Ordis 1979 II (copia)
Foto Eva Brunner

Tengo que viajar con frecuencia por motivos de trabajo, pero cada vez más prefiero el “viaje interior” que practico diariamente en el estudio. Soy pintor y escultor. He cruzado el Atlántico varias veces y he estado en la India, posiblemente mi viaje más intenso. Aunque el más largo, creo, fue el de Argentina. Pero no, el más largo y más intenso es el que realicé con Mercedes en 1978. Este largo viaje, de apenas unos pocos cientos de kilómetros, duró más o menos un año y me marcó para siempre.

Hacía poco que había dejado la Universidad, abandonando una carrera que no me interesaba nada (empecé Ciencias Económicas porque me pareció accesible, no recuerdo que hubiese otra razón), aunque sólo me quedaba un año para acabarla, y hacía unos meses que había hecho mi primera exposición de pintura, con un resultado discreto, de acuerdo con mis limitaciones técnicas y también con todas mis dudas, tanto profesionales como existenciales. No tenía ni idea de qué hacer con mi vida. No quería ser artista (nunca me ha gustado el mundo del arte, aunque sospecho que en aquella época lo que de verdad no me gustaba era el mundo, en general), me sentía aprisionado por unos estudios técnicos cuyo futuro era demasiado predecible y detestaba la ciudad, pero no sabía cómo salir de ella.

Supongo que mi discurso era prolijo y confuso, demasiado juvenil para los veintiséis años que tenía entonces. Los diecinueve de Mercedes, en cambio, fueron mucho más resolutivos. Me tendió la mano y me sacó de Barcelona, llevándome a una modesta casa que tenía alquilada en un pequeño pueblo del Berguedà, en el interior de la provincia, camino del Pirineo. En una zona montañosa, poblada de bosques de pino rojo y roble, dominada por el formidable macizo del Pedraforca, con muy poco dinero y mucha ilusión nos lanzamos a un viaje imposible y conmovedor.

Recuerdo un frío pavoroso en invierno, y sólo teníamos una chimenea para combatirlo. Pasábamos los días dando interminables paseos por el bosque; recogíamos leña; me mostró una gran roca con una vista magnífica y yo le hice un anillo con una ramita recogida del suelo, trenzándola, que llevó mucho más tiempo del que creí que aguantaría.

Leíamos a Cortázar y a Sábato, escuchábamos a Bob Dylan, a Leonard Cohen y a todos los que estuvieron en Woodstock. Nos gustaban mucho las películas de Eric Rohmer. Yo dibujaba al caer la tarde, reclinado en un colchón, junto a la chimenea.

Cuando nos quedábamos sin dinero bajábamos a Barcelona. Yo intentaba vender aquellos dibujos y pintaba en un estudio prestado, mientras ella trabajaba en el taller artesanal de un amigo suyo donde hacía pequeñas cajas de madera con marquetería y caballetes en miniatura para colocar fotos enmarcadas. Nuestro único objetivo era reunir un poco de dinero y volver al bosque y a nuestras lecturas vespertinas.

Luego, yo eché de menos el mar y salimos a buscar una casa a medio camino entre sus montañas y mi mar. No sé muy bien cómo aterrizamos en una masía en La Garrotxa, no demasiado lejos de la bahía de Rosas, donde vivía una pareja muy singular dedicada a la cría de cabras y la fabricación artesanal de quesos. Eran “refugiados urbanos”, como nosotros; creo que provenían del cinturón industrial de Badalona. Se habían casado hacía poco para poder comprar sus primeros animales. Recuerdo también a una pareja de amigos suyos formada por un inglés bastante excéntrico, alto, extremadamente delgado, de barba rizada de varios colores y pelo largo y lacio sujetado con una cinta, y una fornida australiana, muy rubia, que levantaban una cerca para las cabras en algún lugar cercano. Ella llevaba la voz cantante, se notaba que había crecido en una granja de amplios horizontes y tierra roja.

A través de este extraño grupo encontramos la que fue nuestra casa durante un año, hasta que se agotó nuestra relación. También estaba en mitad de la montaña, solitaria, en un recodo de un camino de tierra empinado. No tenía agua corriente; nos abastecíamos desde el exterior, donde instalamos un gran bidón de chapa ondulada que recogía el agua por medio de una larga manguera desde una fuente natural cercana. Tampoco había electricidad y tuvimos que vallar la era porque las vacas del propietario tenían por costumbre invadirla para lamer la sal que les dejaban sobre unas rocas.

Trabajamos mucho en esta casa, a cambio de un alquiler simbólico. Aislados, apenas recibíamos visitas. Tampoco teníamos dónde albergarlas. Recogíamos piedras de los alrededores y con ellas levantamos una pared divisoria que separaba el pequeño vestíbulo de la entrada de la gran sala que ocupaba casi toda la planta. Desde este recibidor descendía una bonita escalera de piedra hacia las habitaciones y las cuadras, situadas en un nivel inferior, ya que la casa estaba apoyada en una ladera, con la entrada principal en la parte alta. También tapiamos una puerta que daba acceso a las cuadras, pues esta parte de la propiedad no formaba parte del contrato verbal de arrendamiento y seguía siendo utilizada por el ganado.

