malos tiempos para la lírica
Foto Maria Alzamora

Tengo veinte años y estoy de servicio en el cuerpo de guardia en la Academia de Infantería de Toledo. Entra el oficial y mira la lista. “¡Alzamora, Antón, servicio de vigilancia!”. Acudimos presurosos, como marcan las normas, y llegamos a la puerta casi al mismo tiempo. Nos abrochamos el casco de forma reglamentaria, recogemos los fusiles de asalto y armados hasta los dientes nos dirigimos al sargento para que nos diga dónde tenemos que ir. Lo habitual es patrullar una zona concreta, entre la entrada del recinto de la Academia y los edificios que albergan los dormitorios y las aulas. Normalmente son servicios de una hora, pero estamos en agosto y el verano castellano es letal, por lo que en esta época lo reducen a veinte minutos. Lo llaman “plantones”.

Pero esta vez es distinto. Nos asignan la vigilancia de los soldados encerrados en el calabozo durante su paseo vespertino. Son seis jóvenes como nosotros; todos estamos cumpliendo el servicio militar obligatorio. A uno lo han pillado intentando burlar la guardia para salir a la ciudad por la noche; otro seguramente ha desobedecido alguna orden estúpida; también es frecuente haber bebido más de la cuenta estando de servicio. Uno de ellos está pendiente de un Consejo de Guerra por haberse dormido en un puesto de guardia. La diferencia entre comparecer o no ante el tribunal, nos explicará más tarde, radica entre el término “dormido” y “adormilado”. Hay gente que disfruta con estas cosas.

Los seis presos andan indolentes delante nuestro hacia el patio central del bloque de servicio. Vamos por la avenida principal, porque la salida del calabozo está del lado exterior y hemos de recorrer unos veinte o treinta metros hasta el centro del bloque para acceder a la entrada del gran claustro interior, donde podrán estirar las piernas y fumar un cigarrillo. Nos cruzamos con un matrimonio y un hijo de unos doce o trece años, que nos mira con suspicacia. Federico Antón me mira incómodo, esto de ir armado escoltando a unos soldados de reemplazo no va evidentemente con su carácter. Está estudiando Psicología y ha resistido estoicamente el entrenamiento militar sin apenas contaminarse. Veo en su mirada todo el Freud que ha estudiado, los libros que ha leído, las chicas que le han gustado y las conversaciones que hemos mantenido a lo largo de estos tres meses de convivencia forzada y leo con claridad en su frente el lúcido aforismo de Lacan: “El hábito es el monje”. ¡Y una mierda! Nosotros no somos soldados. ¿O sí?

El peso del arma es terrible, es capaz de matar veinte veces por segundo, y la madera barnizada de la culata es muy suave, ergonómica y sensual. Llevamos el cargador lleno de balas de un tamaño considerable; se supone que tenemos que disparar en caso necesario.

Uno de los reclusos se da cuenta de nuestro nerviosismo y empieza a bromear. “¿Qué pasaría si te quitara el Cetme?”. Yo estoy por dárselo pero Federico le dice que todos estamos del mismo lado. No lo parece. Desde una cierta distancia nuestro aspecto es feroz, con el casco firmemente sujeto y el aparatoso fusil ametrallador colgando del hombro y empuñado con ambas manos. De cerca la cosa cambia sensiblemente, o somos muy malos actores o el papel nos viene grande; si fueran verdaderos criminales acabarían con nosotros en un instante.

Ni ellos lo son ni nosotros tampoco. Sólo somos ocho desgraciados haciendo una pantomima horrible bajo un sol de justicia.

Últimamente algunos países de Europa (Suecia y Alemania, por ejemplo) hablan de volver a instituir el Servicio Militar Obligatorio. Malos tiempos para la lírica.

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