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Foto Maria Alzamora

La descripción de un paisaje algunas veces es mejor que su contemplación directa. Si el día era soleado y la luz nítida, si las montañas nevadas del Pirineo parecían más próximas y el mar al comienzo del atardecer era de color azul turquesa y las grandes piedras del muelle griego de Ampurias de un pardo claro cálido, tendemos a olvidar que también hacía bastante frío y que, como de costumbre, no íbamos suficientemente abrigados. En la evocación posterior, convenientemente protegidos del viento, obviamos estas pequeñas incomodidades.

Sin embargo, con una frecuencia abrumadora pasa exactamente lo contrario: la realidad está muy por encima de su descripción, quedando en evidencia no sólo las limitaciones creativas del autor sino también algún que otro problema personal, como la incapacidad de disfrutar plenamente del presente como no sea proyectándolo hacia un tercero, en este caso a través de una hoja de papel mecanografiada convertida en documento notarial que da fe de lo estupendo que fue este día soleado de invierno. Pero es que el arte tiene eso: la necesidad de explicarse, como si el mero hecho de existir no fuera suficiente.

Siempre he pensado que se crea por defecto, no por virtud.

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