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Foto Maria Alzamora

(El primer párrafo es de un texto ya publicado)

Que la Menina engancha es una realidad (¡que se lo pregunten a Picasso!). Yo simplemente me he dejado llevar por su estela. Me he mantenido en ella mucho más tiempo de lo normal porque me alejé de la fuente: Las Meninas, de Velázquez. Como todos empecé ahí, en este espacio con “el aire de más calidad del mundo”, como decía Dalí. Al cabo de un cierto tiempo (Picasso tardó 58 cuadros) acepté la velada invitación del personaje de la puerta entreabierta del fondo de la composición y salí al exterior. Allí me di cuenta, mirando a mi alrededor, que el miriñaque era la moda de la época, la mayor parte de las mujeres de la corte con las que me crucé lo usaban. Descubrí una silueta femenina cuadrada, cuando lo normal al dibujar una figura antropomórfica es coger un formato alargado, vertical. Con este material transformé la figura y en este patio trasero del cuadro de Velázquez creé mi propia versión del personaje.

Creo que la primera persona con la que me crucé, en el claustro ajardinado al que se llegaba por la puerta trasera del cuadro, fue la propia Margarita de Austria, con catorce años, pintada por Juan Bautista Martínez del Mazo, yerno de Velázquez. Me impresionó el vuelo de la falda, más Menina que nunca. A partir de este momento cualquier figura femenina ataviada con este extraordinario traje, más parecido a una armadura que a un vestido (las caderas sobredimensionadas nos remiten de alguna manera a antiguas representaciones de diosas de la fertilidad), ha acabado convirtiéndose en un potente icono de la feminidad.

Ha ayudado mucho que el término “Menina” haya hecho fortuna, porque es una palabra bonita y ha acabado representando todo esto que acabo de explicar, alejándose más y más de su significado original: una palabra portuguesa, sinónimo de niña, que se usaba en el entorno doméstico de la Casa Real para nombrar a las damas de compañía de las Infantas. No sé si lo he explicado bien, pero por ahí iba la cosa.

La pintura de Velázquez data de 1656 y su primer título (de catalogación) aparece diez años más tarde: Retrato de la señora emperatriz con sus damas y una enana. Literal, el encargado del inventario. Cien años más tarde aparece su nombre oficial: La familia de Felipe IV, hasta que en 1843 un iluminado decide catalogarlo con este título: Las Meninas. Tiene mérito.

Tiene mucho mérito. Hay pintores de un solo cuadro, como Munch, escritores de un solo libro, como Harry Thomson (Hacia los confines del mundo), músicos de un solo tema, actores con un solo papel protagonista destacable, escultores con una sola escultura digna de tal nombre (el más notable, para mí, es desconocido: el autor del monolito de 2001: Una odisea del espacio, la película de Stanley Kubrick); pues bien, hay también un autor que ha creado un mito con una sola palabra, precedida de un artículo.

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