99 manolo

Conocí mucho a Albéniz y le contaré mi primera entrevista con él porque demuestra que Albéniz era un gran señor. Me recomendó Déodat de Séverac y fui a llamar al chalet que tenía en la calle Franklin. Mi intención era, naturalmente, pedirle algún dinero. Antes de ir hacia allí hice unos números de una lotería hipotética. Cuando sonó la campanilla, mis ideas eran perfectamente claras: “Le pedirás -me decía- veinte francos, ni uno más, ni uno menos”. Albéniz me recibió con los brazos abiertos y antes de dejarme hablar me dijo que me conocía de nombre, que me estimaba mucho y que Séverac le había hablado largamente de mí. Mentalmente ajusté su cordialidad a mis ideas. Me dije: “Le pedirás cuarenta francos”.

Seguidamente le expliqué el motivo de la visita.

“He hecho -le dije- una copia del San Juan de Rodin que está en el Luxemburgo. El modelo es precioso; la copia, modestia aparte, etc etc (…)”. En esas llegaron la señora y las hijas de Albéniz. Me las presentó encantado. Yo pensé, después de haber hecho el mismo cálculo que antes: “Le pedirás sesenta francos…”.

Hechos los cumplidos, casi me mandó que me quedase a cenar. Acepté en el acto, diciéndome: “Le pedirás ochenta francos…”.

La cena estuvo muy bien y después de haber cenado se sentó al piano y empezó a hacer música. Tocó muchos fragmentos de Pepita Jiménez, que entonces estaba a punto de estrenarse en la Moneda de Bruselas. En el momento de empezar la sesión me esforcé para ver panorámicamente la situación, la juzgué excelente y pensé, mientras encendía un gran cigarro: “Le pedirás cien francos…”.

Pero la velada se alargó. A las dos aún estaba frente al piano. Esta persistencia me obligó a ver las cosas desde otro punto de vista. Me pareció que Albéniz había encontrado, con el concierto magnífico que me estaba ofreciendo, una manera diplomática para decirme que a sus amigos no les daba dinero, sino música en abundancia. Se me cayeron las alas del corazón y se hundió mi sueño dorado. Terminado el concierto -era de madrugada- nos despedimos, salimos al jardín y me abrió la puerta que daba a la calle. En el momento de estrecharme la mano me dio un sobre cerrado. Dentro encontré doscientos francos.

Vida de Manolo contada per ell mateix / Josep Pla

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