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/”Rafa Teja”, de Entre Creta y Sausalito/

Hay pintores buenos y pintores malos. Los hay profesionales y aficionados. A veces los primeros son malos y los segundos buenos.

Hay artistas consagrados (!), exitosos, comerciales, provocadores y fracasados. Estos últimos son la gran mayoría, un poco por detrás de los frustrados, una categoría más literaria que real. Hay artistas conceptuales y experimentales, aparentemente sin ánimo de lucro. Y también vanguardias históricas de una edad más que respetable. Y los llamados “artistas malditos”, infiltrados en cualquiera de las clases anteriores.

Rafa Teja no pertenece a ninguna de estas categorías, al menos no propiamente.

Rafa es un artista clandestino.

Se gana muy bien la vida con dos estupendas tiendas de trapos, como él las llama, en Barcelona. Crea colecciones, las produce y sabe venderlas. Viaja periódicamente a India; que, además de ser una potente fuente de inspiración, también es donde tiene centralizada la mayor parte de su producción.

Vive en su refugio ampurdanés, donde tiene tiempo para más: para meditar, leer, conversar sin límite de tiempo, oír música clásica, escribir y pintar. A veces todo mezclado, otras en grupos de dos, tres o cuatro actividades simultáneas.

Lo que pinta es tan bueno que no puedo evitar mostrarlo a los que vienen a mi estudio, vecino al suyo, pared con pared. Incluso le convencí hace unos pocos años para que llevara un par de obras a la galería barcelonesa con la que en aquel entonces trabajaba: la Galería de Arte Inés Duarte, un negocio un tanto ecléctico pero bastante eficaz, teniendo en cuenta que yo me gano la vida sólo con esto.

Rafa se vistió para la ocasión, metafóricamente hablando. Envió las obras con otras mías y al día siguiente vino a mi casa para pedirme que le pasara al ordenador un texto que había escrito durante la noche. En él explicaba los trabajos que había enviado a Inés Duarte, dos pinturas de pequeño formato tituladas “Saltamontes” y “L´inquietante etrangeté”.

Bendigo el día en que Rafa no tuvo un ordenador él mismo para hacerlo, porque gracias a esta circunstancia guardo en una carpeta de mi escritorio esta joya:

Ordis, 28 de noviembre de 2001

Estimada Inés, a pesar de lo breve de nuestro encuentro, te has tomado la responsabilidad de hacer público mi trabajo. Al margen de cuestiones comerciales supongo que, quizás, necesites conocer un poco las consideraciones que me explican.

La pintura me ha permitido desde hace 35 años crear mis “mitológicas”.

Los valores tradicionales, la filosofía política de Marx, el psicoanálisis de Freud, la antropología de Lévi-Strauss, la astrología, el ocultismo, los cultos orientales … han sido lugares fallidos donde intenté encontrar una salida a la falta de sentido. Al final, solo la pintura me ha concedido el privilegio de construir mis códigos y el alivio de una cierta verdad. Creo que pertenece a la eminente dignidad de nuestra especie ir tras la verdad de forma desinteresada. La verdad, creo, tiene futuro; que lo tenga también el hombre está mucho menos claro.

De un modo íntimo y secreto y, por qué no, clandestino, mi pintura ha ido articulando mi evangelio.

La recopilación de estos temblores del espíritu han tomado cuerpo en Los Códices. Mi Apocalipsis, mi supuesto saber sobre el inconsciente, mi crudo y mi cocido se han ido sedimentando en ellos. Son el texto de mi herejía íntima. En estos Códices toman forma mis fantasmas. De ellos nacen cada uno de mis cuadros.

Saltamontes I “otra ciudad y otra dama”

Los saltamontes y las libélulas, figura reiterada en mi quehacer, nacen el día que conocí al animal destructor, al asesino que nos anida. Tenía ocho años y maté muchos de ellos. Lo terrible fue saber que yo podía ser el saltamontes de otros; lo terrible fue saber que no sabía que hacer con mi posibilidad criminal ni con la de los otros. Los Saltamontes son un homenaje sentido a mis víctimas, a las víctimas de otros y a mí “ser víctima”. Estos “iconos” son mi jainismo particular.

L´inquietante etrangeté

Esta cabeza parcelada y numerada en un fondo de pan de oro es más un manifiesto ético que un acto estético. Junto con otros cuadros de anatomías inquietantes, es el lamenti perplejo frente a la actividad de la ingeniería genética. Como un lacrimossa que teme los incestos bioquímicos por venir. El cuerpo empieza a ser un Objeto sobre el que se puede intervenir, transformar lo que se desprende de su superficie y adquirir identidades nómadas, múltiples, móviles. El furor sanandi que nos invade, el suicidio como arte, el carnal art … Del cuerpo a la identidad y de la identidad al cuerpo ¿Es el cuerpo el único responsable de la identidad?

¿Del padre al robot?

Quizás este cuadro podría tener un segundo título: Papá robot.

Esperando que tengas la paciencia y la tranquilidad de espíritu para leer estas notas se despide afectuosamente,

Rafa.

Inés Duarte es buena en su trabajo, ya lo he mencionado. Es bajita, vivaz, atractiva, trabajadora y buena gestora. Tiene intuición y olfato empresarial. Su planteamiento profesional es simple y no necesita apenas elaboración: le interesa mucho la obra del artista escogido y muy poco su alma. Que ambas cosas vengan juntas es algo que no creo que se haya planteado nunca. Al menos no de forma consciente, aunque un entusiasmo desbordante y pueril le lleve a afirmar continuamente lo contrario.

El final de esta breve incursión de Rafa Teja en el mercado del arte vino al cabo de muy pocos días, cuando se dejó caer por la galería y vio sus obras navegando desorientadas en compañía de otro millar, en alegre desorden, en un almacén atestado de obras sin pedigrí ni texto que los mal acompañara.

Se quedó horrorizado. Inés no le había comentado el texto (no había entendido nada y se defendió haciendo ver que la carta, en realidad, nunca había existido) y la semejanza de aquel almacén con una tienda de alfombras en un zoco del norte de África le resultó brutal.

Para eso ya tenía sus trapos.

De modo que recogió sus obras y me las regaló.

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