los-artistas

En Baltimore, en 1994, Teresa y yo conocimos a una pareja encantadora que hacían bueno un viejo aforismo inglés que dice que “para resultar interesante hay que estar interesado”. Ella era aficionada al arte y nos acompañó a visitar el Baltimore Museum of Art, donde había una extraordinaria exposición de impresionistas norteamericanos, con obras de Mary Cassatt y John Singer Sargent, que me recordó un poco a Ramon Casas, en el mejor sentido, al frente. Durante la comida nos explicó cómo conoció a su marido y lo rápido que congeniaron. Nos dijo que tardó sólo media hora en enamorarse, a pesar de venir de un divorcio traumático. Siempre me ha sorprendido la liberalidad con la que algunos americanos hablan de las cosas más íntimas delante de desconocidos.

Dos días más tarde salí en moto con él. Era un loco de las dos ruedas y tenía una pequeña colección de máquinas de carretera y off road. Me dejó una preciosa Seven Fifty (una Honda 750 de corte clásico y buenas prestaciones) y él cogió para la ocasión una impresionante Ducati 916. El día era radiante, las carreteras bellísimas, la primavera exultante y la sensación de circular por aquellas tierras embriagadora. Tengo tanta información sobre aquella cultura que me es difícil sustraerme a su embrujo y, una y otra vez, me siento protagonizando una película indie de bajo presupuesto (son las mejores). Paramos a comer y una mujer joven, rubia, uniformada, que seguramente se llamaba Peggy Sue, nos sirvió unas hamburguesas memorables.

Mi nuevo amigo me habló, cómo no, de su mujer, de lo rápido que se enamoraron. “La vi entrar en mi despacho y supe que era ella”. Aunque ya había visto la película le escuché con atención y me sorprendió agradablemente las notables diferencias que había en las dos versiones, la filmada por ella y la que llevaba su firma. Lo único que no variaba era el escenario: un despacho de abogado y una cliente en proceso de divorcio con un problema patrimonial.

Aquella historia de amor narrada a cuatro manos se quedó dando vueltas por mi cabeza hasta que, un par de años más tarde, salió expulsada en forma de un cuento que presenté a un concurso que organiza cada año un grupo de amigos de Barcelona aficionados a la Novela Negra. No había participado nunca, porque no suelo leer novelas de este género, pero me sedujo la idea de escribir una historia de amor, en oposición a los sórdidos crímenes, perpetrados por sofisticados asesinos, que a buen seguro presentarían la mayoría de los concursantes. Lo único que respeté, para ceñirme a las bases de la convocatoria, fue la escenografía, sacada directamente de las novelas de Hammett y Chandler.

Me sentía en deuda con Baltimore, así que me tomé la molestia de traducirlo al inglés (On any day, anything can happen) y se lo envié por mail a nuestros amigos, advirtiéndoles que ellos habían puesto una semilla, pero que yo me había tomado todas las licencias, por lo que cualquier parecido con la realidad sería pura coincidencia.

Luego nos enteramos por un amigo común que el cuento les había gustado tanto que poco a poco habían ido adaptado sus versiones a la mía, escrita al otro lado del Océano, hasta construir entre todos una sola historia. Me hizo gracia, claro, pero más tarde lo lamenté, porque seguramente por el camino se quedaron un buen número de matices, y a mí me gustan mucho los matices.

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