86 kung fú
Foto Maria Alzamora

Me asomo al pequeño descansillo de la escalera de hierro exterior de mi estudio. Convertí un pajar en ruinas en un lugar de trabajo confortable y práctico. Tiene dos plantas y un patio. Utilizo la inferior como almacén y trabajo en la de arriba. Como siempre, Pizca está en lo alto de la escalera, es una atalaya perfecta para vigilar la calle.

Hace un día magnífico, el sol en marzo tiene una calidad especial.

Me decido y cojo el bastón de madera, Pizca capta al instante el mensaje y baja las escaleras a toda velocidad. Nos dirigimos hacia el camino de Sant Nicolau, una ermita románica del siglo XII. Recorremos un corto trecho de carretera hasta salir del pueblo, pasando por delante de la “Porta d´Ordis”, una escultura de hierro de cuatro metros de altura, y enseguida dejamos el asfalto para enfilar la larga recta inicial del camino. A la derecha hay un campo de fútbol abandonado. Lo que queda de la portería del gol sur me sugiere una buena foto. Recuerdo haberla hecho, sin éxito.

La pista de tierra está en muy buen estado, circulan coches y vehículos agrícolas con regularidad. A mi izquierda hay campos de cebada y de algún otro cereal que desconozco, combinando distintos tonos de verde. También hay alguno estampado con pequeños lunares claros, son campos en barbecho donde crecen estas características flores blancas con un ligero acento violeta. Al otro lado del camino, un bosque de encinas, robles y pinos intenta disimular una fábrica de considerables proporciones, la única que hay en el pueblo.

El camino desciende un tramo, pasa bajo una cúpula formada por un pequeño grupo de árboles en el lindero del bosque y asciende hasta recuperar el nivel anterior. A ambos lados hay ahora campos de cultivo. Delante nuestro el terreno se ondula progresivamente, con un cierto desorden, ahí donde empieza una nueva comarca, la Garrotxa, marcada también por la potente presencia de los Pirineos.

Pienso en varias cosas a la vez. El paisaje cambiante parece alimentar esta dispersión mental.

El paraje ligeramente elevado y despejado en el que me encuentro ahora me serena. Pienso entonces en un episodio de Kung Fu, una serie televisiva de éxito en los años sesenta, con David Carradine de protagonista.

En uno de sus habituales flashbacks perdemos de vista al actor y le vemos representado en un niño-monje, en un lejano monasterio dirigido por un superior ciego que le ha encomendado una misión: llevar una cantidad de dinero a otro monasterio. El trayecto durará varios días y lo hará con un compañero de su edad.

Por el camino se encuentran con un mendigo en dificultades, lo auxilian, juntos atraviesan un río, no recuerdo bien si pagando a un barquero o si el mendigo era el barquero, el caso es que al otro lado del cauce se les revela como lo que realmente es: un bandido.

Regresan a su monasterio apesadumbrados, con las manos vacías, y le relatan al anciano monje lo ocurrido.

“¿Qué habéis aprendido?”

El compañero de nuestro héroe de ficción responde rápido: “No confiar en extraños”.

La respuesta disgusta ostensiblemente al maestro, que lo mira severamente con sus ojos velados.

“Esperar lo inesperado”.

Ésta es la respuesta que recuerdo con nitidez mientras tomo un desvío hacia la derecha, en dirección a una casita de aperos de labranza que parece sacada de una pintura de Regina Saura. Está situada en un alto y no me sorprendería que entre los verdes y los blancos violáceos apareciera alguna que otra letra, sílaba o palabra con las que Regina sazona sus personales composiciones.

Nunca he olvidado esta frase y el contexto en el que el niño la dice.

Esperar lo inesperado es un buen consejo, además de ser la respuesta correcta.

Entro en el bosque, el mismo que he bordeado hace cuarenta minutos, esta vez por el centro. Pierdo de vista el horizonte y el camino empieza a descender suavemente, es más pedregoso pero sigue siendo bueno. Miro con disgusto un pedazo de tapicería de un coche tirado a un lado, despanzurrado, con la gomaespuma sucia asomando entre las costuras rotas. El efecto es orgánico, parecen tripas. Es obsceno.

Esto me anima a abandonar la pista principal y tomo un sendero en dirección al pueblo, a mi derecha, que me lleva hasta un claro en el bosque del tamaño de dos campos de fútbol, sembrado, rodeado de árboles por todas partes. Es un lugar mágico, sobre todo si está bañado por la favorecedora luz de un atardecer soleado de invierno.

Siempre he soñado con plantar en un campo como éste -un paraje natural, íntimo y solitario-, una escultura grande, de dimensiones proporcionadas. Henry Moore solía decir que el único lugar apropiado para sus obras era la naturaleza.

Me pregunto una vez más por qué no hacerlo. Comprar el campo, pedir los permisos, hacer la escultura, preparar los cimientos y trasladar la obra con un camión con pluma que podrá acceder al lugar por el camino que ha diseñado el tractor que trabaja el campo.

“La Casa del Poeta” era mi preferida para estas ensoñaciones, pero ya está realizada y colocada, y no precisamente en un entorno rústico. Está en Salou, en una gran plaza, delante del Ayuntamiento.

Se me ocurren otras muchas opciones, entre ellas otra Casa del Poeta, un antiguo proyecto de principios de los años noventa que tiene una singularidad constructiva: no necesita cimientos. Como las planchas ondulantes de Richard Serra, que están simplemente apoyadas en el suelo.

Salgo de esta ágora natural sin otros límites que los lindes del bosque que lo rodean y asciendo un corto trecho, de nuevo rodeado de encinas y robles. Pizca encuentra distracciones interesantes por doquier, no pierde jamás el entusiasmo.

Nos topamos con una masía abandonada, con un pajar muy grande y otras edificaciones más pequeñas alrededor. Como todas las casas de piedra y tapia en medio de un bosque tiene espacios despejados que la rodean. En uno de ellos se adivina un huerto, en otro una era y, un poco más allá, un camino ancho que debe de dar a la carretera, muy próxima. Es muy bonita, como todas las casas abandonadas en medio de un bosque.

Pasado el recinto en ruinas el sendero casi se pierde, cuesta seguirlo pero también es el tramo más bonito. Tengo que agacharme porque la vegetación lo invade, las ramas de los árboles brotan casi a ras de suelo y dificultan el paso. Me protejo la cabeza con los brazos hasta que se abre de nuevo y atravesamos un pequeño campo de flores blancas, tan abandonado como la casa que acabamos de dejar atrás, en el que hay una pequeña edificación moderna en ruinas. Debe de pertenecer a la fábrica, los árboles impiden que la vea pero la presiento.

Me despido del bosque y voy a parar al camino en buen estado con lo que queda de un campo de fútbol.

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