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Homenaje a Isaac Albéniz y Alicia de Larrocha / L’Auditori, Barcelona / Foto Maria Alzamora

Esta mañana me he despertado con la triste noticia de la muerte de Lucía, una íntima amiga de mis padres. Con ella, la última del “grupo de Vilasar”, se alejan más y más mis padres de nuestro escenario cotidiano (ellos fallecieron hace siete años, con tres meses de diferencia entre uno y otro). Mientras trataba de asimilar esta noticia (si alguien sabe cómo se hace eso que me lo diga, por favor), me he tropezado navegando por internet con dos fotos en las que sale mi padre. Impecable, encorbatado, con su traje de verano de color claro, tirando a beige; elegante y seductor, a pesar de frisar los noventa años.

En el centro de la imagen está Alicia de Larrocha, sentada al lado de mi padre, acariciando la mejilla de Rosa Torres-Pardo, que se inclina solícita hacia ella. Las dos sonríen. Acaban de recibir las dos primeras Medallas Albéniz, que el Festival Isaac Albéniz de Camprodón otorga cada año a un intérprete capaz de tocar con solvencia la Suite Iberia para piano, completa. La Integral. Desde entonces ha habido otras, pero aquella primera vez, en la que Alicia no tocó y lo hizo Rosa, no en su lugar, sino en el suyo propio, como parece decirle la vieja dama de la música española, fue especial.

He clicado un like al recuerdo de Rosa y he escrito un sucinto “Emocionante!” debajo. Luego, he salido a pasear con Molly por los alrededores de mi estudio ampurdanés y he escrito estas líneas.

Quiso el azar que Alicia de Larrocha y mi padre murieran durante la celebración del “Año Albéniz”. Alicia en 2009, centenario de la muerte del músico catalán, y mi padre en 2010, en el ciento cincuenta aniversario de su nacimiento. Al verlos juntos, en el Monestir de Sant Pere de Camprodon, casi nonagenarios, con Rosa delante y José de Eusebio en la bancada de detrás, me vino a la cabeza la nota que mi padre envió a La Vanguardia cuando se enteró de la muerte de Alicia:

Quisiera expresar públicamente mi admiración y mi más profundo agradecimiento a Alicia de Larrocha, la extraordinaria artista que acaba de dejarnos, como uno más de sus múltiples admiradores y también como nieto de Isaac Albéniz. Nuestra familia siempre ha sido consciente de que, sin ninguna duda, la música “del abuelo” tuvo en Alicia a su mejor embajadora por el mundo. Tengo noventa y seis años y recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Alicia tenía entonces diez años y vino a tocar el piano a casa de mi abuela Rosina, en la torre de la Avenida Tibidabo donde vivió con su hija Laura después de la muerte de su marido. Estuvo maravillosa.

¡Ha pasado casi un siglo entre aquella primera audición y este encuentro en Camprodón!

Tuve el placer de oír de nuevo a Rosa tocando varios cuadernos de la Suite Iberia el 19 de mayo de 2009, después de un emotivo acto en el cementerio de Montjuïc, con motivo del centenario. En aquella ocasión yo tomé el relevo de mi padre (no pudo asistir debido a su delicado estado de salud) para representar a la familia en la ofrenda floral protocolaria y le pedí a Rosa que me acompañara, porque la familia Albéniz está incompleta sin los músicos. Ni a ella ni a mi se nos escapó que si hubieran estado presentes Alicia y mi padre les hubiera correspondido a ellos depositar el ramo de flores a los pies de la tumba de “el abuelo”.

Ese día, querida Rosa, ambos ejercimos de biznietos.

La segunda parte del recorrido transcurre por el bosque, y Molly y yo agradecemos su sombra. Hace mucho calor. Joan Miró decía que colectivamente era muy pesimista, pero que individualmente se consideraba optimista. Me lo refirió su nieto David hace décadas y nunca lo he olvidado.

En una película de Sidney Poitier (no recuerdo ni su título ni su argumento), el personaje que interpreta, a punto de acostarse con una mujer, arrodillado encima de la cama, frente a ella, le dice algo sorprendente: “La cuestión es si la Humanidad será juzgada colectivamente o individualmente”. Más o menos lo que decía Miró. No sé si yo seria capaz de incluir esta frase en los prolegómenos de una relación sexual, creo que no, hay que ser Poitier para que eso funcione. Todo esto viene a cuento porque el Año Albéniz fue un desastre, desde el punto de vista institucional, como lo fue también el dedicado a Granados, el año pasado. No sabemos lo que tenemos. Es un clásico.

En cambio, individualmente fue un gran éxito, gracias a los músicos y a unas cuantas instituciones privadas que celebraron con alegría el cumpleaños de unos colegas por los que sienten un gran cariño y un enorme respeto.

Siento insistir en ello, pero las frases me salen solas: colectivamente somos un país pequeño y acomplejado, ávidos consumidores de cultura extranjera, pero individualmente somos grandes. En fin, tú lo eres, Rosa. Y por supuesto lo fue Alicia. Y Albéniz, que nunca fue profeta en su tierra (llamaba a su país “morena ingrata”).

“Sombrío” viene de sombra, ¿no? Salimos del bosque y el sol acaricia nuestra piel; los campos amarillean ya, a punto de entrar en junio.

Casualmente, estos días estoy trabajando mi manuscrito sobre Albéniz y he encontrado en una biografía que escribió su sobrino Víctor, hijo de su hermana Clementina, médico y periodista, que lo asistió en sus últimos días en Cambó les Bains, un párrafo magnífico en el que el enfermo le propone a su amigo Enrique Granados hacer algo juntos. Estoy deseando llegar al estudio para leerlo de nuevo.

– ¿Por qué no vamos pensando en hacer algo los dos juntos? Tu arte y el mío, lejos de repugnarse, se orientan, saben, “huelen” a lo mismo: a España. Podíamos hacer los dos una rapsodia teatral, mitad ópera, mitad ballet, mitad concierto y mitad gran espectáculo plástico, y ¡ya ves que son cuatro mitades!, para pasear por el mundo toda la gracia, la sal, la emoción, el color, el sabor y la palpitante vital armonía de “mi morena”. Con tus Danzas, con algunos trozos de mis Chants d’Espagne, de la Suite Espagnole y, sobre todo, de Iberia, todo ello ligado por un libro tan breve como escueto y profundo, y aderezado con algunos buenos telones de los que podría encargarse el maravilloso “Néstor”, con la ayuda eficaz de Ramón Casas, podría resultar algo digno de nosotros, del empeño y, sobre todo, de “mi morena”. ¡Qué gusto poderla presentar al mundo tal cual es en esos aspectos, sin mugre artística, sin romanzas de sopranos ligeras, sin dúos cómicos de tenorinos y rabisalseras tiples cómicas, sin personajes femeninos con navaja en la liga, ni fiestas de toros para los alardes tenoriescos de Escamillos bizetianos! Sería algo definitivo. ¡Anímate, Enrique!

Su entusiasmo, teniendo en cuenta que apenas le quedaba un hilo de vida, es enternecedor.

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