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“Phil”, Chuck Close / Whitney Museum NY

La Nau cierra a las dos de la madrugada, siguiendo la normativa vigente en 1979 para este tipo de locales, que abren poco después del mediodía. Pero es relativamente frecuente que el reducido grupo de amigos que se encuentra ahí a diario se tome una última copa pasadas las dos, dejando las grandes puertas entornadas para cubrir las apariencias. En algunas ocasiones se cuelan también otros parroquianos habituales, conocedores de esta costumbre. O incluso perfectos desconocidos. A veces pasan cosas extraordinarias en La Nau, en las cálidas noches estivales de un pueblo de la costa ampurdanesa que en verano multiplica por cien su población.

Sentado en la taza del inodoro, Mike reflexiona sobre sí mismo, con la inestimable colaboración del alcohol ingerido. Acaba de descubrir que, en realidad, el único del grupo que se mueve solo por el mundo es él. Todos los demás -sus amigos Juan, Jos, Luz, no digamos Toni, el propietario de La Nau, incluso el siempre desarraigado Barrito, un viejo republicano exiliado y retornado con la democracia, que prefiere la compañía de los jóvenes que la de sus compañeros de promoción- en realidad están muy cerca del lugar donde nacieron. O están de vacaciones, como Christinne, su novia alemana. Súbitamente se abate sobre él un agudo sentimiento de soledad y una nostalgia atroz. My God!, suspira angustiado; se da cuenta de que acaba de cometer un grave error. Sabe muy bien que cuando bebe más de la cuenta no debe pensar en cosas profundas. Y si, por alguna razón, no puede evitarlo, jamás debe hacerlo estando solo. Se incorpora, baja la cabeza y apoya pesadamente las dos manos en el pequeño lavabo de bordes torneados, inclinándose ligeramente hacia delante como si hubiese recibido el impacto de un golpe bajo, directo a la base del estómago. Está un poco mareado, mover la cabeza de arriba abajo tampoco ha sido una buena idea.

De todos modos Christinne es sensacional, respira aliviado, aunque apenas la conoce. Piensa en Shoshi Rainieri, una chica de la escuela que fue su primer amor. ¿Qué habrá sido de ella? Comparten un imaginario desayuno americano en una cocina amplia y acogedora de una casa de madera en una zona urbanizada del Este, con un pequeño jardín verde y un garaje repleto de instrumentos para cuidar el césped: manguera, rastrillo, abonos, insecticidas, máquina de segar, tijeras de podar y varios botes de pintura para pintar un solitario buzón metálico situado junto a la calle, al inicio de un sendero de siete metros que conduce a una escalera de seis peldaños por la que se accede a un porche de nueve metros cuadrados con una mecedora y un banco. Inconscientemente está visualizando la casa de su hermana en Fort Lee, Nueva Jersey, cerca de Nueva York, donde nació nada menos que Frank Sinatra; desde donde ella y su marido salen cada mañana en coche hasta un aparcamiento inmenso, junto al río Hudson, donde dejan su Honda Civic y toman cada uno un autobús distinto rumbo a sus respectivos trabajos en Manhattan.

Definitivamente prefiere a Christinne. Es europea, organizada, apasionada y culta, aunque un poco grande, toda ella. Claro que él también lo es. Quizás envejezca mal, pero de momento se mantiene dentro de los límites reglamentarios y es muy atractiva, habla bastante bien inglés y en la cama es extraordinaria. Además, seguramente él no lo verá, lo de su envejecimiento. ¿Quién sabe?

