73 Bette Davis

/ «La loba», de Dosmildiez /

El sábado El País publicó un magnífico artículo de Juan Cruz titulado El arte de escribir, dedicado a un libro de Tom Hiney sobre Raymond Chandler que lleva este mismo título. El autor, en realidad, no es más que un recopilador de textos periodísticos y literarios del creador de Marlowe. Él mismo se encarga de resaltarlo, en un bonito gesto de honestidad creativa. Hacia el final del artículo una frase me llama la atención: «El hombre es más noble que su suerte». Viene precedida de una reflexión sobre la poesía y la muerte; debidamente contextualizada su impacto es mucho mayor.

El domingo por la tarde, a las siete, en el Teatre Auditori de Cornellá de Llobregat, Jeaninne Mestre nos invita a la última representación de La loba, una adaptación de la obra de Lillian Hellman. La dramaturga fue pareja sentimental de Dashiell Hammet, par de Chandler en lo que a la paternidad de la novela negra se refiere.

Antes de empezar la función comentamos una película que narra la relación de la pareja literaria Hammett-Hellman, creo que se titulaba Julia. Recuerdo una escena en la que ella le entrega un manuscrito y espera, muy nerviosa, que él acabe su lectura para saber su opinión. El veredicto no es, sin embargo, laudatorio: «¡Puedes hacerlo mucho mejor!»

Chandler y Hammett compartían su preferencia por la sobriedad en el lenguaje, liberándolo de florituras inútiles que sólo adornan el jardín, pero no lo definen. Sobran adjetivos, sobre todo calificativos, la acción y el movimiento no los necesitan para fluir de un punto a otro de la historia.

En el escenario aparecen tres hermanos y dos hijos. Una mujer y dos hombres, un chico y una chica. Jeaninne, que entra en escena poco después, es la esposa de uno de los hermanos. Y hay también una criada que parece que no está pero vaya si está. Es una historia de herencias y ambiciones, de unión fraternal alentada por la codicia y de destrucción familiar por el mismo motivo; pero también es la historia de una civilización donde siempre ganan los más brutos: los poderosos sin escrúpulos, para los que la dignidad de los otros – negros, obreros o rivales comerciales – tiene un precio escandalosamente bajo. La acción transcurre en la Alabama de 1900.

Hablan de la corrupción y pienso en la que está cayendo ahora mismo en el país. El hermano de mayor graduación dice que los de su condición dominarán América y pienso en Bush y en Cheeney. Nuria Espert interpreta a la hermana mayor (inolvidable Bette Davis, en su versión cinematográfica), que arrastra su infelicidad en una huida hacia adelante desesperada e inútil, porque la insaciabilidad la corroe lentamente por dentro. Su marido, un hombre honesto y agradable, aparece a media función y muere de un infarto en el intento de frenarlos a todos. Su hija no puede evitarlo.

Hay una personita cándida, infeliz, que revolotea por el escenario diciendo grandes verdades con la boca pequeña, a veces cantando, a veces tatareando tan sólo una melodía, finalmente bebiendo hasta vomitar toda su verdad, que es la nuestra: la de los perdedores. Sólo tiene un arma para defenderse del poderoso clan fraternal que la somete hasta la humillación: la verdad, y sabe que no es un arma poderosa. Aunque es hermosa.

Hay enciclopedias filosóficas que no necesitan otra cosa que el título. La banalidad del mal, de Hannah Arendt, define muy bien a los tres hermanos, y La razón poética, de María Zambrano, la del personaje interpretado por Jeaninne.

«El hombre es más noble que su suerte» nos explica a todos, buenos y malos, dejadme decir que un poco más a los buenos que a los ruines.

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