islas cíckadas III
Islas Cícladas / III milenio a. C.

El arte contemporáneo se ha sofisticado demasiado. Consagramos nombres con inusitada rapidez, se cuestiona poco, la crítica en bastantes ocasiones resulta poco creíble (más que influir parece influida). Ya lo decía Hipócrates: “La vida es breve, pero el arte durable; la oportunidad, fugaz; el experimento, peligroso, y el juicio, difícil”.

Sucintos, los clásicos.

La primera vez que entendí de verdad el concepto de contemporaneidad, aplicado al arte, fue en una exposición sobre los Iberos, en CaixaForum, a finales de los años noventa, cuando aun estaba en el Palau Macaya, en el Paseo San Juan de Barcelona. Ahí estaba la vanguardia que andaba buscando, donde siempre ha estado, en cualquier tiempo y lugar, porque si tiene algo que la define por encima de todas las demás cosas es la intemporalidad. Llevado por el entusiasmo de un encuentro largamente esperado, me atrevería a decir que cualquier obra que no contenga entre sus “ismos” -expresionismo, constructivismo, cubismo, conceptualismo, estructuralismo, minimalismo- al más universal de todos ellos: el “atemporalismo”, no merece ser considerada verdaderamente vanguardista, entendiendo por obra de arte de vanguardia aquella que, además de ser una aportación innovadora y original, tiene también vocación de permanecer. Éste es el lugar, el que agrupa a Rotkho y al bisonte de Altamira, el que hermana a la Taula de Torralba -monumento megalítico menorquín- con un buen bronce de Henry Moore.

Pude apreciar paralelismos asombrosos entre los Iberos y Picasso, Gargallo y Manolo Hugué, con quienes comparten algo más que un paisaje geográfico. El clímax de la sofisticación creativa podría estar en aquellos leones morfológicamente perfectos, asentados, pétreos, potentes, con todos sus músculos intactos y en actitud vigilante; de repente, allí donde deberían reproducir la melena, unos artistas maravillosos dibujaron unas líneas con extrema sencillez. Son esculturas figurativas con un exquisito toque minimalista.

Este concepto atemporalista aplicado a las artes plásticas, y por extensión a todas las demás, no es ninguna novedad, pero bueno es recordarlo y aplicarlo, tal y como está el panorama actual de las vanguardias. Encaja perfectamente con algo que siempre me ha intrigado mucho: el por qué, a pesar de la evolución científica y tecnológica incuestionable y vertiginosa: ordenadores, teléfonos móviles, aviones supersónicos, scanners y cuatricomías, no consigo imaginar un hipotético encuentro con Heráclito, teóricamente mucho menos informado que yo, como no sea adoptando de inmediato una actitud reverencial ante la profundidad de su conocimiento.

¡Imaginaos lo que sería un encuentro entre Cicerón y Rajoy!

No se trata de negar la evolución para colocar en su lugar otras teorías involucionistas, a la manera del Moriarty de Kerouac en On the road, cuando afirmaba que “de los griegos para acá todo ha sido mal formulado”, sino precisamente de aplicar el atemporalismo como una tercera vía que armoniza ambos conceptos hasta, en el mejor de los casos, fundirlos en uno.

Cualquiera de las pequeñas esculturas de las Islas Cícladas (¡de hace 4.000 años!), convivirían perfectamente con piezas rabiosamente actuales en cualquier muestra de arte contemporáneo.

Es difícil definir el concepto de vanguardia, y es importante porque es el gran mito del arte contemporáneo. La vanguardia entendida desde una perspectiva de progreso es de una linealidad sin concesiones, plana, como una regla milimetrada de 0 a 100, de menos a más. Cuando decimos que la obra de un artista genial se adelanta a su tiempo, parece que el elemento diferencial enriquecedor por excelencia sea la propia noción de futuro. En la medida en que algunos de los ex-votos iberos también tienen esta cualidad de proyectarse hacia el futuro, no parece disparatado pensar que unos y otros se encuentran finalmente en un mismo lugar, que quizás no sea simplemente el futuro, sino un momento preciso en el espacio que contiene pasado, presente y futuro al mismo tiempo. A la linealidad oponemos un concepto esférico, más armónico, más zen. Copérnico halló la serenidad en el espacio y Einstein la refrendó en el tiempo, Picasso se paseó por África y Miró buscó la formidable concentración del niño jugando, por esto unos y otros siempre serán modernos.

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