimilar los cambios y de este modo proteger a la familia. Me recordó la última escena de La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda y Lalo Azcona, con una madre increpando a un viejo profesor republicano caído en desgracia (magistral Fernando Fernán Gómez), con lágrimas en los ojos, mientras su hijo se suma a la agitación general y corre detrás del carro que lleva a los nuevos detenidos lanzándoles piedras.

Ahí están las claves de la modernidad y de la oportunidad de esta obra. Los que vivimos el cambio profundo del franquismo a la democracia lo sabemos bien. Más de uno hubiera querido retirarse a un convento para no ver la parodia en la que se ha convertido la palabra democracia.

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