ROJO ROTHKO I
Foto Maria Alzamora

Antes de viajar a Londres para inaugurar una exposición monográfica sobre Meninas, en octubre de 2008, seguía con mucha atención el proceso de secado del Tríptico Rojo, tres telas de 162×130 cm cada una que estaba pintando en este momento. Me preocupaba que el rojo perdiera brillo.

Primero había preparado cuidadosamente el fondo. Sobre un color azul oscuro, casi negro, llamado índigo, caligrafío toda la superficie del lienzo con un carboncillo sobre la pintura recién aplicada. La presión del carboncillo sobre el color, húmedo y blando, abre rítmicos surcos. Una vez ha secado completamente, pinto el rojo con un pincel tipo paletina, ancho, y después aplico un trapo con el que extiendo el color hasta que desaparecen las pinceladas, surgen valores del índigo que hay detrás y asoma la caligrafía, con su ritmo inconfundible. El problema es que al mismo tiempo se va eliminando color y por lo tanto intensidad cromática.

Pensé entonces en la posibilidad de aplicar otra capa de rojo sobre el mismo, más centrada y con una degradación lateral, para que la luz incida en el centro y se vaya suavizando hacia los bordes. De paso seguramente la obra cogerá más volumen, a la manera del Anish Kapoor que hay en CaixaForum (una obra singular, descaradamente conceptual, es simplemente una protuberancia en la pared).

Recuerdo haber leído que Camille Corot solía decir que los cuadros deberían tener siempre un sólo foco de luz principal, capaz de atraer la mirada, de capturarla. Un luminoso ejercicio de seducción. Luego viene el resto del cuadro, detrás de este primer impacto. Puede ser el brillo de una mirada, la luz sobre el hombro de la modelo o un reflejo del sol sobre el agua de un estanque.

Cada una de las telas del Tríptico pretende ser toda ella un único foco de luz y de atención.

Dejé la aplicación del rojo sobre el rojo para mi regreso, esperando que mientras tanto la pintura se secara más. Y entonces llegó Londres. Y Rotkho en la Tate Modern. Desde el principio de estos trabajos, del tipo Tríptico Rojo, su presencia y saludable influencia ha estado muy presente, pero cuando vi que el “secreto” de la potencia de su color era que lo aplicaba por capas, más de una y más de dos, entonces mi gratitud hacia su persona adquirió mayor relevancia, si cabe.

Anish Kapoor, Corot, Rotkho. También podría añadir a Barnett Newman, sobre todo su Vir Heroicus Sublimis, del MoMA, me gusta como aborda el tema del rojo y del tamaño. E Yves Klein, por su fidelidad a un color. La influencia de Mondrian también está detrás de muchos trabajos previos, constructivistas, que han ido derivando hacia este único rojo dominante. Y el cuadrado blanco sobre fondo blanco, de Málevitch. Y Cy Twonly, naturalmente, por la elegancia con la que juega con la caligrafía y el espacio. Y todos los que me han mostrado caminos, soluciones, me han contado historias, me han emocionado y en algunas ocasiones, como este Rotkho de la Tate Modern de 2008, conmocionado.

El arte es como un río: se nutre del cauce anterior para vivir un presente que, en el mejor de los casos, contribuirá a alimentar el posterior, hasta desembocar algún día en alguna parte.

 

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