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Fragmento de “Cuatro Meninas y el New York Times”

Leo con interés la entrevista a Julian Assange en El País de hoy, domingo 24 de octubre de 2010. Me recuerda un poco a Baltasar Garzón, sin saber muy bien por qué.

Grigori Perelman pensaba que el mundo de la ciencia era un lugar especial, poco contaminado, entre otras cosas porque sus miembros son cuidadosamente seleccionados por sus conocimientos. No puede entrar cualquiera en este selecto club, desde luego. Entender de qué va la conjetura de Poincaré, por ejemplo, es elemental, el primer día de curso se da ya por sabido; otra cosa es resolverla, como hizo él. Supongo que Assange también debió pensar alguna vez que los periodistas eran seres especiales, en una sociedad global muy mal gestionada. No es que sean los “guardianes de la revolución”, pero sí que tienen los instrumentos y la oportunidad (y quizás el deber) de denunciar los excesos de un poder frecuentemente corrupto e inmoral. Hasta que un día se despertó y contempló tan horrorizado como Grisha que la complacencia de la prensa con el poder establecido se podía definir directamente como connivencia, tal es el grado de identificación entre unos y otros.

En el mundo del arte también son frecuentes estos despertares sobresaltados.

No sé cómo es Assange realmente. Lo han acusado de todo lo imaginable; revelar secretos militares no es una buena manera de hacer amigos. Yo no he sido nunca hacker aficionado, ni estoy acusado de acoso sexual (no me he creído una palabra de esta campaña, un clásico de los servicios secretos); tampoco soy exhibicionista ni autoritario, no he tenido nunca la necesidad de huir de sectas religiosas del Medio Oeste americano (parece ser que le pasó a él, en su juventud) y no utilizo emoticonos, a lo mejor esta es la razón por la que nunca he tenido el valor ni los recursos necesarios para enfrentarme con el Sistema en su propio terreno.

Ahora bien, para mí el gran protagonista de esta historia es sin lugar a dudas el soldado Bradley Manning. Assange puede y debe tener su lado oscuro, como todos los señores de una cierta edad, pero el soldado de primera clase Manning no. Parece ser que tuvo serios problemas de identidad sexual, eso sí es verdad, algo relacionado con la transexualidad, que lo perturbaron hasta el punto de provocar algunos incidentes durante su período de formación en el Cuerpo de Marines. En este contexto al Ejército estadounidense, que conocía los hechos, no se le ocurrió otra cosa que destinarlo a Inteligencia Militar y enviarlo a Irak. Una decisión cuanto menos sorprendente. Por sus manos empezó a pasar información reservada de alto voltaje que hirió su sensibilidad, que ya estaba a flor de piel, y tomó la arriesgada decisión de hacerla pública, con la esperanza de que de esta manera se frenaría aquella barbarie consentida.

Era información muy vulnerable. Y, bueno, se la mandé a Wikileaks. Dios sabe lo que sucederá a partir de ahora. Espero que haya una gran discusión mundial, debates, reformas. Si no es así, estamos condenados como especie.

Quiero que la gente vea la verdad, independientemente de quiénes sean, porque sin información no podemos tomar decisiones serias como ciudadanos. Si hubiera sabido hace tiempo lo que sé ahora …

En sus conversaciones con el legendario y enigmático hacker Adrian Lamo se muestra frustrado, desengañado y resentido con el Ejército, su país y la religión. A mí me inspira una enorme ternura el soldado Manning, con sus vacilaciones, desengaños y fragilidades (… o a lo mejor sólo soy joven, inocente y estúpido …), por otro lado propias de un joven que apenas ha superado los veinte años y se hace preguntas.

Ahora, a finales de 2016, acabo de completar este trío de héroes norteamericanos. El tercero es, naturalmente, Edward Snowden. Acabo de ver la película de Oliver Stone que lleva su nombre. Es estremecedora y, al mismo tiempo, es bella, porque narra la aventura de un joven valeroso.

Es muy interesante la reflexión que hacen Assange, Manning y Snowden sobre el patriotismo, este nacionalismo tóxico (lo hay benigno, pero entonces es pastoril y, por lo tanto, inofensivo) que pretende justificar lo injustificable.

La película es bella porque Oliver Stone desaparece de la pantalla, cediendo todo el protagonismo a la historia que quiere contar. Spielberg, por ejemplo, esto no lo sabe hacer, siempre hay un momento en el que aparece él y la magia se desvanece. Jordi Esteva es otro ejemplo de cineasta que sabe eclipsarse cuando el guión lo exige. Almodóvar, no. El milagro creativo sucede cuando el autor desaparece, entonces la película deja de ser ficción para convertirse en parte de la realidad que nos envuelve.

Me gustaría no quedarme con lo obvio: lo poco ético que resulta espiar a todo el mundo, literalmente, con la excusa de la Seguridad Nacional. Es políticamente correcto expresarse así, desde luego, pero Obama lo hizo antes de ser Presidente y se desdijo cuando asumió el cargo de Comandante Supremo.

El enemigo, como en las películas de James Bond, es una organización a escala mundial que lleva el nombre de Control.

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