122 la hija de laura
Foto Maria Alzamora

En un distribuidor gris y mal iluminado, funcionarial, que olía a frío y a lejía, con las paredes pintadas de blanco y un arrimadero de madera de color verde primavera, apareció una niña de ocho años de rasgos eslavos, rubia, con los ojos claros, un poco separados, y la piel muy blanca, casi transparente. Llevaba un gorro de colores vivos muy usado, de segunda mano, triste. Su madre adoptiva ya la conocía, había ido dos meses antes para tener un primer contacto y firmar algunos papeles.

La niña no hablaba una palabra de castellano. Sólo “hola” y “gracias”; por lo demás era muy callada.

Ambas se miraban de reojo, la niña con recelo, atemorizada, la madre extrañada, sin saber qué hacer, también bastante asustada, a pesar de ser una mujer valiente. Este reto era muy diferente a todos los demás.

Las visité unos meses después de su regreso a Barcelona y lo que pude ver fue enternecedor, emocionante y extraño. Se comunicaban por gestos y se trataban con consideración. Mi amiga me explicó después que la niña en ocasiones tenía ataques de angustia y lloraba con un desconsuelo profundo y desgarrador. Entonces su madre veía la estepa helada reflejada en los ojos azules de su hija. A veces lloraba con furia, y mi amiga lo prefería porque este es un sentimiento que se puede calmar.

Dejé de verlas, los caminos del Señor son inescrutables y mi vida iba por otros derroteros, yo también tenía hijos pequeños y algunas dificultades, que ahora no vienen al caso. Había transcurrido casi un año cuando la llamé por teléfono para preguntarle cómo le iba. Me dijo que bastante bien; su hija crecía fuerte y sana; como todos los niños aprendía castellano rápidamente y empezaba a defenderse con el catalán. Aunque tenía algunas dificultades de relación con los demás niños, parecía que evolucionaba con normalidad, si es que se puede aplicar esta palabra al crecimiento de un niño, tanto si es de Vladivostok como de Cuenca.

Quedamos para comer y entonces me explicó que los primeros meses fueron muy difíciles. A la niña le costaba mucho adaptarse y ella también era primeriza. Las dos convivían en silencio, un poco asustadas, ya lo he dicho antes.

Una noche, mi amiga entró en la habitación de su hija para darle las buenas noches. La arropó y se inclinó para besarla en la frente, la niña le cogió la mano con fuerza y Laura correspondió a su apretón, conmovida. Pequeños gestos como éste afianzaban poco a poco su relación. Pero esta vez la pequeña no la soltó después del beso, aferró la mano de su madre con fuerza y ésta finalmente pareció comprender y se sentó, resignada, en el borde de la cama, preparada para afrontar un ataque de angustia. O de ira, en el mejor de los casos.

Pero la niña estaba tranquila, se incorporó y empezó a hablar, en ruso, con voz firme, sabiendo perfectamente lo que quería decir. Puntuando, haciendo pausas, sonriendo veladamente en un par de ocasiones, la mayor parte del tiempo hablando con gravedad. Poco a poco se fue soltando y su discurso se relajó, la voz sonaba más agradable, el ruso es una lengua bonita en boca de una niña de ocho años. Su madre adoptiva nunca la había oído hablar de seguido y pudo captar por primera vez el sonido de su voz en el contexto de una conversación. Y le gustó, muchísimo. Descubrió también a un ser humano completo, si se puede decir así, con un discurso personal que parecía estar bien estructurado. Y esta persona extraordinaria estaba delante suyo, en la intimidad de un hogar que compartían, haciendo algo trascendental: comunicarse, por fin, con ella.

Naturalmente mi amiga no entendió ni una palabra del monólogo de su hija, que duró casi una hora. El tiempo se detuvo, todo el universo se fijó en una madre y una hija cogidas de la mano mientras la pequeña hablaba en una lengua que su madre no comprendía.

Aquella noche fue un punto de inflexión. A partir de entonces la niña empezó a interesarse más en el colegio y a sonreír con asiduidad; y, lo que es más importante, empezaron a quererse de una manera más íntima y cómplice, como madre e hija.

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