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Domingo por la mañana. La Haya. Llovizna. Después de visitar a la joven de la perla de Vermeer, admirar la lección de anatomía de Rembrandt y deleitarnos con el jilguero de Carel Fabritius en el Mauritshuis Museum, nos desplazamos unos pocos quilómetros hacia el mar, donde hay una gran exposición de Mondrian, en el Gemeentemuseum.

Las vanguardias históricas rara vez defraudan.

Mondrian forma parte de mi “influenciario” particular, junto a nombres decisivos, como Rothko y Chillida. Y el Picasso del Guernica, que no es cualquier Picasso.

Lunes. Amsterdam. Soleado. “PRINTS IN PARIS 1900”, en el Van Gogh Museum. Una de las exposiciones mejor montadas que he visto en mi vida. Para los amantes de la obra gráfica, imprescindible, para el resto de amantes: maravillosa.

Bonnard, Steinlen y. sobre todo, Toulouse-Lautrec. Y un largo etcétera. Y un descubrimiento: Félix Vallotton, un artista de una elegancia asombrosa.

De Van Gogh hace años que no opino, porque es un artista consagrado (expresión que debería hacernos reflexionar, porque convertir el mundo del arte en una religión no es una buena idea) que a mí, sinceramente, no me gusta. Si me encontrara ante una de sus obras en casa de un amigo o conocido, sin ninguna información previa sobre el personaje, me produciría rechazo (salvo unas pocas excepciones, que siempre las hay). En cambio ante cualquier Vermeer me caería de espaldas, aunque fuera un perfecto desconocido para mí.

Paseando por las tranquilizadoras salas del museo, un poco distraído, se me ocurrió pensar en la diferencia que hay entre el escenario en el que fueron gestadas sus obras (un entorno rural, miserable e inhóspito, eso sí está perfectamente reflejado en su obra) y en el que se muestran actualmente. Hay un abismo insondable entre la habitación de Arlés y este sofisticado edificio del centro de Amsterdam.

Recuerdo una reflexión parecida después de un concierto de Mozart, en un gran teatro lírico, oyendo los aplausos y el entrechocar de las joyas de las mujeres (en acertada imagen de John Lennon), mientras un nutrido grupo de profesionales impecablemente vestidos hacía reverencias al público que los aclamaba; entonces, pensé en la buhardilla donde fueron escritas estas notas y en el pavoroso frío que hacía en Salzburg aquellos días.

O el pequeño estudio de Modigliani, pobre hasta la desesperación; y en París también hace un frío terrible en invierno. Otra vez el frío, que puede llegar a causar un dolor físico, sobre todo cuando te llega al alma, como le pasaba sin duda a su colega holandés, excéntrico y atormentado, sentado en una dura silla de madera al fondo de un local de mala muerte, frente a una mesa y una botella de absenta, buscando calor y un cierto reconocimiento. Porque Vincent Van Gogh era un artista honesto, desesperadamente honrado, que se creía hasta la última palabra de las cartas que le escribía a su hermano Teo.

Aunque a mí no me guste su pintura, tengo amigos cuyo criterio respeto que adoran su obra.

A mí, en realidad, lo que me interesa es cuestionar, porque si el arte no es un foro de debate no es nada.

¿Lo mejor de estos días? Sin duda la respuesta del conserje del Gemeentemuseum cuando Teresa le preguntó cómo ir a las salas donde se exponía Mondrian: “¿Boogie-woogie? Al fondo, a la derecha.”

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