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Foto Maria Alzamora

Mi madre era lúcida, ocurrente, rápida con la palabra, hasta mordaz, en ocasiones, y muy divertida. Discutíamos mucho sobre el franquismo, porque a mí me parecía aberrante y a ella no. “Soy un estómago agradecido”, solía decir, como si el General le hubiese alimentado todos estos años. Cuando pudo votar siempre lo hizo por los neofranquistas, que han conseguido perpetuarse en el poder hasta nuestros días, “porque son los nuestros”, y cuando le expliqué que el mismísimo Papa de Roma había condenado la Guerra de Irak me acusó de hacer demagogia.

Mi madre no conoció a su padre, quizás por esto su primer y último intento literario empezó con un inolvidable “Cuando yo nací mi madre hacía dos años que había muerto”. José Gras Espona, natural de Manlleu, murió de gripe española en 1918, pocos meses antes de que naciera su hija pequeña. Era industrial textil, con fábrica en L’Hospitalet y oficina en Barcelona. Mi madre contaba orgullosa que él mismo, en persona, abría cada día la fábrica a las cinco de la mañana, como si este gesto lo eximiera de cualquier tipo de responsabilidad social. Lo que no explicaba es que, después de guardarse la llave en el bolsillo, se iba a desayunar con su mujer y luego bajaba a Barcelona, mientras los obreros hacían turnos que hoy nos parecen inhumanos a cambio de sueldos miserables. Las mujeres eran más baratas y los niños se conformaban con unas monedas. Pero así eran las cosas, en aquellos tiempos. La Revolución Industrial continuó el eterno modelo feudal, convirtiendo a los siervos en obreros. Y ahí se fraguó la Guerra Civil Española.

Mi madre era bastante ingenua y muchos años después, pasada una guerra en la que lo perdieron todo (bueno, casi todo, incluido el Hispano-Suiza, el único coche que mi madre distinguía – todos los demás le parecían iguales -, que fue requisado por los Guardias de Asalto), nos contaba que de pequeña la vestían cada mañana y que llegó a creer que el servicio era diferente. Inferior, para expresarlo con claridad. Durante las comidas familiares, nos explicó en otra ocasión, se hablaba de todo: amistades, política, estudios, servicio doméstico, coches (también tuvieron un Elizalde, era gracioso escuchar a mi madre hablar de coches, aunque aquí se acababa su repertorio), delante del personal que les servía, como si no estuvieran delante, reducidos a la categoría de mobiliario. Aquellas sensaciones no duraron mucho, afortunadamente, porque era ingenua, ya lo he dicho, y un poco lenta, pero creció rápido, al ritmo de la guerra, el hambre, el frío y el miedo. También era buena y sensible y, por esta razón, con la perspectiva que dan los años transcurridos entre aquellos hechos y cuando nos los explicaba, a los más íntimos entre los íntimos, porque era una narración en cierto modo vergonzante, le sorprendía sinceramente haber tenido aquella percepción tan injusta y tan poco cristiana de la realidad que la circundaba.

Aquella familia monoparental estaba naturalmente dividida en dos grupos. Los mayores – dos chicos, a los que su madre obligó a estudiar una carrera universitaria, y una chica, que estudió Enfermería – y, a una cierta distancia, los pequeños: Raimundo y mi madre, que estaban muy unidos.

Aquí se abre un resquicio de lucidez en la memoria franquista de mi madre. Un asomo de duda. Cuando estalló la guerra, Raimundo Gras se unió a un grupo de sesenta personas que querían pasarse al bando de los insurgentes, el del General Franco. Sólo lo consiguieron veinte. Acababa de cumplir dieciocho años. El fascismo, por aquel entonces, era deslumbrante y confuso. Eran furibundos antibolcheviques, pero muchos de ellos se consideraban socialistas, como la Falange de José Antonio y el Partido Nacionalsocialista alemán. Mientras tanto, Mussolini definia el fascismo como “la fusión de las grandes empresas con el Estado”, una afirmación sorprendentemente moderna, si uno se toma la molestia de situar a las empresas arriba y al Gobierno abajo. Pero, por encima de todo, defendían el orden, custodiado por el Ejército y gestionado por la nobleza latifundista y las clases enriquecidas por la industrialización, con la bendición de una Iglesia ultraortodoxa y megapolitizada (constantiniana). Los ricos defendían el orden establecido, porque les convenía, y los pobres el orden, a secas, por miedo a perder lo poco que tenían. Siguen haciéndolo hoy, unos y otros.

Cuando acaba la guerra empieza la leyenda de Raimundo Gras, a quién no conocí, pero a quien me hubiese gustado mucho conocer. Murió cuando yo tenía dos o tres años. Hizo toda la guerra en la Legión, en carros de combate, en unidades de choque. Siempre en primera línea. Nos contaron que no quiso ascender a oficial, a pesar de estar propuesto para ello en varias ocasiones, para estar más cerca de sus compañeros, y que su Regimiento era particularmente osado e indisciplinado, hasta el punto de que no les dejaron entrar en Barcelona, el día que fue “liberada”, porque estaban castigados. Esto decepcionó mucho a la familia, como es natural, que le esperaba con enorme impaciencia.

Sus hermanos mayores hicieron la guerra en el bando republicano, como mi padre, simplemente porque estaban en Barcelona y era lo correcto. Luego, evitaron las represalias de los vencedores gracias a sus contactos con las élites franquistas y a que el mayor era médico, y al parecer los Nacionales andaban bastante escasos de recursos sanitarios. En un período de tiempo milagrosamente corto se convirtieron en fascistas de toda la vida.

