Laia
“Laia”, photo by Mike Olhm

Michael Olhm, fotógrafo norteamericano afincado en el Ampurdán desde finales de los años setenta, acaba de publicar un libro de retratos en el marco de la Primavera Fotográfica de Barcelona 2002. La portada del libro, así como el cartel de la exposición institucional donde ha sido presentado, reproduce el autorretrato titulado “1979”, fotografía muy conocida en círculos especializados porque existe una enorme ampliación (de 3 por 1,96 metros) en el Museum of Modern Art de Nueva York. En ella se aprecia perfectamente el ligero desenfoque, trocado ahí en leve movimiento, donde destaca el brillo de una mirada enigmática que, a pesar de su imprecisión, atraviesa al espectador desde su sobrio soporte blanco y negro. El efecto es impresionante, tanto por su tamaño, exageradamente sobredimensionado, como por la reacción del espectador, que se convierte él mismo en objeto observado. Es una de las piezas más emblemáticas del MoMA, en el apartado de fotografía.

La técnica para el retrato de Mike Olhm es un poco particular. Se dice que embriagó parcialmente a un conocido editor para conseguir una impactante instantánea que el personaje en cuestión tiene enmarcada en su despacho de la City de Londres. En otra ocasión fotografió a una famosa actriz bajo los efectos de la marihuana (ella explica que estaba sólo un poco achispada debido a un inoportuno Martini en ayunas) donde aparece riéndose descontroladamente, con el rostro desencajado y los ojos llenos de lágrimas. El gran acierto de la foto es que una de esas lágrimas despide un destello que atrae todas las miradas, todo lo demás se resume en una dentadura impecable y una melena rubia densa y desordenada. Un crítico vio en ese destello la sombra de Vermeer, nada menos.

Mucha gente conoce los problemas que tuvo con la foto de Nieves Valdemoros, hija predilecta de Juan Antonio Valdemoros, presidente y máximo accionista del Banco Intereuropeo, que apareció en la portada de la edición europea de la revista Time. Fue el reclamo perfecto para un monográfico dedicado a las mujeres empresarias más relevantes y poderosas de la Unión Europea, pero al fotógrafo le costó un proceso. A esta imponente ejecutiva financiera no le gustó el erotismo que destilaba la fotografía. Mike Olhm apretó el disparador en el preciso instante en que dos arrugas de su impecable y carísimo atuendo hacían verdaderas travesuras. La blusa dejó al descubierto una mínima parte del pecho izquierdo, y la falda levantó el vuelo cuando cruzó las bien torneadas piernas lo justo para que se adivinara el inicio del muslo derecho. Todo muy sutil, apenas perceptible, pero lo que lo hace explícito es el contraste entre esta cálida sensualidad y la perfecta belleza de su rostro, un óvalo clásico en el que destacan unos ojos grises gélidos y una boca bien dibujada pero dura.

La estrategia parece consistir en que el modelo se olvide de sí mismo, que prescinda de su identidad en el momento preciso en el que Olhm aprieta el gatillo. Que se “objetivice”, según el término acuñado por un escritor al observar su propia imagen, que le resultó sólo vagamente familiar (en realidad se parecía extraordinariamente a su padre). Movimientos, desenfoques, brillos más o menos fugaces, son marca de la casa, como el blanco y negro recurrente, todos ellos elementos que configuran un estilo, una forma de mirar y de entender el ser humano. Su transitoriedad. Aunque no siempre utiliza este tipo de recursos tan espectaculares, quizás para no repetirse hasta caer en un efectismo fácil. A veces le basta con explicar un buen chiste (el suyo preferido es de una película de Woody Allen: “el médico me ha dado seis meses de vida; pero, como no le podía pagar, ¡me ha dado seis meses más!”) para provocar una reacción espontánea. O aprovechar una circunstancia fortuita, como la del caso Valdemoros.

Todas las imágenes son en blanco y negro y están presentadas en tamaño regular, de ochenta o noventa centímetros de margen, a sangre y montadas sobre soporte de aluminio. La de la cantante Laia se salta la norma y mide un metro y medio de alto, remitiéndonos al célebre autorretrato.

Hay otra excepción, esta vez relativa al encuadre y al color. Es el retrato de un buen amigo suyo: Juan Socias, prologuista del libro (en él explica con detalle la azarosa y en cierto modo casual gestación del célebre autorretrato del MoMA, realizado en un minúsculo y desvencijado retrete de un bar de Cadaqués, a altas horas de la madrugada y en un estado etílico considerable), profesor de Estética en la Universidad de Ciencias de la Información de Bellaterra, Barcelona. Es el único retratado que aparece de cuerpo entero, de lado, con un largo abrigo oscuro, paseando por el campo en un tramo llano de un paisaje invernal, con unos matorrales del linde del camino en primer término. También es la primera y única vez que ha utilizado el ordenador para manipular una fotografía. Normalmente rechaza de plano este tipo de intervenciones, la sola mención del término “manipular” le pone enfermo. No es que se considere un purista, aunque probablemente lo sea, es que lo que espera de la cámara no va más allá de la simple utilización de un medio mecánico de expresión interpuesto entre él y la realidad, de modo que cuánto menor sea su presencia mayor será la posibilidad de expresarse con sencillez, sutilidad y acierto. Y más honesto será el resultado. El blanco y negro asegura la distancia precisa con el mundo real, porque es una variación cromática irreal, una interpretación sobria y monocroma que está más cerca de la poesía que de la prosa, como suele repetir con frecuencia.

Lo que ha hecho con esta instantánea es colorear una amapola solitaria y frágil que habita entre los matorrales que aparecen en primer término, anunciando una primavera que el abrigo del protagonista, con sus faldones levantados siguiendo la dirección del viento, desmiente. El efecto es teatral, la foto parece manchada con una gota de color sangre, un poco anaranjada, cuando en una segunda lectura se comprende que el color está debajo de la emulsión, integrada en un paisaje que de este modo resulta onírico.

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