Debido a la falta de electricidad hacíamos la mezcla de portland, cal, arena y agua con una azada. La sala estaba dominada por una larga mesa, la mesa plegable de Mercedes, aquella con la que había vendido artesanía en mercadillos. Un camping gas, para cocinar lo imprescindible, luz también de gas, que racionábamos, una chimenea de piedra enorme, magnífica, habitable, con banco de madera en su interior, y abundante provisión de leña que nos dejó el antiguo arrendatario.

Vale la pena detenerse un instante para contar la historia de este hombre.

Vivía en unas condiciones muy primitivas. Sólo había que ver la casa, aunque era muy bonita estaba casi en ruinas; ni siquiera tenía un servicio donde aliviarse con un mínimo de higiene e intimidad. Solitario, prácticamente indigente, tenía unas pocas vacas propias y cuidaba de las del “amo”, además de cultivar cereal en dos o tres campos próximos a la casa. Parece ser que en las raras ocasiones en que bajaba al pueblo, distante unos cinco kilómetros, que luego había que subir andando, bebía bastante, sobre todo si se celebraba alguna fiesta.

Nos contaron que era diabético, que se hizo una fea herida en una pierna que no supo curar (acabó perdiéndola; esta fue la razón por la que dejó la casa) y que lo encontraron agonizando, dejándose morir sin más compañía que la de sus perros. Lo trasladaron urgentemente al hospital comarcal, donde lo metieron a toda prisa en una pequeñísima habitación blanca a la que se accedía apretando un botón luminoso. Asombrado, pudo ver cómo las puertas se abrían solas. Miró a su alrededor, desconcertado, ignorante de cualquier tipo de automatismos, buscando una explicación lógica, olvidando por un instante el dolor brutal que le subía desde la pierna y que la morfina apenas alcanzaba a disimular.

Todo aquello le pareció cosa de magia. Interruptores luminosos, puertas que se abrían solas y hombres de blanco que se manejaban con soltura. Sospechó que alguien a quien no veía accionaba algún tipo de palanca; pero cuando, al cabo de unos segundos, las puertas se volvieron a abrir… ¡estaban en otro lugar!

Se llevó un susto de muerte.

Nunca había visto ni oído hablar de un ascensor.

A mí estas historias me fascinaban. Aquélla era su casa y la leña que nosotros quemábamos la había recogido él. Se me hacía difícil comprender cómo pueden coexistir grados tan distintos de civilización en un mismo espacio geográfico. Deseé ser escritor para contar historias como ésta, en la que un simple ascensor puede convertirse en un instrumento terrorífico capaz de colocar al hombre frente a lo que más teme: lo inexplicable. Cortázar lo hubiera bordado, sin duda.

Recuerdo que la habitación donde dormíamos tenía una ventana pequeña desde la que, por las mañanas, muy temprano, era frecuente ver el valle cubierto de nubes mientras en nuestra colina lucía el sol. Y que nos lavábamos como en los cuadros de los impresionistas, sobre todo de Bonnard, con un barreño grande en el suelo y una esponja, cerca del fuego. Parece increíble pero se podía vivir así. Esta sensación no me ha abandonado nunca. He cambiado, me he creado muchas necesidades, pero en el fondo de mi corazón sé que se puede vivir de otra manera. De aquella manera. Una luz vacilante en una pequeña ventana de una casa perdida en el monte es sinónimo de vida. Algo tan sencillo como esto aprendí entonces.

Aquel año cambió mi vida.

Supongo que no podía durar, había que reciclarse de alguna manera, prescindir de algunos ideales y de bastantes utopías, relacionarse, vivir en el mundo. Ganarse la vida. No hicimos nada de todo eso durante este tiempo. Confieso que yo no le veía el final. Cuando todo acabó, cuando decidimos separarnos, no importa por qué razón, yo emprendí un camino en solitario intentando alargar aquellas sensaciones.

Desde entonces han pasado muchas cosas. Abracé una suerte de gnosticismo, más filosófico que religioso, mientras que políticamente he sido casi toda mi vida adulta un abstencionista activo, tratando de hacer llegar mis opiniones sociales a mi entorno más cercano. Y he asumido, poco a poco y sin demasiado éxito, desde el punto de vista ético, mi condición de artista profesional. En definitiva, abandoné paulatinamente la vida contemplativa, infinitamente más creativa, por “el hacer”. Y me he llevado algunas satisfacciones y no pocas decepciones.

Quizás la más dolorosa haya sido el descubrimiento de la estupidez que gobierna nuestras vidas. Literalmente. Recuerdo que pensábamos ingenuamente que el mundo iba así de mal porque los malos eran muy inteligentes y astutos, cuando sólo son lo segundo. Desde sombríos despachos de imponentes edificios dictaban leyes injustas, fabricaban y vendían armas terribles y enviaban a la guerra a jóvenes que eran más ingenuos todavía que nosotros, pues creían defender altos ideales patrióticos cuando en realidad lo que hacían (y hacen todavía, y probablemente harán) es defender intereses particulares. Idealistas activos, sólo son parte del negocio.

Fue un viaje fantástico.

 

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