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París, 1960. El periodista va impecablemente vestido, a juego con el salón del Hotel George V en el que se desarrolla la entrevista. Frente a él, al otro lado de una mesita con un juego de café de porcelana blanca, está Orson Welles, un hombre del que nunca diría si va bien o mal vestido.

– Quería preguntarle si alguna vez contrató a algún amigo en lugar de la persona adecuada para un papel.

– Frecuentemente.

– ¿Lo lamentó?

– Frecuentemente.

– ¿Volvería a hacerlo?

– Sí – Hace una pausa – Porque no considero que el arte sea lo más importante. Ya le dije que prefiero cualquier otra forma de lealtad en la vida que el arte.

Llevan un buen rato hablando. Welles fuma un puro que se le apaga con frecuencia, lo que le obliga a coger la caja de cerillas, encender una, pasarla por el extremo apagado, llevárselo a la boca en el momento exacto e inhalar con delicadeza. El habano le hace compañía, además de proporcionarle placer y una ración moderada de un narcótico llamado nicotina. Su entrevistador, una elaborada combinación de Edward Murrow (“Good Night, and Good Luck”) e Iñaki Gabilondo, fuma cigarrillos.

– Odio la concepción romántica sobre los artistas que están por encima de todo lo demás. Sin duda la amistad es más importante que mi arte.

Da la sensación de que el periodista ha controlado bastante bien la situación hasta este momento. Incluso se ha permitido disentir sobre algunas de las opiniones de su formidable interlocutor, en un intento desesperado por mantenerse a su altura, pero ahora el rumbo de la conversación le desconcierta. No se atreve ni a disentir. Ha preparado la entrevista a conciencia. Orson Welles es el Gran Outsider, el hombre de las Mejores Películas de la Historia del Cine que no consigue financiación para terminar su Don Quijote; pero, sobre todas las cosas, para este periodista con pretensiones de intelectual es el artista que firmó Ciudadano Kane a los veinticinco años.

– Tengo un gran respeto por la gente que sí aprecia su arte de esta manera – El actor, generoso, trata de ayudarle – Y creo que ellos son, probablemente, los artistas más valiosos. De modo que no defino cómo debería ser un artista, sólo hablo del tipo de artista que soy yo.

– Bueno. ¿Es feliz en estas condiciones? ¿Le gustaría ser la clase de artista que son ellos?

– No, no, no. Para nada, porque en realidad no me considero a mí mismo como un profesional. Soy, básicamente, un aventurero. Y la gente que sí es seria y que es profesional, que es profundamente seria a expensas de cualquier otro valor en la vida, es quizás la gente que hace las mayores aportaciones al arte. Yo no quisiera ser uno de ellos.

Yo, modestamente, tampoco. Hace unos años la crítica e historiadora de arte Mª Lluïsa Borrás me hizo una entrevista y me planteó una cuestión parecida. Le respondí que para mí la palabra “artista” es un adjetivo calificativo, de manera que aplicarla a uno mismo es como si me preguntaran a qué me dedico y respondiera: “Soy estupendo”. Le encantó la respuesta, que resaltó.

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