68 antropólogo argentino
Foto Maria Alzamora

El sábado oí hablar de un antropólogo argentino, aventurero y seductor, que abandonó Buenos Aires en busca de unas tribus perdidas que tenían unas costumbres muy curiosas, allá por el Norte. He olvidado cuales eran y es una verdadera lástima, porque me interesaron mucho cuando las oí. Sé que por aquella época anduvo también por la hacienda de su familia, uno de estos “campitos” de la Pampa que suelen tener una extensión equiparable a la provincia de Ciudad Real. En ésta, o en otra parecida, vivía una parienta suya, apodada en la región “La Señorita” (nunca se casó), que moraba en una inmensa casa destartalada, toda ella desajustada, con algo parecido al Síndrome de Diógenes, que resolvía hábilmente cambiando de habitación cuando la que ocupaba perdía la cédula de habitabilidad. Como la casa era enorme la solución le duró una vida.

El tipo podía vivir de cualquier manera. Era capaz de sobrevivir en la naturaleza con condiciones adversas; resistía el frío y sabía como combatir el calor, pero cuando habitaba la hacienda familiar se vestía impecablemente cada noche para cenar, aunque lo hiciera solo. Aunque viviera solo.

Lo hacía para no dejarse llevar, para no enloquecer como La Señorita, para mantener un lazo de unión con una civilización a la que, a pesar de todo, pertenecía.

Entendí entonces por qué, hace cien o ciento cincuenta años, repetían este mismo ritual los ingleses destacados en los lugares más remotos del Imperio. Hasta entonces, cuando en mi juventud leía los relatos de Somerset Maugham, pensaba que era cosa de su ADN, que los británicos son así de raros. Gracias al relato del antropólogo argentino comprendí que era un gesto marcado por el instinto de supervivencia.

Con los años la dejadez acabó por imponerse, los ritos se abandonaron lenta, inexorablemente, a pesar de un matrimonio con descendencia y una carrera académica que podría haber sido sólida, porque era inteligente y sabía enseñar. Las salidas al exterior, esto que los reporteros y los profesionales de la ayuda humanitaria llaman “estar en el terreno”, se multiplicaron, porque lo que interesaba de verdad al antropólogo argentino, aventurero y seductor, ahora también alcohólico, era caminar y no llegar a ningún destino.

Sus pasos se perdieron (es un decir, hasta este punto llegó el relato que nos hizo su hermano en Ordis, cenando, mientras la comida se enfriaba en el plato para no perdernos detalle) por la provincia de Formosa, en la frontera con Paraguay, donde busca las raíces de unas costumbres atávicas con el secreto anhelo de hacerlas suyas y, de esta manera, encontrarse por fin a sí mismo.

Todos los ritos iniciáticos tienen un ingrediente químico que les resulta imprescindible, como el peyote para el Don Juan de Castanera. Él parece que encontró en el bourbon un remedio eficaz, porque sabe (ya hemos dicho que era inteligente) que al final del camino hay más preguntas que respuestas.

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