59-la-antihistoria-del-arte-contemporaneo

El tono general del cuaderno es crítico y, dada la mentalidad imperante, quizás, a veces, subversivo. No lo siento. Para mejorar cualquier cosa, lo primero que conviene hacer es analizarla y describirla. Ningún interés me liga a las fuerzas estáticas del país –ni en la posición que tienen hoy de cosa existente ni en la que tendrán mañana, de simple recuerdo-. Este cuaderno obedece a la necesidad de tomar posición ante mi tiempo. Si la teoría de Taine fuese cierta en todos sus extremos, yo tendría que ser un mero producto de mi tiempo. El determinismo ambiental funciona en los escritores que se abandonan a la corriente. Yo navego contra la corrupción de la corriente. Yo no soy un producto de mi  tiempo; soy un producto contra mi tiempo.

Josep Pla, “El quadern gris”

La antihistoria del arte contemporáneo. Desconfiar del éxito, porque está manipulado por personas que representan poderosas instituciones privadas y públicas poco fiables. Al convertir el trabajo creativo en producto de consumo se pone precio a una creatividad que, en el fondo, no se comprende. El éxito, por lo tanto, siempre es sospechoso.

Al mercado le gusta marcar tendencia, es una de sus fórmulas para hacer negocio. Por lo tanto, crea moda, y los artistas que la siguen triunfan, mientras que los que apuestan por el trabajo solitario e independiente sufren para poder seguir con su investigación. Luego, se convierten ellos mismos en moda o no; pero ya no están para disfrutarlo. (Hay que distinguir entre Arte Moderno y Arte Contemporáneo; el primero es mucho más fiable, aunque sólo sea porque sus oficiantes han muerto, la mayoría de hambre, mientras que el segundo está saturado de genios comprendidos).

La mayor parte de lo que nos rodea – hablo de arte contemporáneo – es un espejismo. Utilizando un término coloquial: un bluff (¿se escribe así?).

Estoy generalizando mucho. Seré prudente: sólo es un bluff el 80% de lo que vemos en las ferias internacionales de prestigio y en los grandes museos dedicados a la creación contemporánea.

Cómo afecta esto al artista ya lo sabemos: se juega el triunfo, que no es poca cosa, para él. En algún momento tiene que escoger entre tratar de hacer algo verdaderamente interesante y trascendente o aprovechar sus habilidades para seguir la moda que le marcan y, como diría Freud, “conseguir el poder y el amor de las mujeres”.

¿Y a los coleccionistas? Los artistas, los buenos aficionados (compren o no compren) y los coleccionistas son los verdaderos protagonistas de esta historia, los demás son actores secundarios (con notables excepciones, como Daniel-Henry Kahnweiler o Adrien Maeght). Al buen coleccionista, que escoge con el corazón, ejercitando una forma de inteligencia emocional que llamamos sensibilidad, apenas le afecta. No podrá eludir la influencia del entorno y con frecuencia pagará mucho a cambio de poca cosa, pero también pagará poco por verdaderas maravillas, de manera que en el cómputo final saldrá victorioso. Si es bueno, claro.

El inversionista es el que saldrá peor parado: el tiempo hará desaparecer aquellas obras insustanciales y revertirá el sueño del alquimista, convirtiendo el oro en polvo.

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