75 Nueva York 1980
Foto Eva Brunner

Estamos en 1980, todavía soy rubio, llevo el pelo largo, como la barba, un poco pelirroja, y a pesar de mi pésimo inglés la gente se empeña en afirmar que soy californiano. Regreso a Nueva York, procedente de un viaje en solitario por Québec. Llego a Port Authority a media noche y tengo que esperar cinco o seis horas a que salga el primer autobús hacia New Jersey, donde un amigo me dará cobijo. Me siento en el suelo, en un rincón de una sala de espera atiborrada de gente silenciosa y paciente. La calma se rompe sólo en un par de ocasiones con alguna conversación aislada, en un tono de voz un poco más alto de lo normal.

Si tuviese un walkman dormitaría escuchando a Leonard Cohen.

De madrugada hay un conato de pelea entre dos mujeres que se resuelve, como casi siempre por lo que he visto por estas tierras (a la gente no le cuesta gritar, pero sí llegar a las manos), con unas voces airadas que se van apagando lentamente hasta acabar en un susurro monótono de una de las partes, que tarda un buen rato en darse por vencida. De tanto en tanto suelta una frase en voz alta, se contesta a sí misma, se interrumpe; luego se calla para, diez minutos más tarde, volver a manifestar su disconformidad. Llego a echarla de menos cuando dejo de oírla.

Tengo en mis manos el tercer tomo de El Señor de los Anillos, en francés, que he comprado en Montreal, y leo casi todo el tiempo. No sé qué es más irreal, si los paisajes que tan bien describe Tolkien o el escenario que desfila ante mis ojos cuando levanto la vista. En ambos casos veo una variopinta mezcolanza de razas y credos, compuesta por afroamericanos, caucásicos, hobbits, asiáticos, enanos y elfos; mire donde mire estoy muy lejos de casa.

En otro momento de la larga noche se oye un gran estrépito que se va acercando a nuestra sala. Aparece a lo lejos un joven negro, alto y desgarbado, con un enorme aparato de música al hombro, con el volumen altísimo. Pasa frente a nosotros impávido, sin mirar a su alrededor, y desaparece por un largo pasillo hacia la oscuridad; su música tarda varios minutos más que él en desaparecer.

 

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