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Foto Maria Alzamora

Ayer noche hubo un concierto en el Centre Social de Ordis, en el que tocaba el grupo de mi hijo Max. Son las fiestas del pueblo y este evento forma parte de su programa de actividades lúdicas.

Fue un buen concierto. Gin&theTonics estuvo muy bien, a pesar de que llevaban tres meses sin tocar y sólo ensayaron un par o tres de días esta semana. Necesitan objetivos un poco claros para creer en su proyecto, para que Cris acabe aceptando que, además de ser muy buena con la flauta travesera, tiene una voz maravillosa, con un color muy bonito.

Estrenaron una versión de un tema de Santana, tocaron otro de Noséquién (soy un desastre para recordar nombres), que empieza con un solo de guitarra y acaba con un crescendo de voz que me encantó, se les notaba un poco desentrenados pero atesoran una calidad de la que no sé si son conscientes del todo.

Max estuvo nervioso toda la tarde de ayer, luego tocó, disfrutó y volvió a ser encantador.

¡Los artistas son muy raros!

No he comentado que los músicos cobrarán según las consumiciones que hizo el bar. Ganarán poco. Aparte de un grupo de ingleses, como siempre divertidos y vociferantes cuando salen de su isla, que están pasando unos días en la casa de turismo rural de los padres del bajista de G&T, había cuatro gatos. Eso sí, entregados a la causa.

Luego actuó Poker, una formación de cuatro sujetos de Milwaukee, Iowa y Montana que nacieron por accidente en Sant Llorenç de la Muga y alrededores. Muy buenos. Tocaron clásicos americanos -rock, blues y algo que me pareció folk, pero muy marchoso- con un inglés más que aceptable, según nuestros nuevos amigos ingleses. Yo me quería ir, era tarde y estaba cansado, pero me regalaron grandes dosis de adrenalina musical y no pude moverme. Al tercer tema casi lo conseguí, pero una buena versión de Losing my Religion, de REM, me pilló en el vestíbulo, con la chaqueta y la gorra puestas, y me hizo entrar de nuevo, pedir otra cerveza y sentarme junto a Helen y Francis, padres de Dom, el bajista.

Media hora más tarde estaba un poco aturdido por los decibelios y el alcohol pero contento, más descansado que cuando llegué. Entonces uno de los tipos de Milwaukee invitó al escenario a un sujeto bajito, con chupa de Decathlon y sombrero tejano de cuero, anunciándonos que era un virtuoso de la guitarra y un bluesman enorme. ¡Tenía razón! Nos saludó a todos con un catalán de la zona de Figueres y se arrancó con un tema trepidante de Creedence Clearwater Revival, con el micro pegado a la boca, las piernas un poco separadas, la guitarra ladeada y una calidad (y cantidad) de voz sorprendente. Max se sentó un rato a mi lado, sonriente, Francis estaba enloquecido y los cuatro gatos enfervorizados. Tres temas más tarde invitaron también al escenario a Facu, un guitarrista argentino que vive en la zona. Hace años que lo conozco, de cuando Max y sus amigos soñaban con tocar algún día en un escenario y seguían a estas bandas maravillosas que se dejan la piel en escenarios de carreteras secundarias con un público casi inexistente.

Como ayer, estos chicos nos brindaron una noche memorable; se esforzaron, disfrutaron, cantaron y gritaron, nos ofrecieron lo mejor de sí mismos a cambio de nada: cuatro cervezas mal contadas.

Los artistas son raros y admirables.

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