La llegada de Raimundo a casa de su madre, al día siguiente de la caída de Barcelona, acompañado de unos cuantos compañeros de armas, fue apoteósica. Nunca se había visto mayor disparidad de personajes en aquel elegante Principal del Ensanche, a dos pasos del Paseo de Gracia. Sus hermanos y sus influyentes amigos acabaron confraternizando con ellos, después del primer momento de desconcierto, y brindaron por el final de la guerra, que parecía inminente (por estas fechas mi padre iniciaba el largo y gélido camino que le llevaría al campo de concentración de Argelés). Un curtido legionario, viendo a mi abuela un poco preocupada, le dijo que se relajara, que “la casa de un compañero es sagrada”. Ella le creyó, era de Barbastro y tan recia como cualquier soldado, aunque temía por sus hijas, prudentemente recluidas en sus habitaciones, y fingió que no veía la cantidad de alcohol que circulaba ni escuchó, o fingió que no escuchaba, las expresiones chabacanas, a menudo soeces, que en cualquier otra ocasión la hubieran ofendido seriamente.

Con el final de la guerra llegó la depresión post-parto (el franquismo fue un parto doloroso y sangriento). La primera señal clara de que algo no iba bien fue en la cola del Cine Fantasio. Un individuo alto y malhumorado se enfadó con Raimundo, que acompañaba a sus hermanas, por alguna razón que nadie recuerda, y le gritó: “¡Eres un Rojo de mierda!”. Raimundo, un hombre de cincuenta o sesenta años metido en un cuerpo de veintidós o veintitrés, con una experiencia inconcebible, se giró lentamente y le dijo, mirándole a los ojos: “Yo sí. ¿Y usted?”. Las dos hermanas se miraron aterrorizadas, en aquella época no se bromeaba con estas cosas.

Pocos años después de acabada la guerra celebraron una comida con motivo de su cumpleaños y le regalaron un disco de la Legión. Uno de sus hermanos lo puso en el gramófono y, sonriendo, le felicitó en voz alta, alzando una copa de champagne. Raimundo se quedó rígido, muy pálido, ante la mirada expectante de la familia, que escuchaba la grabación emocionada. Después de unos minutos que se hicieron eternos se puso en movimiento, se dirigió al gramófono, levantó la aguja, cogió el disco, lo rompió en mil pedazos estrellándolo contra el suelo y salió en silencio del salón. Enseguida se oyó el ruido de la pesada puerta de entrada al cerrarse y el de unos pasos ágiles bajando la escalera de mármol, camino de la calle Lauria.

Murió mientras dormía, al desplazarse un trozo de metralla que llevaba alojado en el cuerpo, después de que su carro de combate fuera alcanzado por un obús republicano. Él fue el único superviviente del impacto, probablemente porque era el comandante del carro y su puesto estaba más cerca de la salida de la torreta, aunque se le quedó prendida esta bomba de relojería que acabaría con su vida quince años más tarde.

Mi madre recordaba que recibieron entonces la visita de “la amiga” de Raimundo, y que mi abuela “le permitió” pasar y velar a su hijo, de cuerpo presente, durante un tiempo indeterminado. Fue una escena conmovedora. Me hubiera gustado conocer a esta mujer y la historia de amor que había detrás. Seguramente un clásico: un chico de buena familia con estrés post-traumático crónico y una chica de mala fama. Un privilegiado, pero no tanto, y una desgraciada, pero no tanto, porque sabía aprovechar los buenos momentos que a veces la vida te ofrece para ser feliz.

De niño solía jugar con mis primos en el patio del Principal (vivíamos en distintos pisos del mismo inmueble), y curioseábamos en la habitación del tío Raimundo. Era un conjunto de estilo Imperio de madera blanca, tirando a marfil, con adornos dorados, formado por dos camas con una mesita de noche enmedio y una cómoda, enfrente. En uno de los dos cajones más pequeños, los de arriba, mis primos y yo pudimos ver y tocar, no sin emoción, las medallas del tío Raimundo, incluida una que se parecía mucho a la Cruz de Hierro alemana. Al lado había un documento: “…in namen der Deustchen Reich etc. etc. Gez: Adolf Hitler”.

Mi madre hablaba más del Raimundo de antes de la guerra que del joven prematuramente envejecido que regresó después de combatir cuatro años en condiciones inimaginables. Seguro que él intentó valerosamente aclimatarse a la nueva realidad, pero, como tantos otros, fracasó. Es muy probable que aquella mujer que mi abuela dejó entrar en su casa en un gesto de honradez, una mujer “de moral distraída”, como se decía entonces en tono irónico y, desde luego, clasista, amara a un hombre que su familia nunca llegó a conocer.

Es difícil saber en qué momento un voluntario se olvida de los altos ideales que le llevaron a alistarse y aterriza en una existencia paralela, superficial, inmediata, de proximidad (no encuentro el adjetivo), en cierta manera pasiva, y se sabe estafado, porque no fue a luchar para defender los valores que ahora se le revelan, en tiempo de paz (en realidad, este proceso suele empezar ya en el fragor de la batalla). Y se instala, entonces, en un paisaje carente de sentido, que comparte con otros desgraciados que, como él, sólo se tienen los unos a los otros. Luego, dispersados, se quedan solos con su melancolía.

Yo vi varias veces a mi madre mirar por esta rendija de la Historia y respeté el silencio reflexivo que acompañaba siempre este momento.

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