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Foto Maria Alzamora

Estabas precisamente donde yo esperaba que estuvieras, mirando por el ventanal hacia el Pirineo, con la chimenea a tu izquierda, chisporroteando. Sin embargo, parecías tener frío y te abrazabas, como si el calor del hogar y el grueso jersey de lana estampado con grecas no te abrigara lo suficiente. Tenías la mirada triste, melancólica, perdida en quién sabe que oscuros presagios (¿Donald Trump?), por esto me acerqué sigilosamente por detrás y te rodeé con mis brazos. Yo sólo llevaba una camiseta de Dacathlón y una camisa a cuadros sin abotonar. Y te apreté fuerte contra mi pecho. Esperabas mi llegada, porque no te sobresaltaste; ambos irradiamos calor; tu pelo olía a leña y también un poco a yerba. Hundí mi cabeza en tu cuello, que olía sólo a ti, y acabamos besándonos, iluminados por el fuego mientras en el exterior empezaba a nevar débilmente.

A veces escribo cosas así, retazos de novelas que no escribiré nunca porque no soy novelista. Son más bien poemas y éste, en particular, es muy tópico; sólo falta que el protagonista venga del exterior, donde se ha lavado la cara en un barreño de madera reciclada después de romper con el codo la fina capa de hielo de su superficie.

Nada que ver conmigo, que incluso en verano me ducho con agua templada.

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