87 bali

Cuando los ingleses llegaron a Bali intentaron explicar a sus habitantes qué era Arte. Los indígenas escucharon con atención los floridos argumentos de aquellos seres tan evolucionados, capaces de armar formidables naves con las que surcaban el mar mucho más allá del horizonte, donde sólo llega la leyenda. Deliberaron, por tanto, tomándose el asunto con la máxima seriedad. Finalmente, un poco desalentados, respondieron: “Nosotros no tenemos Arte, sólo hacemos las cosas lo mejor posible”.

Hasta hace poco era relativamente fácil definir este concepto, en escenarios más afines, mostrando cerámicas de las Islas Cícladas, arquitectura clásica, retablos medievales, murales renacentistas y esculturas de Henry Moore.

Hoy día, una parte importante del arte contemporáneo (me estoy refiriendo todo el tiempo a las artes plásticas) necesita el apoyo de la palabra para definirse adecuadamente. El discurso es la obra (si no me creéis echadle un vistazo a la Documenta de Kassel o la Bienal de Venecia).

El problema, según lo veo yo, que no entiendo nada de lo que está pasando, es que la obra de arte, como tal, como objeto singular, normalmente es bastante pobre, por lo torpe y apresurado de su factura (donde no hay oficio no hay beneficio, dicen los ancianos), y la filosofía, el misticismo y la retórica que la acompaña no suele ser mucho mejor.

Es un problema, realmente, porque la suma de ambas cosas, objeto y argumento, debería funcionar.

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