97 césar pelli
Mujer sentada en una sala del MoMA, mirando el Vir Heroicus Sublimis de Barnett Newman

Ha sido un viaje lleno de contrastes. He descubierto, por ejemplo, que me gusta más la Torre Iberdrola que el Guggenheim de Bilbao, que comparten el mismo rincón de la ría. Preferiría que la primera se llamara Itsasargi Bilbon (algo así como Faro de Bilbao), para que perdiera ese tono liberal que me hace pensar en que al menos una silla del vestíbulo la he pagado yo, y que el segundo no llevara un nombre de franquicia que lo asimila indefectiblemente al Carrefour; pero en fin, el primero es una escultura minimalista de un arquitecto argentino llamado César Pelli que, como buena escultura, tiene distintas lecturas según le vas dando la vuelta. Ahora te parece de base elíptica, con dos aristas enfrentadas, y un poco más allá crees que es triangular, para acabar pensando que sin duda es cuadrangular. En todos los casos es esbelta y bella, elegante sin afectación, en las antípodas del Guggenheim, una obra apabullante por fuera y caótica por dentro.

Lo que íbamos a ver era una exposición temporal de expresionistas abstractos americanos, que tanto nos han influido a todos los que nos dedicanos a esto. Sin embargo, lo más interesante fue lo que ya estaba allí, antes del desembarco de la Escuela de NY. Excepto Arshile Gorky y Rothko (y algunas cosas más que ahora no recuerdo, como dos pequeños de Kooning), y ante las ausencias sonadas de Rauschenberg y Jasper Johns, por ejemplo, los grandes formatos de Barnett Newman, Sam Francis y Clyfford Still me parecieron innecesariamente grandes. En ningún caso podían competir con el inmenso Rauschenberg que hay junto a un Warhol igualmente enorme, en una sala de la colección permanente (bueno, no sé si lo es, pero hace seis meses estaban en el mismo lugar), o el níveo Tàpies blanco que acompaña a un Klein que me gusta más de lo que me suele gustar este artista.

De la confrontación sale victorioso el equipo de casa: Chillida y Oteiza, con unas obras absolutamente maravillosas, cargadas de emoción y metafísica, de la buena, de la que se entiende sin necesidad de articular largos discursos.

Podría seguir analizando la eterna cuestión entre lo publicitado y lo real, pero los gestores del Guggenheim tuvieron suerte porque no pudimos entrar en el Museo de Bellas Artes, a cuatro pasos del Itsasargi Bilbon, porque cierra los martes. Si no, me temo que mis preferencias se decantarían por este museo de aspecto amable y refinado.

Volveré para verlo.

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