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Foto Maria Alzamora

Que la Menina engancha es una realidad (¡que se lo pregunten a Picasso!). Yo simplemente me he dejado llevar por su estela. Me he mantenido en ella mucho más tiempo de lo normal porque me alejé de la fuente: Las Meninas, de Velázquez. Como todos empecé ahí, en este espacio con “el aire de más calidad del mundo”, como decía Dalí. Al cabo de un cierto tiempo (Picasso tardó 58 cuadros) acepté la velada invitación del personaje de la puerta entreabierta del fondo del cuadro y salí al exterior. Allí me di cuenta, mirando a mi alrededor, que el miriñaque era la moda de la época, la mayor parte de las mujeres de la corte con las que me crucé lo usaban. Descubrí una silueta femenina cuadrada, cuando lo normal al dibujar una figura antropomórfica es coger un formato alargado, vertical. Con este material transformé la figura y en este patio trasero del cuadro de Velázquez creé mi propia versión del personaje.

Me dejé llevar, siempre me ha ido bien cuando me he dejado llevar ante una encrucijada.

Hace muchos años salí a caballo con un reducido grupo de amigos: un matrimonio y sus dos hijas adolescentes. Yo era el más inexperto; al menos eso pensaba. Hacía un par de horas que paseábamos tranquilamente cuando enfilamos un largo camino recto que parecía no tener fin. El padre lanzó un grito salvaje, un poco impostado, y se lanzó al galope. Los demás animales imitaron al guía y con mejor o peor estilo todos le seguimos. Una de las chicas no sabía galopar, por lo visto no lo había hecho nunca, a pesar de que trotaba con un estilo impecable. Se asustó, perdió el control y se cayó de la peor manera posible: de cabeza, por delante de su montura. Sufrió conmoción cerebral y quedó inerte sobre el polvo del camino. Afortunadamente, estábamos muy cerca de una casa y rápidamente nos brindaron auxilio. Se fueron todos al hospital en una camioneta, dejándome con los cinco caballos y dos perros que también nos acompañaban. El padre, tan salvaje como irresponsable, me pidió que me los llevara todos de vuelta. Yo no sabía ni dónde estaba. Pero me dio dos buenos consejos: el primero que llevara a los cuatro animales sueltos con una cuerda laxa, sin tirar, y el segundo que cuando llegara a un cruce y no supiera hacia dónde ir aflojara las riendas y dejara al caballo elegir. Ellos saben muy bien cómo llegar a casa.

A eso le llamo yo dejarse llevar. Aflojar las riendas y ceder el control al medio de locomoción o, en este otro caso, de expresión.

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