85 Wanda Landowska y Leon Tolstoi

Una de mis hermanas ha dedicado buena parte de su vida a la ayuda humanitaria, viajando con Médicos sin Fronteras por medio mundo y llevando su compromiso hasta la ciudad en la que vive, donde colabora activamente en programas sociales. Sus conciudadanos no son una prioridad, porque ella no distingue fronteras, pero son una realidad. Yo me dedico a la cultura. No hay dos sin tres, todo es importante. Daniel Barenboim hace una extraordinaria labor combinando su compromiso político y social con el arte, con su orquesta de jóvenes palestinos e israelíes.

La cultura es una gran familia, con una tupida red de complejos lazos que nos relacionan unos con otros, salvando distancias y accidentes geográficos, atravesando océanos y cordilleras, superando diferencias tribales, etnias, lenguas, filosofías, profesiones, épocas, gustos, pasiones, amores y desamores. Refuerzan los vínculos probables y hacen posibles los que parecían imposibles; y nos ofrece un lugar, a todos los interesados, para ser arte y parte de algo que tiene que ver con el destino de la humanidad.

Lo mismo sucede con cada una de sus disciplinas: música, literatura, filosofía, mecenazgo, egiptología, pintura, metafísica, ciencia y fotografía. En medio de la multitud sobresalen algunos nombres: Heráclito, Beethoven, Rothko, Llull, Eugenio Trías, Miles Davis, Pablo Picasso y Joan Miró; Parménides, Montaigne, John Lennon y Paul Auster; Vermeer, Khansweiler, Sibelius, Jim Jarsmush y Eric Clapton; Eduardo Chillida, Hannah Arendt, Gabriel García Márquez, Oteiza y Gregory Perelman; Ray Charles y Leonard Cohen; Johan Sebastian Bach, Albert Einstein, Borges, Isaac Albéniz y Richard Wagner, entre muchos otros.

De todos los nombres que acabo de transcribir, de manera automática, no veo que haya el de ningún político. No se me ha ocurrido ninguno. Ahora que lo pienso, hubiera estado bien incluir a Cicerón. En cambio, me han venido a la cabeza multitud de personas anónimas que disfrutan mucho con ellos (me refiero a los creadores, no a los políticos, naturalmente). Siempre he dicho que puede ser tan importante contemplar un cuadro como pintarlo.

Y, enfocando un poco más de cerca a uno de ellos, Isaac Albéniz, y una disciplina, la música, aparece otra intrincada red que sabemos dónde empieza, pero no dónde acaba: Paul Debussy, Darío de Regoyos, Anglada Camarasa, Alicia de Larrocha, Jim Morrison, Blanca Uribe, Ramon Casas, Zuloaga, Paloma O’Shea, Pichot, Luis Fernando Pérez, Rosa Torres-Pardo, Brull, Jacques Stella, Luis Grané, Jorge de Persia, Plácido Domingo, Wolfgang Amadeus Mozart, Fauré, Chausson, Walter Aaron Clark, Pau Casals, Arbós, Von Karajan, un estudiante de música de Kadajistán y Wanda Landowska.

Albéniz, pese a su falta de educación formal, hablaba con fluidez español, francés, inglés, italiano y catalán, sabía algo de alemán y era leído. Su biblioteca incluía novelas de Daudet y Flaubert, los escritos de Berlioz y las obras de Voltaire, Byron, Hugo, Racine, Corneille, Musset, Molière, Balzac, Platón, Louÿs, Maeterlinck, France, Plutarco, Shakespeare, Goethe y Schiller (estos dos últimos en traducción francesa). También leía libros de sus compatriotas, algunos de ellos colaboradores suyos que le escribían dedicatorias en los volúmenes. Rusiñol, Feliu i Codina, Guimerà y Serrano están representados. (Isaac Albéniz, retrato de un romántico, de W.A. Clark).

Detrás de cada uno de estos nombres hay un sentimiento, que es lo único que en realidad importa. Antonio Muñoz Molina, en una entrevista a Pablo Heras-Casado (El País Semanal, 7 de febrero de 2016), explica la emocionante relación entre el director de orquesta y los autores que interpreta:

Dice que lo que más le gusta de la música es su arraigo en la vida y en los mundos reales en los que surgió. Después de dirigir un vendaval de sinfonismo ruso se dio un largo paseo de media noche por San Petersburgo, por las avenidas resplandecientes y desiertas bajo la nieve. La primera vez que estuvo en Viena se internó en un parque tan espeso y grande como un bosque y entendió el sentido de la naturaleza entre exaltado y sombrío de los compositores alemanes. El pulso sincopado de la música americana le da alas en los pies cuando camina una mañana por Nueva York con unas zapatillas de deporte. Después de tantos años estudiando las polifonías italianas fue a Venecia, y al entrar en San Marcos comprendió mejor a Monteverdi y a Gabrieli escuchando la sonoridad de los pasos y de los murmullos bajo aquellas cúpulas de mosaicos, viendo el juego de la luz de las velas en los oros y en los azules. Un día, a la orilla de un lago suizo, oyó unos sonidos de trompas que venían de un bosque, las waldhorns tradicionales de los Alpes: le pareció que sonaban en una de esas brumosas distancias orquestales de Bramhs o Wagner.

Esto es lo que oyen entre líneas los afortunados espectadores que asisten a sus conciertos.

Wanda Landowska es al clavecín lo que Pau Casals es para el violoncello, para entendernos. En esta foto, dedicada a Vicente Alzamora, gran aficionado a la música, aparece nada menos que con León Tolstói, estableciendo un vínculo entre Guerra y Paz y Lavapiés, entre San Petersburgo y Camprodón. Landowska, de paso por Mallorca, tocó el Bechstein de mi abuela Enriqueta (regalo de boda de Francis Money-Coutts, amigo, mecenas y libretista de Albéniz), y lo mismo hizo Pura Lago, una pianista gallega que en 1933 colaboró con Federico García Lorca en el montaje de Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, estrenada el 5 de abril de este año en el Teatro Español de Madrid por el Club Teatral de Cultura, bajo la dirección del propio García Lorca y música de Sacarlatti, ejecutada al piano por ella misma, en directo.

Todo eso es cultura.

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