Mike se mira en el espejo sorprendido, pues le cuesta reconocer el rostro pálido que le devuelve gesto por gesto. No recordaba tener la tez tan blanca. Ni tan porosa. De repente se le ocurre una idea genial: ¿podría la cámara fotográfica captar esta irrealidad? ¿Retratar este rostro alucinado y perplejo, en cierto modo estúpido, brutal, ultra nítido y descarnado? Frunce el ceño intentando convertir su mirada en un objetivo de cincuenta milímetros, pero no consigue enfocar bien. Tendría que ser en blanco y negro, desde luego. ¿Qué lectura haría el papel emulsionado de esta mirada turbia, enmarcada en este entorno tan sórdido? Una parte de su cerebro recobra la lucidez mientras el resto continúa más o menos donde estaba. La actividad mental es entonces frenética. Recuerda a su padre en el lejano Englewood (a escasos veinte minutos de casa de su hermana) diciendo que las buenas ideas hay que realizarlas siempre. Claro que su padre se refería a cosas menos peregrinas, como enviar un ramo de flores a la anfitriona de una cena al día siguiente, con una tarjeta afectuosa escrita a mano, o una postal desde el extranjero a un viejo profesor jubilado. Cualquier cosa menos intentar detener el tiempo.

De todas formas el recuerdo de su progenitor le da ánimos y abre decidido la puerta, le suplica a un joven desconocido que espera su turno en el pasillo que tenga un poco más de paciencia, sólo un poco más, y va a buscar la bolsa con sus dos cámaras y el resto del equipo que siempre le acompaña. Cuando regresa se disculpa, avergonzado de su intolerancia, y concede permiso al estoico personaje que sigue aguardando dócilmente en la puerta del excusado para utilizarlo brevemente, “sin tocar nada”, y luego, en pocos minutos, es capaz de convertir el pequeño habitáculo en un minúsculo e incómodo plató. Tendrá que forzar muchísimo la cámara, porque la luz es insuficiente. ¡Un foco! ¡Necesita un foco! Y rápido, porque si se disipan los vapores del alcohol (y la adrenalina contribuye a acelerar el proceso) se le escapará la imagen que busca. Su “veracidad”. Sale de nuevo, ¡otro individuo que quiere utilizar el lavabo! Le concede un minuto. Busca por el establecimiento hasta dar con una lámpara de brazos articulados que ilumina el equipo de música y se la lleva ante el estupor de Toni y la suspicacia de una amiga de Christinne, que hace las funciones de disc-jockey. El resto del personal le deja hacer, algunos vagamente interesados, Jos curioso, Luz incrédula, después de haberle visto pasar en busca del equipo, pero todos le olvidan cuando desaparece de nuevo, no sin antes apurar de un trago una jarra de cerveza abandonada sobre la barra para intentar mantener este estado que quiere inmortalizar.

Resulta muy complicado situar la cámara. El trípode encaja con dificultad a caballo sobre el inodoro. El objetivo apunta al espejo, mientras la mano izquierda sostiene el palo de una fregona cuya melena será la suya, iluminándola lateralmente. Tras varios intentos frustrados, consigue sujetar el dichoso foco pinzándolo precariamente encima de un montón de cajas de plástico de bebidas. Finalmente se coloca en posición, respira hondo y exclama con voz ronca: Let´s go! También susurra Alea jacta est!, aunque no está del todo seguro de lo que quiere decir. Bien, lo que sea que se diga en estos casos. Llaman de nuevo a la puerta. Lo ignora. Busca entonces el rostro pálido del otro lado del espejo hasta que cree dar con él de nuevo. Sí, debe de ser el mismo, apenas lo reconoce, aquella piel blanquísima a pesar de lo avanzado del verano, el pelo rizado largo y desordenado, más ancho que largo, la frente perlada de sudor, la mirada errática, una versión de sí mismo pintada por Lucian Freud. Pone el disparador automático en ráfagas y se está absolutamente quieto, con los ojos bien abiertos aunque incapaces de centrar imagen alguna, la ebriedad felizmente recuperada y la boca entreabierta con el labio inferior un poco caído.

Acaba la improvisada sesión exhausto. No sabe muy bien lo que ha hecho, ni el por qué de tal frenesí, pero recoge el equipo automáticamente con la minuciosa precisión del buen profesional.

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