Alfonso Alzamora2
Foto Maria Alzamora

La inseguridad es una fiel compañera. A veces demasiado fiel. Estoy pasando el verano con ella y empiezo a estar un poco harto, la verdad. Pinto. Borro. Vuelvo a pintar, pero ni me enamora ni me sorprende lo que hago. Dudo. Pienso que si pudiera hacer escultura todo iría mejor, pero es demasiado caro. Paseo cerca del estudio y se lo explico a Molly, que normalmente sabe escuchar, pero me ignora y desaparece largo rato de mi vista. Tengo algunas ideas geniales que se desvanecen cuando entro en el estudio. Busco en el teclado. Ojalá fuera el de un piano, pero esto se lo dejo a Óscar Martín, a quien escuché hace unos días tocar una Suite Iberia integral estupenda. Escribo mucho. Ordeno parte del material que he ido acumulando. No tener editor es un problema. No sé si tengo tres o cuatro libros inéditos. El primero está claro: Entre Creta y Sausalito. El tercero o cuarto, también: Suite Albéniz, subtitulado El día en que Rosa Torres-Pardo y yo ejercimos de biznietos de Isaac Albéniz. El segundo es Dosmildiez, de acuerdo, pero se ha alargado tanto debido a la falta de editor (tenía que ser un libro sobre el duelo; 2010 fue el año en el que murieron mis padres, con tres meses de diferencia entre uno y otro, y todo cambió), que ha invadido un terreno habitado por Memorias de un outsider, que da título a mi blog. Ahí trato de explicar mi rechazo a la contemporaneidad y mi afiliación a la atemporalidad (me refiero al mundo del arte, claro, pero acepto sugerencias de cualquier otro tipo). El blog y Facebook se han convertido en un estudio virtual donde publico fragmentos de mis libros, pinturas, esculturas, algún proyecto, detalles de exposiciones y algo de actualidad, muy poco y pasado por la literatura, si se me permite decirlo así, pulsando la opinión de mis lectores y veedores, utilizando un instrumento de trabajo importante, para mí: el feedback. Ellos me ayudan a discernir mejor lo que es bueno y lo que no. He leído recientemente que autores como Jack London y Joseph Conrad publicaban novelas por entregas en revistas literarias, y lo hacían de tal modo que pulsaban ellos también la opinión de sus lectores, hasta el punto de que las novelas publicadas después de pasar por la prensa con frecuencia tenían cambios sustanciales, surgidos de este intercambio. En internet también he encontrado almas gemelas y discursos heterodoxos, como el de Lúcida Avelina Lesper, que desenmascara el fraude del arte contemporáneo con una magnífica frase: “No lo digo yo, ahí está su obra”.

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