un verano con monica 36
“Un verano con Mónica”, Ingmar Bergman, 1953.

En el funeral de mi madre me encontré con bastante gente a la que no veía hacía muchos años. Suele pasar, sobre todo cuando los fallecidos tienen una edad muy avanzada; de una manera un tanto desordenada se congregan en su despedida testigos de varias generaciones que cubren este largo período. Mi madre acababa de cumplir 91 años y mi padre, fallecido sólo doce semanas antes, llegó hasta los 96.

Me sorprendió mucho ver a una amiga con la que había perdido el contacto en la adolescencia, allá por los años sesenta. Me explicó que le impresionó que hubiese perdido a los dos en un intervalo de tiempo tan corto y esta circunstancia, unida a una amiga común, con la que sí mantengo el contacto, fue la razón por la que se acercó al tanatorio para darme el pésame. Tuvieron que presentármela de nuevo, aunque juré que la hubiera reconocido en cualquier parte. A veces miento con una soltura que me da miedo. Y eso que tenía buenos motivos para acordarme de ella, fue la primera chica a la que besé.

Era del grupo, como solíamos decir entonces, en un pueblo de veraneo que parecía que sólo existía en verano. Los sábados por la noche había verbena en el Campo de Deportes, con música en directo. Ahí vivimos muchos las primeras emociones sentimentales y sexuales, las miradas intencionadas y los bailes agarrados; ahí escuché por primera vez Satisfaction, de los Rollings Stones, recién salido al mercado. Era 1965 y yo tenía quince años recién cumplidos.

Apenas la sacaba a bailar. Ella me miraba un poco extrañada, porque cuando decía que tenía que irse, siempre demasiado pronto, porque su padre era muy estricto, la acompañaba hasta su casa. Antes de llegar nos íbamos a un descampado y allí, con la espalda contra la pared de una casa en construcción, nos besábamos con más afición que pericia. No acabábamos de encontrar la manera, nuestros dientes se interponían entorpeciendo el baile de las lenguas, que no sabíamos utilizar; los labios sí parecían encajar, pero era bastante más complicado de lo que imaginábamos. De todas formas insistíamos, sabíamos que ahí había algo bueno, aunque nos costara tanto encontrarlo. Después de un prolongado forcejeo, intenso y apasionado, ella entraba en su casa, veía encenderse la luz, a veces me llegaban voces, y yo volvía a la verbena andando despacio, entre sombras, de farola en farola, un poco encorvado, con dolor abdominal. Nunca se lo expliqué a mis amigos, creo que me avergonzaba de ella.

Sábado tras sábado se repetía el mismo protocolo, yo apenas la miraba cuando había gente y luego, en la oscuridad del descampado, cerca de su casa, nos besábamos durante largo rato.

Entre semana tampoco le demostraba interés, ni en público ni en privado, hasta que un día, en la playa, me lo echó en cara. No supe qué decir. No lo recuerdo con exactitud pero creo que a mí me gustaba más la que nos gustaba a todos. Estaba cometiendo un gran error (uno más de una ristra interminable, a veces pienso que me gustaría volver a vivir la adolescencia para tomar las decisiones correctas); ella era muy atractiva y yo no tenía motivos para sentirme superior comparándola con otra chica que no tenía más virtudes que ella. Más bien todo lo contrario. Además, yo tampoco era popular (quiero decir que estaba lejos de ser el chico por el que ellas suspiraban) y, como pasa siempre a estas edades, mi compañera de descampados nocturnos tenía una madurez muy superior a la mía. La recuerdo intentando comprender la situación con una mezcla de incredulidad y algo parecido a la experiencia, lo cual resultaba extraño, porque éramos unos críos. Pero hay algo atávico en las chicas de esta edad, una sabiduría genética, natural, nada impostada, algo que nosotros no entendemos.

Me comportaba como un imbécil, para expresarlo con claridad.

Pero esto es precisamente lo que era: un imbécil imberbe y poco inteligente, acomplejado, con una inseguridad patológica, aterrorizado ante lo que se me venía encima: sexo, amor y compromiso, no sé en qué orden.

Tuve todo esto muy presente mientras hablábamos de amigos comunes que se habían convertido en perfectos desconocidos y, al mismo tiempo, la miraba con atención, intentando adivinar si ella lo recordaba tan bien como yo, porque en su presencia me sentí de nuevo inseguro, acomplejado y tonto.

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