59-la-antihistoria-del-arte-contemporaneo

En la cultura anglosajona dominante el culto al triunfador, al number one, al más veloz, al más rico, al más poderoso y al más atractivo es abrumador. Ha convertido la existencia en una carrera de obstáculos donde lo más importante parece ser llegar el primero. Por contra, en esta misma cultura también se habla mucho y bien del perdedor, the loser, de una forma mucho más poética. Sobre todo en el cine, el gran medio de expresión cultural moderno.

Los triunfadores son insufribles, vacuos y predecibles. Los perdedores son más atractivos. Tiernos y vulnerables, llevan escrito en la cara que si bien es verdad que nacemos, hacemos lo que podemos y morimos, no es menos cierto que mientras tanto la vida nos ofrece momentos aislados extraordinarios que conviene aprovechar.

“El artista moderno debe de haber tenido poca seguridad en sí mismo, toda vez que ha hecho tanto caso de las elucubraciones de teorizadores y críticos”, escribía Josep Pla en París, en 1922. Sustituyendo teorizadores y críticos por comisarios obtendríamos una definición perfecta de lo que está pasando ahora mismo en la Bienal de Venecia, la Documenta de Kassel y en otras exposiciones institucionales o de fundaciones de grandes complejos empresariales y financieros.

En todas estas manifestaciones el protagonista siempre acaba siendo el comisario, que ha construido su obra seleccionando obras menores (en calidad, o al menos en entidad) susceptibles de ser partes de un todo: un discurso único que lleva su firma. Tiene, eso sí, el valor de invertir los términos y erigirse en estrella de la convocatoria, con el resultado de que un artista joven (o no) que aspire a ser seleccionado para el magno y publicitado certamen tendrá que realizar una obra que encaje, no necesariamente en la elaboración de un discurso propio, sino en uno globalizado de acuerdo con los principios estéticos y sociológicos que estos teorizadores han desarrollado.

El problema es que luego muchas de estas partes acaban en museos y colecciones públicas y, una vez descontextualizadas, la mayoría no se sostienen (antes tampoco, pero al menos había alguien que se esforzaba en darles un significado).

Personalmente creo que hoy en día, como en 1922, hay artistas muy buenos que trabajan en la sombra, porque casi nunca son escogidos para estas grandes manifestaciones oficiales. La independencia tiene un precio. Hace dos años fui a Venecia, a ver la Bienal, y volví muy decepcionado. Tanto esfuerzo, tanto dinero, tantas buenas posibilidades de hacer cosas interesantes, para tan poca cosa. En contrapartida, el año pasado vi una exposición a escasos veinte kilómetros de mi casa, en el Ampurdán, que me pareció magnífica. Incluso le comenté al artista, Alberto Udaeta, que aquel montaje (cien esculturas de pequeño formato que giraban todas en torno a un mismo concepto, hasta el punto de convertirse en una sola obra) visto en la Bienal de Venecia hubiese justificado el viaje de cualquier aficionado. Quiero decir que artistas hay, pocos, pero los hay, aunque lo que más abunda son los genios.

Si una imponente institución pública como la Tate de Londres premia a un joven aspirante a artista por encender y apagar una luz en una sala vacía, ¿cómo no va a creerse que a lo mejor es un genio? Estas cosas, como sugiere Pla, estupidizan.

Hay que desconfiar del éxito por principio, porque está manipulado por personas que representan poderosas instituciones privadas y públicas poco fiables. Al convertir el trabajo creativo en producto de consumo se pone precio a una creatividad que, en el fondo, no se comprende. El éxito, por lo tanto, siempre es sospechoso.

Al mercado le gusta marcar tendencia, es una de sus fórmulas para hacer negocio. Por lo tanto, crea moda, y los artistas que la siguen triunfan, mientras que los que apuestan por un trabajo solitario e independiente sufren para poder seguir con su investigación. Luego, se convierten ellos mismos en moda o no; pero ya no están ahí para disfrutarlo. (Hay que distinguir entre Arte Moderno y Arte Contemporáneo; el primero es más fiable, aunque sólo sea porque sus oficiantes han muerto, muchos de ellos de hambre, mientras que el segundo está saturado de genios comprendidos).

Cómo afecta todo esto al artista ya lo sabemos: se juega el triunfo, que no es poca cosa, para él. En algún momento tiene que escoger entre tratar de hacer algo verdaderamente interesante y trascendente o aprovechar sus habilidades para seguir las pautas que le marcan y, como diría Freud, “conseguir el poder y el amor de las mujeres”.

¿Qué pasa con los coleccionistas? Los creadores, los buenos aficionados (compren o no compren) y los coleccionistas son los verdaderos protagonistas de esta historia, los demás son actores secundarios (con notables excepciones, como Daniel-Henry Kahnweiler o Adrien Maeght). Al buen coleccionista, que escoge con el corazón, ejercitando una forma de inteligencia emocional que llamamos sensibilidad, apenas le afecta. No podrá eludir la influencia del entorno y con frecuencia pagará mucho a cambio de poca cosa, pero también pagará poco por verdaderas maravillas, de manera que en el cómputo final saldrá victorioso. Si es bueno, claro.

El inversionista es el que saldrá peor parado: el tiempo hará desaparecer aquellas obras insustanciales y revertirá el sueño del alquimista, convirtiendo el oro en polvo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s